No sé vosotros pero yo a estas alturas de la película vivo en un estado de empacho permanente. He sobrevivido a la Nochebuena y la Navidad y, en este maratón de la gula, todavía queda esta noche y el día de Reyes. Siempre creo que no conseguiré llegar a la cuesta de enero.
Como cocinera oficial de la familia que soy, todos los años, antes de empezar esta vorágine, pienso en revelarme en Navidad y cenar, por ejemplo, una sopita y una tortilla de patata, sin más. Pero no soy capaz, lo reconozco.
Los vinos también son víctimas de los movimientos astrales que determinan el ritmo, el desarrollo de su atmósfera, sus bases vegetativas. En este fin de otoño han brillado las estrellas Michelin, iluminando el panorama gastronómico nacional, pero para el resto de los mortales, el verdadero fiestón son las fechas navideñas.
En el Cristianismo, Jesús representa la luz en uno de los días más oscuros del año: el 24 de diciembre. Las cepas se representaban en las tumbas faraónicas como imagen del renacimiento. La viña nace y muere cada año, y su cliclo y su consumo están marcados por el calendario de las festividades religiosas.




