Una noche el alma del vino cantaba en las botellas / hombre, oh querido desheredado, hacia ti dirijo / desde mi prisión de vidrio y mis lacres bermejos / un canto lleno de luz y fraternidad (Charles Baudelaire).
Dicen que el vino no es una bebida para saciar la sed. Que es una bebida para filosofar, crear, imaginar, conversar. Esto le da una aureola casi mística que la historia de las religiones y rituales ha ido alimentando en nuestra civilización. La parte del volumen de un alcohol que se evapora durante su envejecimiento en barrica se llama part des anges. La leyenda cuenta que se lo beben los seres celestiales.
En el mundo del vino el tamaño importa. ¿Por qué? La cámara de aire que hay entre el corcho y el vino es siempre la misma: se llama merma y mide más o menos 1 centímetro. El volumen del vino, en cambio, es variable. Podemos elegir entre una botella estándar de 0’75 litros, la de medio y la doble. A parte de otros formatos como el jeroboam o el mathusalem, entre otros, que son más difíciles de encontrar (¡y de servir!).
La botella de 375 centilitros, la mitad de la normal, parece ser la solución de los singles y la salvación de los que después de comer en un restaurante tienen que coger el coche. Los solteros o los que tienen una pareja que no comparte sus gustos vinícolas se ven obligados, en ocasiones, a escogerla. Este tipo de botella es la solución si la añada es la correcta y no se ha dejado envejecer el vino. Recordemos que al tener la mitad de superficie con la misma cámara de aire, el vino tiende a evolucionar mucho más rápido. Por eso, si no se puede controlar bien el tiempo que ha pasado el vino en botella, es mejor abrirse una de 750 centilitros y utilizar los tapones para hacer el vacío.
El vino que tragas como agua no lo degustas, lo necesitas. Te sacia, te llena, te calma. El vino que hace tiempo que deseabas, que ha sabido envejecer y crecer en botella, cuando lo tomas tiene un postgusto preñado de memoria. El vino que te alcoholiza, que te harmoniza, que te hidrata, que te ayuda a desinhibirte, no es el mismo vino que necesitas cuando estás harto de todo y solo quieres beber algo que te vuelva a poner en sintonía con el mundo.
Hay personas que le hacen el amor al vino con bonitas palabras para descubrir sus aromas, que lo catan lentamente, que se dejan seducir por su color, que lo desnudan lentamente… que se emocionan cuando un vino les penetra. Los hay que beben el vino como una necesidad fisiológica, de cualquier manera, en cualquier copa, con cualquier comida. A esa gente, el vino le proporciona un placer animal que poco tiene que ver con el ser gourmet. El vino que ayuda a dormir es diferente al que hace soñar. Con el vino, entonces, ¿también se folla… o se hace el amor?
Había un anuncio donde se aceptaba barco como animal acuático… Se llamaba Scattergories y se hacían listas de palabras según la categoría que tocaba. El dilema es: ¿qué podemos aceptar dentro del mundo del vino? Más de una vez me han hecho la pregunta: ¿Puedes hacer una degustación de mi sangría? No será la última vez que oigo: “Tú que eres sumiller, haz la mezcla del calimocho”. Otros me comentan orgullosos que el vino que más aprecian es el turbio. Y su opinión, como todas, es loable. Pero a la hora de analizar que podemos englobar dentro de los parámetros cualitativos, entran las expulsiones.
Salvo al vino de aguja y al lambrusco. Mi teoría es que la gente no pasa de tomar Coca-Cola a beber un priorato. Cuando somos jóvenes nos gustan los refrescos con sabor a fruta y exaltados por burbujas. Por eso es normal que empecemos en el mundo del vino con caldos ligeros y menos amargos que forman parte de nuestra vida social. ¿Quién no ha pedido en su primera cita un vino frizzante y se ha puesto romántico?
- Amarás a Ferran Adrià (y ahora también a Telefónica) sobre todas las cosas.
- No tomarás el nombre de Rafael Anson en vano, so riesgo de caer en el olvido.
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