Aún recuerdo los puros que Jordi se fumaba en la cocina. Bueno, él no, la heladera. Todo mientras realizaba uno de sus míticos postres: el puro. Un cilindro de chocolate oscuro, brillante, perfectamente atemperado y relleno de helado de puro, que se presenta servido en un cenicero especial (para puros)… ¡y con ceniza comestible y todo!
Para elaborarlo, y gracias a un procedimiento secreto, la heladera se fumaba un puro mientras, en su interior, se iba helando y montando una base neutra de helado. Pero no era cualquier cigarro, lo que se usaba: Davidoff, Partagas… Los días en que se elaboraba, siempre entre el servicio de la comida y el de la cena, el olor a puro se nos hacía insoportable.
Hace unos años tuve el privilegio de realizar un stage en el El Celler de Can Roca. Por aquel entonces el restaurante contaba con una estrella Michelin y se encontraba situado al lado de la casa de comidas de sus padres. La cocina era muy pequeña y la plantilla, reducida: los hermanos Roca, Daniel Redondo (que actualmente regenta el Restaurante Maní en Sao Paulo), David (que volvió al Celler años después), Jordi (jefe de la partida de carnes) y otros cinco cocineros en prácticas.
Jordi Roca experimentaba por aquel entonces con los diferentes usos del azúcar isomalt pero, sobre todo, estaba enormemente interesado en la bergamota fresca (un cítrico procedente de la costa italiana, muy usado en perfumería). Quería conseguir un postre capaz de transmitir en el paladar las mismas sensaciones que el perfume en el olfato. Eso a lo que más adelante llamaría adaptación de perfumes… Y para empezar eligió el Eternity de Calvin Klein.





