El hambre es política. La comida también. Dice la FAO, la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, que comer insectos puede ser una posible solución al hambre en el mundo. Lo acaba de hacer público en un informe publicado esta semana.
Sin embargo, esta idea no es nada nueva. Según el antropólogo Marvin Harris, el hacendado inglés Vincent M. Holt, indignado por que los insectos se comieran sus cosechas, publicó en 1885 un libro titulado Por qué no comer insectos en el que decía que, si los jornaleros se dedicasen a recolectar insectos, no solo se doblaría la cosecha sino que los pobres ya no tendrían que quejarse de no poder permitirse el consumo de carne.
Un sábado a mediodía de primavera me visita una amiga americana, que lo único que sabe decir en español es ‘hola’, ‘tapas’ y ‘gracias’. Unidas esas tres palabras, nos sentamos sedientas en una terraza, con ganas de una cerveza fría bien tirada, de esas que te acercan al paraíso. Los camareros están ajetreados de un lado para otro. Mi amiga mira a su alrededor y de repente pone cara de terror: “¡Aquí no se puede beber!”, me dice. Aacto seguido señala un cartel en la puerta del bar en el que se puede leer: terrace only to eat. Es decir: terraza solo para comer.
Si le decimos esto en inglés a un español, puede que lo entienda, pero justo encima del cartel en inglés ponía en perfecto español: “terraza solo para comer”, y si no fuera porque sabemos que las mesas se reservan para consumiciones mínimas (que el restaurador presupone que acompañan a la comida), estaríamos igual que la amiga americana: con cara de pánico pensando en comer a palo seco.
Lo normal, es decir, lo que se halla en su estado natural y que por ello sirve de norma o regla, a veces no lo es: solo lo parece. Por ejemplo, lo que comemos siempre sin pensar, más como un acto de costumbre que de reflexión.
El desayuno parece imposible sin abrir un tetra brik de leche uperizada (UHT), un líquido que ni siquiera huele a leche. Y es que poco puede oler un producto que se somete a 150 grados centígrados. La justificación podría ser sanitaria pero realmente está en que así es más fácil conservar el producto y esto es importante, especialmente, para la industria y para la distribución alimentaria, más que para el consumidor. No obstante, la leche pasterizada también es salubre aunque la temperatura a la que se someta el producto sea de 72 grados. ¡Y la leche fresca! Esa sí que es natural… Lo normal, vamos, aunque no sea la norma.
Dice la Fundeu que ‘gastro’ es un prefijo compositivo válido para crear otras palabras a partir de nombres comunes. Y qué más común que el sexo, por presencia o ausencia. Si esto se une a la idea de que el 90% de las personas que invitan a cenar cuando realmente lo que quieren es sexo, pues tenemos la composición perfecta: gastrosexual.
Este adjetivo es idóneo para acompañar cualquier ingrediente, plato, gesto o acción que involucre a las dos palabras. Lo primero que se le podría ocurrir a cualquiera es hacer un revival casero de Nueve semanas y media, una película en la que la miel era el ingrediente gastrosexual.
- Constatar que hay un después de Ferran Adrià:
- Los hermanos Roca, con un restaurante considerado como el segundo mejor del mundo (algunos dicen que el mejor), con platos refinados, vanguardistas y elegantes.
- David Muñoz, como emblema de la vanguardia creativa. Mezcla de muchos ingredientes de lugares diversos, hechos con técnicas propias basadas en la vanguardia, en el clasicismo y en las culturas orientales.
- Llamar la atención sigue siendo un valor de este congreso y en 2013 lo ha conseguido con el suizo leñador Stefan Wiesner, quien motosierra en mano habló de arte, literatura y filosofía como única motivación de su cocina, muy en la línea del naturalismo del Noma (el restaurante danés que se tiene como el mejor del mundo, en la actualidad).
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Llegó la Navidad y no lo pude evitar. Con una amiga francesa en casa, me lancé a guisar un pato al moscatel de Málaga. Así, sin más problema ético. Y después de aderezarlo con mucho tomillo y de dejarlo cocer lentamente entre el jugo de la cebolla y el vino, me asaltó la moral. ¿Es este un pato que sufrió el convertirse en foie gras?
A juzgar por la grasa de la pechuga, lo parecía. Así que me puse a leer sobre la cuestión. Y me encontré con el mejor: Agustín Blasco.
Lo más fascinante de la gastronomía es su transversalidad. Con ella se entiende la historia, la cultura y una sociedad. Por eso la cocina es más que un recetario o un ensayo.
En España hace relativamente poco que se ha estrenado un nuevo género que yo denomino novela negra gastronómica y en el que participo como autora y entusiasta.
En mi última depresión, hace dos días, perdí la ironía. Y por poco (quizás) pierdo la vida. Me salvó un vino de siete euros (el más caro que encontré en el súper), porque comer de contenedor deprime por muy indi que parezca (que ya no se sabe si viene de independiente o de indigente).
Me dicen mis amigos que ellos no son pobres, que ellos tienen el Barça-Betis o su Atleti y que la cosecha ya saldrá pa’lante. Y me contacta un compi que trabaja para el Gobierno para preguntarme cómo lo veo yo, porque para él las calles de Madrid siguen hirviendo, con los restaurantes llenos y las barras sin parar, caña viene, caña va.









