José María tiene dos ordeñadoras de oveja colocadas en la estantería más alta de su tienda. Son grises y robustas, como un orinal gigante con orejas. Se cruza de brazos y me las enseña como si fueran la pieza principal de un museo: “Son cuatro láminas trabajadas a fuego y maza. Ahora esto ya no se hace. Llega la central lechera de turno, enchufa unos tubos a las ubres y al camión”.
Las orejonas son de chapa de hierro y lata. El artesano que las hacía vendió la nave hace cuatro años y se fue con su mujer y sus hijas a Jávea. Tenía los pulmones tiritando por los vapores del ácido clorhídrico que se utiliza para que la lata no se oxide, aunque José María cree que los dos paquetes diario de Ducados tampoco ayudaban.
Mi bautismo con las tripas de la ternera fue según el rito gallego. Yo apenas sacaba una cabeza por encima de la mesa del comedor de mis abuelos, pero ya recibía a la comida con el cuchillo y el tenedor bien agarrados, uno en cada mano, como preparándome para una batalla. Mi abuela traía la fuente humeante a la mesa y me buscaba con la mirada. Esperaba la aprobación del pequeño Cesar romano en quien ella me convertía. Mi señal para que entraran los leones no podía ser con los pulgares, que tenía ocupados apretando fuerte los cubiertos; eran mis ojos, abiertos como neumáticos los que daban el sí, porque siempre era sí.
Unas navidades, se me ofrecieron en sacrificio unos tacos de carne viscosa, rugosos y, ésto lo descubrí después, de masticación larga. Recuerdo engullir aquellos callos con garbanzos con fruición. Digo que lo recuerdo porque con el mismo entusiasmo me enfrentaba yo a todos los poderosos platos de mi abuela (benditos cocidos). Tampoco guardo en mi memoria ningún disgusto cuando me explicaron de qué se trataba aquel manjar. ¿Las tripas de un ternerito? “Ah, pues qué ricas”.
Estos son días intensos. Esperanza Aguirre dimite, Cataluña marcha masivamente por la independencia, el Rey se manifiesta con una carta digital que apela al espíritu de la Transición y, horas después, muere uno de los emblemas de la Historia de España y de su Transición: Santiago Carrillo. El mismo día, además, se anuncia (aunque ya nos lo temíamos) el cierre definitivo de otro emblema de la historia gastronómica española: el Restaurante Jockey.
En 1945, antes de que terminara la II Guerra Mundial y cuando España aún vivía en plena posguerra, Clodoaldo Cortés (padre de Luis Eduardo Cortés, actual vicepresidente de IFEMA y ex miembro del Partido Popular) inauguró este establecimiento basándose en el modelo de un club inglés.




