Me decía ayer Yanet Acosta, a propósito de unos cursos que imparte sobre comunicación y gastronomía, que la cocina, a diferencia de la religión, el fútbol o la política, une. Al oír sus palabras me pasó eso que pasa a veces: durante unos segundos le di vueltas al asunto (dejando que Yanet siguiera hablando sola) y se me ocurrieron argumentos a favor y en contra.
¿Qué hago en esos casos, cuando ni yo sé qué pensar? Callarme, claro. Y seguir escuchando a Yanet, que siempre se aprende algo. Pero alguien (creo que Hollywood) me enseñó que a la hora de tomar decisiones complicadas suele ser útil escribir en una libreta los pros y contras del asunto, y a eso voy (aunque no en formato lista, por lo que, aviso: si eres de lo que anda buscando toptens y resúmenes de lo mejor, te has equivocado de ventanilla).
Aprender, pasárselo bomba, a por todas, muchísima muchísima ilusión, cambiar mi vida… Los primeros minutos de MasterChef, una de las grandes apuestas de La 1 para esta temporada, han estado salpicados de optimismo. 15 concursantes elegidos entre más de 9.000 candidatos lucharán por convertirse en MasterChef y al principio, claro, todo han sido sonrisas. Fabián, un estudiante mallorquín de 18 años, irradia buenas vibraciones. Hasta Jordi Cruz, del restaurante Àbac de Barcelona (dos estrellas Michelin), le ha confesado que ve en él algo de sí mismo. Y Samantha Vallejo-Nágera le ha dicho que, si las cocina son “tres cosas: pasión, pasión y pasión”, él las tiene todas.
Un país en crisis, amenazado por Bruselas, atenazado por la corrupción política y con un paro juvenil escandaloso, absorbe el optimismo como si fuese una gota de agua en el desierto. Algunas de las frases pronunciadas en la primera entrega del programa han sido antológicas. Mi preferida: “Yo no he fallado en el puré. Ha fallado el fuego”. Una excusa inverosímil ante la que Alberto Chicote podría haber respondido con un simple gesto. Y bueno, #MasterChef1 ha sido trending topic Global. Pero ¿han sido todo aciertos? Yo creo que no.
Han salido a la venta las chaquetillas de cocina que el chef Alberto Chicote luce en Pesadilla en la cocina. Son obra de Agatha Ruiz de la Prada y, para quien no haya visto el programa, explicaré que el estilo está totalmente en línea con el estilo habitual de la diseñadora. Como podéis ver en la foto, la tela tiene pocos centímetros cuadrados de color blanco. Abundan, sin embargo, los estampados llenos de color.
En la tienda on line se ofrecen tres modelos diferentes. El Chef Roja presenta un estampado de cuadros rojos y blancos, estilo tablero de ajedrez, con algún corazón rojo por ahí desperdigado. La chaquetilla Chef Naranja presenta un montón de corazones en tonos rosas y naranjas, y la Chef Fucsia también está plagada de corazones rosas, pero más rococós si cabe, con flores y demás historias.
Muchos de los periodistas y comunicadores asistentes a Madrid Fusión han publicado ya sus opiniones, balances y valoraciones acerca de esta última edición. Han analizado aspectos como la calidad de las ponencias, las aportaciones culinarias de los cocineros invitados, la afluencia de público o la organización de la feria y, en general, el resultado parece indicar que el modelo de congreso gastronómico presenta un acusado desgaste.
En esta ocasión no puedo dar una opinión documentada y general de Madrid Fusión, ya que apenas he podido asistir a una minúscula parte de las actividades programadas. Pero sí he vivido, y de forma muy intensa, la novedad más representativa del programa de este año: los talleres magistrales. Un total de 17 master class de los cocineros más representativos del panorama internacional que, en un ambiente íntimo, han mostrado sus habilidades gastronómicas a un reducido grupo de alumnos. Y visto el éxito de esta iniciativa, me atrevo a afirmar que este puede ser el germen de lo que, en un futuro, serán los congresos gastronómicos.
Empiezo donde lo dejé hace 15 días. Con la llegada del año nuevo han salido los adivinos de turno que intentan pronosticar qué va a ser tendencia este 2013. Es lo que tiene ir de cool hunter por la vida: que te ves obligado a soltar por la boquita gilipolleces tamaño king size y si después aciertas, pues te marcas un: “Yo ya lo había dicho”; y si te equivocas, eso de: “Este país no tiene remedio. Somos unos atrasados”, y te quedas tan ancho. Además es algo con lo que todo el mundo se atreve. Como en las obras, donde un grupo de jubiliados se juntan para ir diciendo a los que se parten el espinazo lo mal que lo están haciendo.
Recuerdo que hace un par de años, un camarero de un bar de esos en los que tienen miles de ginebras y tónicas, después de pedirle un par de humildes cañas, y sin que nadie se lo hubiera pedido, nos dijo que nos comprendía perfectamente. Que eso del gin-tonic ya no era tendencia (sic) y también, de nuevo sin que nadie se lo hubiera pedido, se atrevió a contarnos que en su docta opinión de conocedor de los gustos del personal, el nuevo gin tonic iba a ser el mezcal con tónica. Y nos sacó un mapa de México y empezó a contarnos los diferentes matices del mezcal según su zona de producción. Yo llegué al convencimiento de que ese tipo iba bajo los efectos del peyote. A veces tengo la tentación de volver a ese bar, mirar fíjamente a los ojos al camarero y decirle: “¿Y ahora qué me dices, majete?”.










