Han salido a la venta las chaquetillas de cocina que el chef Alberto Chicote luce en Pesadilla en la cocina. Son obra de Agatha Ruiz de la Prada y, para quien no haya visto el programa, explicaré que el estilo está totalmente en línea con el estilo habitual de la diseñadora. Como podéis ver en la foto, la tela tiene pocos centímetros cuadrados de color blanco. Abundan, sin embargo, los estampados llenos de color.
En la tienda on line se ofrecen tres modelos diferentes. El Chef Roja presenta un estampado de cuadros rojos y blancos, estilo tablero de ajedrez, con algún corazón rojo por ahí desperdigado. La chaquetilla Chef Naranja presenta un montón de corazones en tonos rosas y naranjas, y la Chef Fucsia también está plagada de corazones rosas, pero más rococós si cabe, con flores y demás historias.
Querido lector, si está usted leyendo esto es que los Mayas se equivocaban y el fin del mundo no ha acontecido. Era de esperar ¿no? Claro que, si uno lee la profecía de forma adecuada (cosa que conviene hacer siempre para no acojonarse más de lo necesario), verá que lo que los Mayas anunciaron fue el fin de una era, no el fin del mundo en términos apocalípticos, y esto, con la que está cayendo, no tengo tan claro que no esté sucediendo desde hace tiempo.
Yo, mayormente, el problema que les encuentro a este tipo de exterminios programados, a parte del grave e irreparable inconveniente de que uno muere y tal, es que son indiscriminados. Terminan por igual con el pobre que tiene que sufrir a unos vecinos que cada miércoles ven La Voz a todo trapo, como al propio vecino que los aguanta. Prometen la extinción de todos los restaurantes merecedores de tal final, con sus propietarios incluidos, y también la del propio Alberto Chicote (y aquí decidan ustedes qué es lo más justo o injusto). Por eso, quizás, Pesadilla en la Cocina terminó su primera temporada ayer… y La Voz, el miércoles.
En mi última depresión, hace dos días, perdí la ironía. Y por poco (quizás) pierdo la vida. Me salvó un vino de siete euros (el más caro que encontré en el súper), porque comer de contenedor deprime por muy indi que parezca (que ya no se sabe si viene de independiente o de indigente).
Me dicen mis amigos que ellos no son pobres, que ellos tienen el Barça-Betis o su Atleti y que la cosecha ya saldrá pa’lante. Y me contacta un compi que trabaja para el Gobierno para preguntarme cómo lo veo yo, porque para él las calles de Madrid siguen hirviendo, con los restaurantes llenos y las barras sin parar, caña viene, caña va.
Nunca la tele me pareció tan instructiva como con Alberto Chicote y su Pesadilla en la cocina. Tras sucesivos programas voy viendo que el gran problema de un restaurante es su dueño.
En el cuarto programa, una de las socias, aunque no principal accionista, toma las riendas sin ton ni son, porque se cree la mejor formada para hacerlo (y, entre las razones que arguye está la de haber ido a un colegio de pago, como si eso garantizase el nivel intelectual y empresarial del alumnado).






