Me decía ayer Yanet Acosta, a propósito de unos cursos que imparte sobre comunicación y gastronomía, que la cocina, a diferencia de la religión, el fútbol o la política, une. Al oír sus palabras me pasó eso que pasa a veces: durante unos segundos le di vueltas al asunto (dejando que Yanet siguiera hablando sola) y se me ocurrieron argumentos a favor y en contra.
¿Qué hago en esos casos, cuando ni yo sé qué pensar? Callarme, claro. Y seguir escuchando a Yanet, que siempre se aprende algo. Pero alguien (creo que Hollywood) me enseñó que a la hora de tomar decisiones complicadas suele ser útil escribir en una libreta los pros y contras del asunto, y a eso voy (aunque no en formato lista, por lo que, aviso: si eres de lo que anda buscando toptens y resúmenes de lo mejor, te has equivocado de ventanilla).
Decir que lo japonés en la gastronomía está de moda no es una novedad, sino más bien una obviedad. Podríamos ir incluso más allá porque, en realidad, es más bien una tendencia que algo pasajero, ya que el español de a pie ha entendido muy bien la filosofía oriental y ha integrado de forma sorprendente sus productos en la dieta mediterránea.
La soja, el alga nori y el wasabi ya no son elementos extraños y cada día son menos los que, obnubilados por el colorido de la pasta verde, la engullen sin preguntar, rompiendo a llorar como magdalenas mientras el resto de la mesa se desternilla de risa.
Hace unos días, el boss de este blog entrevistaba a Miguel Ángel Almodóvar, que por lo visto ha escrito un libro, Bocados con historia, en el que revisa, con 50 recetas, a algunos próceres de la humanidad. No he leído el libro y, por lo que respecta a las lineas que van a venir a continuación, poco importa, pues no es de eso de lo que quiero escribirles hoy, aunque estoy seguro de que es ameno, lleno de jugosas anécdotas y hasta edificante y vivificador. En su currículum, el autor tiene en su haber haber trabajado al lado de María Teresa Campos, señora que un buen día se vio en la tesitura de tener que leer las variedades de uva con las que se hace el cava. Hizo lo que pudo con la macabeu y la parellada, pero al llegar al xarel·lo, se confundió y soltó esa perla de que era Xarel 10. En fin, un mal día lo tiene cualquiera y, si existe el Chanel nº5, ¿por qué no iba a existir el Xarel nº 10?
Hacia el final de la entrevista, el señor Almodóvar suelta también alguna que otra perla y de eso quiero escribirles hoy. No sé ustedes pero yo pensaba que, ahora que Ferran Adrià había dejado de cocinar, le dejarían un poco tranquilo. Pero ni así, oiga. Siempre tiene que haber algún pero. Incluso ahora.
El simbolismo religioso de estas fechas se mezcla con lo profano y nuestro vino de cada día se sustituye por botellas especiales. Más caras, más exquisitas, más grandes. Las tipo mágnum triunfan en las grandes mesas, vestidas de gala para acoger a la familia. ¿Y si no nos la acabamos? Una botella de litro y medio, si gusta de verdad, ¡se acaba!
El tamaño grande hace más fiesta y el bouquet del vino se afina mejor cuanto más grande es la botella. La merma (o cámara de aire) es la misma con mucho más líquido al que oxigenar, y por eso los formatos de litro y medio son los mejores para guardar: se afinan mejor.
¡Qué suerte que tenemos con los vinos españoles! Nos podemos quejar de muchas cosas en este país, pero no del vino. Comparad la relación calidad-precio con los vinos italianos. Los hay deliciosos, como los barolos del Piamonte o los supertuscans Toscana pero ¿a partir de qué precio? Mucho más elevado, os lo aseguro.
La diferencia en el coeficiente precio-placer, si nos comparamos con los vecinos franceses, también es considerable. En España se hacen grandes vinos a bajos precios y, en eso, somos una de las mejores alternativas del planeta vinícola. El Nuevo Mundo (como se denomina a los viñedos fuera de Europa) elabora productos muy competentes. Es el caso del malbec argentino y el carménère chileno. Muchos tenían miedo de que estos nos robaran el mercado. Pero si pensamos desde la abundancia (difícil en tiempo de crisis, pero siempre posible y muy recomendable) veremos que el sol sale para todos. Y que en la península (pues los portugueses también se han puesto las pilas) se hacen unos vinos asequibles y con personalidad.
Si hay una frase que se repite en casi cualquier parte del mundo es: “Como aquí no se come en ningún sitio”. Te da igual estar en Nueva York, en Seúl, en tu pueblo de La Mancha o en una ciudad costera del Mediterráneo. El verdadero nacionalismo es gastronómico.
Un coreano alaba sin parar las cualidades de su emblemático kimchi (col fermentada con pimienta picante) y es capaz de recitar las hazañas históricas de este plato que para el típico turista con el discurso grabado de “qué mal se come en”, le resulta absolutamente repulsiva.









