Si por algo me gusta la comunicación gastronómica es porque tengo la percepción de que en ella está todo aún por inventar y, sin embargo, traemos con nosotros un trasfondo de muchos años de gran periodismo y literatura del comer.
Me pasó el otro día. Con mi amigo Xurxo Ayán fuimos a presentar un libro nuestro a Moaña, en la comarca sureña de O Morrazo, y cuando nos sentamos, los paisanos se sentaron en las mesas del bar con jarritas de un líquido dorado y copas de cristal, dispuestos a escuchar. Fueron los libros gastronómicos los que me dieron un sentido de lugar, los que me recordaron la cultura del vino de las gentes del Morrazo.
La señora Victoria Beckam, de nariz tan privilegiada como el mejor de los sumilleres catadores de la sección de vinos viejos de Sotheby’s, afirmó en su momento que España olía a ajo; malpienso sin equivocarme que era algún tipo de insulto pretencioso. Yo a Victoria Beckham le recomendaría unas memorias gastronómicas de Ruth Reichl, Garlic and Sapphires, en las que deja bastante claro que la ingesta masiva de ajo bien cocinado tiene poderes más afrodisíacos que disuasorios. Seguro que le iba bien.
Yo creo que la queja de Beckahn era, en realidad, una pataleta de morriña ante los olores londinenses. Si Madrid le olía a ajo a la ex-Spice, sin duda alguna lo estaría comparando con el alud de clamorosos olores de su Londres natal: tocino, panceta, ese bacon pegajoso, dulzón y orgánico. Quizás mi pituitaria ya está amaestrada pero no me suelo encontrar el ajo por las calles de las ciudades. La única experiencia envolvente de ajo la he vivido, y de manera deliciosa, en los olores que te acompañan al entrar en Las Pedroñeras (Cuenca), a manducar en Las Rejas, donde el ajo también te recibe en forma de agradable sopita de bienvenida.
Me decía ayer Yanet Acosta, a propósito de unos cursos que imparte sobre comunicación y gastronomía, que la cocina, a diferencia de la religión, el fútbol o la política, une. Al oír sus palabras me pasó eso que pasa a veces: durante unos segundos le di vueltas al asunto (dejando que Yanet siguiera hablando sola) y se me ocurrieron argumentos a favor y en contra.
¿Qué hago en esos casos, cuando ni yo sé qué pensar? Callarme, claro. Y seguir escuchando a Yanet, que siempre se aprende algo. Pero alguien (creo que Hollywood) me enseñó que a la hora de tomar decisiones complicadas suele ser útil escribir en una libreta los pros y contras del asunto, y a eso voy (aunque no en formato lista, por lo que, aviso: si eres de lo que anda buscando toptens y resúmenes de lo mejor, te has equivocado de ventanilla).
Estos días la hamburguesa anda de actualidad, porque la OCU ha emitido un estudio de esos que valen para escandalizarnos con lo que en el fondo ya sabíamos. Lo que conocíamos es que toda la carne es orégano para la parte más negra de la industria alimentaria y que, si al humano se le da caballo, al animal se le nutre con perro, como ha revelado hoy el Seprona en una operación entre Galicia y Salamanca. El comunicado oficial de la Guardia Civil destaca un dato bastante truculento: la sospecha de que parte de este pienso se hacía a base de carne de mascota. Pongamos que Cuqui, Lúa o Nerón entraron en el ciclo alimentario sin el consentimiento de sus nostálgicos dueños y el cuerpo se nos contrae en el asco ajeno.
Que este tema del ciclo alimentario alimenta nuestras peores pesadillas lo demuestra el cine. Aún ayer, viendo El Atlas de las Nubes, de los hermanos Wachowski, vi un nuevo episodio de esta pesadilla alimentaria, cuando una de las (mil) protagonistas descubre que sus congéneres esclavas forman parte de una cadena alimentaria similar que acaba produciendo soap, el alimento con el que se mantienen las propias esclavas. Si pensamos en la ciencia-ficción, fijaos cómo a lo largo de 30 años de películas, el pesimismo gastronómico de los guionistas es generalizado. La imaginación muestra el futuro gastronómico, por lo general, como un procesado sintético o como un psicópata y caníbal subproducto.
Es decir Lisboa y se nos chispea algo en el alma, algo entre cálido y doliente; como esa sensación agradable de meterse bajo gruesas mantas cuando se empieza a estar griposo. Lisboa, para mí, tiene algo parecido: será la luz atlántica que desborda esta ciudad que asciende con un caos amable, como una favela del primer mundo. Una ciudad en la que uno querría vivir, aun sin saber si la vida te daría oportunidades.
Lisboa y Portugal es gastronomía en estado puro. ¿Cómo es esa gastronomía? Pues como la Praça do Comércio, uno de los puntos neurálgicos de la capital lusa. También conocida como Terreiro do Paço, tiene tres costados ministeriales que son los menos relevantes. El importante es la ventana abierta del cuarto: el mar, el inmenso océano que en su tiempo multiplicó Portugal, física y simbólicamente.
Sesudo y peliagudo, el asunto de atreverse a bautizar a los animales destinados al consumo familiar, especialmente aquellos que son guardados para ocasiones especiales, como estas fechas. Yo creo que los pollos y los cerdos son anónimos, a diferencia de perros y gatos, para evitarse excesivas glosas funerarias en la mesa de domingo.
Ni los gallos más famosos han ostentado antropónimo y, como mucho, se han tenido que conformar con un gentilicio: véase el sevillano gallo de Morón, “sin plumas y cacareando en la mejor ocasión”, o el de Santo Domingo de la Calzada, que se reencarna mensualmente, como un dios hindú, en la catedral del pueblo. Eso sí, decentemente emparejado con su gallina.
El pasado 22 de noviembre, Javier Olleros, un joven cocinero de O Grove (Pontevedra) desconectó el teléfono móvil después de enterarse de una noticia que le iba a cambiar la vida. Olleros sintió la necesidad de aislarse de todo lo que iba a ocurrir a partir de ese momento, como si estuviese viendo, a través de los enormes ventanales de su restaurante Culler de Pau, acercarse un tsunami por la ría.
Recogió todo y subió a casa con su hijo Antón, al que le dio de cenar. Cuando llegó Amaranta, su mujer y responsable de la gestión del restaurante, se sentaron a ver una película juntos. Todo parecía normal pero no lo era. A las 11 de la noche llamaron al timbre.










