Los mercados están de moda en todos los sentidos. Pero hay algunos que son más estables, más cotidianos y más reconocibles que otros. Mientras los mercados financieros abren sus puertas cada día con temor e incertidumbre, los mercados gastronómicos viven un boom que hay que proteger para que no estalle. A pesar de vivir momentos diferentes, de todas formas, puede dibujarse un paralelismo entre ellos:
- Los dos fluctúan con rapidez. El precio de la fruta se mueve casi a la misma velocidad que el valor bursátil de algunas empresas. Cada día tenemos una nueva sorpresa. Seguir leyendo
Hace cosa de un mes el New York Times publicaba un controvertido artículo sobre la prohibición de tomar fotos en algunos restaurantes de la ciudad. La noticia no tardó en llegar y casi todos los medios nacionales se hicieron eco de la reseña. Acto seguido medio país sacó el opinólogo que lleva dentro y se fue añadiendo combustible a la polémica. Siendo como somos, medallistas olímpicos en juzgar al prójimo, no tardó en aparecer todo un colectivo de damnificados por los fotógrafos espontáneos de comida. Un sindicato invisible de refunfuñones que aprovechó para sacar a pasear adjetivos como patéticos, cargantes, o maleducados, destinados a los que disparan sus cámaras cuando visitan un restaurante.
La queja más repetida: el molestísimo uso de flashes. Aunque nadie que tenga ciertas aspiraciones a tomar una buena instantánea usa el flash, es bien cierto que la fotofobia es una patología tan extendida que muchos comensales pierden la visión durante minutos cuando un irresponsable dispara fotos con rayos láser. Eso es verdad: intolerable.
El muñeco de Michelin da cada vez más quebraderos de cabeza a profesionales, aficionados y críticos gastronómicos. Pero mientras la guía sigue teniendo su público y los cocineros la bendicen o, en todo caso, callan, la crítica lleva varios años de uñas contra el chovinismo francés, en una corriente creciente y no exenta de razón. Eso, sin embargo, no quiere decir que las estrellas huelan a podrido, ni que todo lo que tocan los reyes de los neumáticos sea perjudicial para nuestra gastronomía.
Algunos dudan de la forma de proceder de los inspectores pero ahí siento disentir. Podemos decir que son pocos en número, que lo son; o que tienen debilidad por algún cocinero, que no deja de ser un pecado venial. Pero, en líneas generales, su comportamiento es señorial.
Para Joan Marc y Pau. Dos chicos maravillos e inteligentes que además saben quién es Ferran Adrià.
Mi hijo mayor, Joan Marc, tiene un amigo, Pau, con el que a veces se junta para jugar a los videojuegos. Pau estaba el otro día con otro amiguito suyo, al que le contaba que su amigo Joan Marc, que sólo iba a segundo de primaria, era un niño muy inteligente y que además tenía todas las videoconsoloas. Al amigo de Pau, lo de la inteligencia de Joan Marc le dejó más bien frío, pero en cambio lo de las consolas llamó poderosamente su atención (lógico y natural) y le preguntó si el padre de su amigo, o sea yo, era millonario (blanco y en botella, leche, debió pensar). Por suerte, Pau salió en mi defensa y acertó al decir que yo no era millonario, pero que conocía al mejor cocinero del mundo. Pau se refería, obviamente, a Ferran Adrià.

“El gourmet jamás olvida el nombre del muerto”, fue la gran frase con la que comenzó el ensayo Contra los gourmets, el escritor Manuel Vázquez Montalbán. Y ni el gourmet ni el lector han olvidado a quién dio vida a Pepe Carvalho.
Su inspector gourmet. El que nació con la muerte de Kenedy y con el que creció MVM hasta que, el 18 de octubre de 2003, murió en el aeropuerto de Bangkok. Tuvo una muerte de novela y un entierro gourmet: sus cenizas fueron esparcidas en Cala Montjoi, donde se encontraba el que fue considerado como mejor restaurante del mundo, elBulli.




