Me decía ayer Yanet Acosta, a propósito de unos cursos que imparte sobre comunicación y gastronomía, que la cocina, a diferencia de la religión, el fútbol o la política, une. Al oír sus palabras me pasó eso que pasa a veces: durante unos segundos le di vueltas al asunto (dejando que Yanet siguiera hablando sola) y se me ocurrieron argumentos a favor y en contra.
¿Qué hago en esos casos, cuando ni yo sé qué pensar? Callarme, claro. Y seguir escuchando a Yanet, que siempre se aprende algo. Pero alguien (creo que Hollywood) me enseñó que a la hora de tomar decisiones complicadas suele ser útil escribir en una libreta los pros y contras del asunto, y a eso voy (aunque no en formato lista, por lo que, aviso: si eres de lo que anda buscando toptens y resúmenes de lo mejor, te has equivocado de ventanilla).
El simbolismo religioso de estas fechas se mezcla con lo profano y nuestro vino de cada día se sustituye por botellas especiales. Más caras, más exquisitas, más grandes. Las tipo mágnum triunfan en las grandes mesas, vestidas de gala para acoger a la familia. ¿Y si no nos la acabamos? Una botella de litro y medio, si gusta de verdad, ¡se acaba!
El tamaño grande hace más fiesta y el bouquet del vino se afina mejor cuanto más grande es la botella. La merma (o cámara de aire) es la misma con mucho más líquido al que oxigenar, y por eso los formatos de litro y medio son los mejores para guardar: se afinan mejor.
¡Qué suerte que tenemos con los vinos españoles! Nos podemos quejar de muchas cosas en este país, pero no del vino. Comparad la relación calidad-precio con los vinos italianos. Los hay deliciosos, como los barolos del Piamonte o los supertuscans Toscana pero ¿a partir de qué precio? Mucho más elevado, os lo aseguro.
La diferencia en el coeficiente precio-placer, si nos comparamos con los vecinos franceses, también es considerable. En España se hacen grandes vinos a bajos precios y, en eso, somos una de las mejores alternativas del planeta vinícola. El Nuevo Mundo (como se denomina a los viñedos fuera de Europa) elabora productos muy competentes. Es el caso del malbec argentino y el carménère chileno. Muchos tenían miedo de que estos nos robaran el mercado. Pero si pensamos desde la abundancia (difícil en tiempo de crisis, pero siempre posible y muy recomendable) veremos que el sol sale para todos. Y que en la península (pues los portugueses también se han puesto las pilas) se hacen unos vinos asequibles y con personalidad.
Acabamos de pasar un fin de semana en Collioure. O Cotlliure, que es como lo llaman los franceses cuando se ponen ñoños y multicultis. En todo caso, un pueblo de postal del sur de Francia, en la Côte Vermeille. Como uno de esos que a los chinos les ha dado por piratear. Si alguien ha estado en el Alt Empordà, en Cadaqués por ejemplo, reconocerá el mismo paisaje, pero Collioure es un un lugar tan ordenado y pulcro que parece la salida al mar de Suiza. El Mediterráneo domesticado por la Ilustración.
Nosotros a Collioure, por decirlo a la bilbaína, vamos a lo de las ostras. Entre otras cosas porque tampoco hay mucho más que hacer. Se puede visitar la tumba de Machado, sí. Pero nunca he sido un fan del club de lo poetas muertos (ni del de los vivos, a decir verdad). No crean, soy persona leída, pero la poesía me cuesta. También se puede perder el tiempo visitando el Château Royal, pero pueden creerme si les digo que basta con verlo desde fuera. Quizás el único motivo para entrar sean las espléndidas vistas que hay desde sus murallas sobre las playas de Argelés-sur-mer.





