Sacar fotos de los platos que como, siempre que me gusten y que sean fotogénicos, claro, se está convirtiendo en una costumbre, para mí. Es una manera de compartir la comida que me gusta con la gente que me sigue en las redes sociales. Además, ¿por qué no hacerle un poco de publicidad a un restaurante en el cual has comido bien, te han tratado como se debe y has estado a gusto?
También está la otra cara de la moneda: se puede hacer una publicidad negativa, recomendando no ir a un sitio que no lo merece, pero ese es mi estilo. A veces me gustaría no tener esa costumbre e ir a los sitios simplemente a comer y disfrutar. Pero no puedo evitarlo: es sentarme a la mesa y sacar el móvil.
Hace unas semanas se anunciaba la próxima entrada en vigor de una normativa que regulará el uso de las aceiteras de mesa en los restaurantes. Una buena idea, con algunas aristas, que permitirá tener la seguridad de saber qué consumimos bajo el nombre de aceite y que pondrá en valor uno de los productos que identifican nuestro carisma gastronómico.
Está por ver que la opción de las monodosis de aceite, una de las posibilidades que plantea esta norma, sea viable a nivel económico y ecológico. Aunque lo que más curiosidad me despiert, es ver cómo la picaresca se las ingeniará para sortear la inviolabilidad de los envases. Supongo que muchas almazaras ya estarán trabajando en nuevos formatos de mesa, más pequeños y manejables, para ofrecer calidad y confianza a los comensales. Deseo sinceramente que la propuesta estimule el consumo de aceite de oliva, siempre y cuando sea virgen extra… Pero, ¿cómo es posible que se legisle el contenido de las aceiteras, pero no haya ningún problema con las vinagreras?
¿Te imaginas ir a un restaurante y que te inviten a abandonarlo porque no tienes clase suficiente para comer allí? Pues esto es lo que, al parecer, le pasó a un grupo de comensales, hace unos días, en un local de Viesques (Gijón). Una situación tensa que acabó en queja formal, la intervención de la Policía Local y el salto de la noticia a los medios.
De ser ciertos los hechos, a los propietarios no se les puede calificar más que de cretinos integrales, pero en el contexto de lo sucedido pone de relevancia otro tipo de problema: los cupones de descuento.
El Factor QP (léase cupé) no es un eslógan promocional de alguna marca de coches o de cosméticos, sino una de las técnicas de marketing más importantes de los negocios hosteleros. Señor cocinero: olvídese de invitar a bloggers, participar gratis en actos benéficos o intentar salir en las revistas especializadas y pruebe a ensayar el Factor QP.
En Galicia somos expertos. El Factor QP es lo que también podríamos conocer como el Factor Quinto Pino. Una ley de cumplimiento casi newtoniano, que se resumiría en la siguiente información: “cuanto más alejado esté de una ciudad, más éxito tendrá entre los urbanitas”. Es decir, coloque su restaurante en una remota aldea, a la que sea necesario llegar a través de pistas estrechas, bosques espesos, un poquito de niebla y en un altozano. Si en la susodicha aldea los lobos bajan en vez de subir, además, pues mucho mejor.









