Los navarros nunca hemos sido ni los más guapos ni los más salaos. Esto es así. Pero si de algo hemos podido presumir, además de ser toda una referencia culinaria en cuanto a productos tan emblemáticos como el piquillo, los espárragos o las alcachofas, ha sido de la altísima calidad de nuestro sistema sanitario. Que la aristocracia del país venga a curarse los dolores o que la realeza venga a palmarla ha sido, desde hace años, una carta de recomendación que nos ha situado como líderes en este tipo de servicios.
Ahora, tocados por la varita mágica de la crisis, nos hemos convertido en el hazmerreír del país por el bochornoso catering que se sirve en nuestros hospitales. A día de hoy podemos confirmar qué comida no sólo parece una mierda sino que lo es, después de que se hayan detectado restos fecales en los menús servidos por Mediterránea de Catering.
Me decía ayer Yanet Acosta, a propósito de unos cursos que imparte sobre comunicación y gastronomía, que la cocina, a diferencia de la religión, el fútbol o la política, une. Al oír sus palabras me pasó eso que pasa a veces: durante unos segundos le di vueltas al asunto (dejando que Yanet siguiera hablando sola) y se me ocurrieron argumentos a favor y en contra.
¿Qué hago en esos casos, cuando ni yo sé qué pensar? Callarme, claro. Y seguir escuchando a Yanet, que siempre se aprende algo. Pero alguien (creo que Hollywood) me enseñó que a la hora de tomar decisiones complicadas suele ser útil escribir en una libreta los pros y contras del asunto, y a eso voy (aunque no en formato lista, por lo que, aviso: si eres de lo que anda buscando toptens y resúmenes de lo mejor, te has equivocado de ventanilla).
¿Te imaginas ir a un restaurante y que te inviten a abandonarlo porque no tienes clase suficiente para comer allí? Pues esto es lo que, al parecer, le pasó a un grupo de comensales, hace unos días, en un local de Viesques (Gijón). Una situación tensa que acabó en queja formal, la intervención de la Policía Local y el salto de la noticia a los medios.
De ser ciertos los hechos, a los propietarios no se les puede calificar más que de cretinos integrales, pero en el contexto de lo sucedido pone de relevancia otro tipo de problema: los cupones de descuento.
Nunca la tele me pareció tan instructiva como con Alberto Chicote y su Pesadilla en la cocina. Tras sucesivos programas voy viendo que el gran problema de un restaurante es su dueño.
En el cuarto programa, una de las socias, aunque no principal accionista, toma las riendas sin ton ni son, porque se cree la mejor formada para hacerlo (y, entre las razones que arguye está la de haber ido a un colegio de pago, como si eso garantizase el nivel intelectual y empresarial del alumnado).









