Han salido a la venta las chaquetillas de cocina que el chef Alberto Chicote luce en Pesadilla en la cocina. Son obra de Agatha Ruiz de la Prada y, para quien no haya visto el programa, explicaré que el estilo está totalmente en línea con el estilo habitual de la diseñadora. Como podéis ver en la foto, la tela tiene pocos centímetros cuadrados de color blanco. Abundan, sin embargo, los estampados llenos de color.
En la tienda on line se ofrecen tres modelos diferentes. El Chef Roja presenta un estampado de cuadros rojos y blancos, estilo tablero de ajedrez, con algún corazón rojo por ahí desperdigado. La chaquetilla Chef Naranja presenta un montón de corazones en tonos rosas y naranjas, y la Chef Fucsia también está plagada de corazones rosas, pero más rococós si cabe, con flores y demás historias.
Empiezo donde lo dejé hace 15 días. Con la llegada del año nuevo han salido los adivinos de turno que intentan pronosticar qué va a ser tendencia este 2013. Es lo que tiene ir de cool hunter por la vida: que te ves obligado a soltar por la boquita gilipolleces tamaño king size y si después aciertas, pues te marcas un: “Yo ya lo había dicho”; y si te equivocas, eso de: “Este país no tiene remedio. Somos unos atrasados”, y te quedas tan ancho. Además es algo con lo que todo el mundo se atreve. Como en las obras, donde un grupo de jubiliados se juntan para ir diciendo a los que se parten el espinazo lo mal que lo están haciendo.
Recuerdo que hace un par de años, un camarero de un bar de esos en los que tienen miles de ginebras y tónicas, después de pedirle un par de humildes cañas, y sin que nadie se lo hubiera pedido, nos dijo que nos comprendía perfectamente. Que eso del gin-tonic ya no era tendencia (sic) y también, de nuevo sin que nadie se lo hubiera pedido, se atrevió a contarnos que en su docta opinión de conocedor de los gustos del personal, el nuevo gin tonic iba a ser el mezcal con tónica. Y nos sacó un mapa de México y empezó a contarnos los diferentes matices del mezcal según su zona de producción. Yo llegué al convencimiento de que ese tipo iba bajo los efectos del peyote. A veces tengo la tentación de volver a ese bar, mirar fíjamente a los ojos al camarero y decirle: “¿Y ahora qué me dices, majete?”.
Nunca la tele me pareció tan instructiva como con Alberto Chicote y su Pesadilla en la cocina. Tras sucesivos programas voy viendo que el gran problema de un restaurante es su dueño.
En el cuarto programa, una de las socias, aunque no principal accionista, toma las riendas sin ton ni son, porque se cree la mejor formada para hacerlo (y, entre las razones que arguye está la de haber ido a un colegio de pago, como si eso garantizase el nivel intelectual y empresarial del alumnado).
Creo que uno de mis primeros recuerdos es este: estoy en una romería y tengo un dedo metido en una rosquilla. La observo como si se tratase de uno de esos ovnis tan de moda a principios de los 80, y lo hago volar entre la aglomeración de chaquetas de tratantes, devotas y ofrecidos de la procesión. Como todo lo bueno, el ovni rosquillero combinaba el riesgo con el placer. El riesgo estaba en el azúcar glaseado y su posibilidad de arruinar alguno de esos trajes de domingo, como me advertía mi madre; el placer estaba en comerse el ovni con todos sus marcianos y, sobre todo, el hielo cósmico: esa capita blanca, dulce, harinosa y crocante que baña las rosquillas gallegas.
El caso es que mis padres siempre anhelaron clonar la receta de ese glaseado y recuerdo que le preguntaban a las rosquilleras de las romerías. En el interior de Galicia, entre Silleda, Vila de Cruces, Melide, Ulloa y Palas de Rei, hay auténticas cracks de la repostería anillada. Ellas, recelosas, devolvían una indicación que parecía un máximo tributo al dios de los galaicos:







