Dice la Fundeu que ‘gastro’ es un prefijo compositivo válido para crear otras palabras a partir de nombres comunes. Y qué más común que el sexo, por presencia o ausencia. Si esto se une a la idea de que el 90% de las personas que invitan a cenar cuando realmente lo que quieren es sexo, pues tenemos la composición perfecta: gastrosexual.
Este adjetivo es idóneo para acompañar cualquier ingrediente, plato, gesto o acción que involucre a las dos palabras. Lo primero que se le podría ocurrir a cualquiera es hacer un revival casero de Nueve semanas y media, una película en la que la miel era el ingrediente gastrosexual.
El vino que tragas como agua no lo degustas, lo necesitas. Te sacia, te llena, te calma. El vino que hace tiempo que deseabas, que ha sabido envejecer y crecer en botella, cuando lo tomas tiene un postgusto preñado de memoria. El vino que te alcoholiza, que te harmoniza, que te hidrata, que te ayuda a desinhibirte, no es el mismo vino que necesitas cuando estás harto de todo y solo quieres beber algo que te vuelva a poner en sintonía con el mundo.
Hay personas que le hacen el amor al vino con bonitas palabras para descubrir sus aromas, que lo catan lentamente, que se dejan seducir por su color, que lo desnudan lentamente… que se emocionan cuando un vino les penetra. Los hay que beben el vino como una necesidad fisiológica, de cualquier manera, en cualquier copa, con cualquier comida. A esa gente, el vino le proporciona un placer animal que poco tiene que ver con el ser gourmet. El vino que ayuda a dormir es diferente al que hace soñar. Con el vino, entonces, ¿también se folla… o se hace el amor?
Llego al congreso Murcia Gastronómica, hace un par de semanas, y Pablo González, jefe de cocina del restaurante La Cabaña, hace los honores:
–Cristina, te presento a El Pollo Rockero.
–Encantado de conocerte. Luego, si quieres, te hago el amor –me suelta el tío.
Los apellidos más respetados los dan los premios: Mejor Restaurante del Año, Mejor Chef, Mejor Restaurante del Mundo. Pero el que se escucha desde hace más de 100 años es el de las tres estrellas de la Guía Michelin. Un éxito se puede achacar a muchos factores, entre ellos, el que aduce la propia empresa: su independencia.
Y por independencia se refieren a que pagan sus comidas, como casi todo el mundo, porque la crisis, en eso, nos ha igualado a todos. Pero ‘independiente’, en la estricta definición de la palabra, no hay premio ni estrella ni sol que lo sea.
Hay un libro erótico que el boca a boca está convirtiendo en best-seller. En teoría las mujeres son menos visuales que los hombres. Tal vez por ello somos menos consumidoras de pornografía pero más imaginativas y, grosso modo, mejores lectoras. En otras lenguas el título está traducido con la palabra tonalidades, como la gama cromática que observamos en nuestras copas cuando hablamos de un tinto. Se empieza con el negro más oscuro y, con el tiempo, los antocianos se desnudan hasta quedarse en los bajos fondos de las botellas.
Todos queremos lo que no tenemos. Dicen que las mujeres damos sexo para conseguir amor. Que los hombres dan amor para recibir sexo. Y un poco sería este, el argumento de la trilogía. En el vino pasa una cosa parecida: el tinto con el tiempo quiere ser blanco y el blanco, tinto. Y no entremos en si el tinto es más masculino que femenino.







