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Nostalgia de hojalata

4/4/2013 |  por

hojalata01_500José María tiene dos ordeñadoras de oveja colocadas en la estantería más alta de su tienda. Son grises y robustas, como un orinal gigante con orejas.  Se cruza de brazos y me las enseña como si fueran la pieza principal de un museo: “Son cuatro láminas trabajadas a fuego y maza. Ahora esto ya no se hace. Llega la central lechera de turno,  enchufa unos tubos a las ubres y al camión”.

Las orejonas son de chapa de hierro y lata.  El artesano que las hacía vendió la nave hace cuatro años y se fue con su mujer y sus hijas a Jávea.  Tenía los pulmones tiritando por los vapores del  ácido clorhídrico que se utiliza para que la lata no se oxide, aunque José María cree que los dos paquetes diario de Ducados tampoco ayudaban.

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Una máquina de escribir en la cocina

28/1/2013 |  por

Si Julio Cortázar fue capaz de exprimir las inimaginables posibilidades narrativas de unas instrucciones de uso (cómo subir por una escalera), ¿hasta dónde podrían llegar otros titanes de las letras como William Styron o Harper Lee a partir de una receta de cocina? Piensen en esos textos planos y estereotipados, escritos casi siempre con el robótico infinitivo (cortar, lavar, freír) y cuya única intención es facilitar al lector la traducción de las palabras en comida. Bien, pues tomen nota de este arranque cortesía de Paul Bowles: “Comprad un huevo. Buscad un burro muerto y alojad el huevo en el recto del animal la primera noche”.

Las predilecciones, las manías, las fobias o las excentricidades de un puñado de nombres de relumbrón de la literatura y el arte del siglo pasado están recogidas en El arte de la imperfección en la cocina. Una primorosa edición que acompaña cada receta con ilustraciones de Sonia Pulido, conocida por colorear con su estilo, entre naíf y pop, publicaciones como El País Semanal, Rockdelux o Cinemanía.

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El tomate es una fiesta

8/1/2013 |  por

La niña que parecía un niño más famosa de la televisión italiana de los años 60 descubrió un día que la sopa que le daban para cenar en el internado estaba hecha con los restos de lavar los platos del almuerzo. Juntó a sus amigos y organizaron un motín en el comedor. La revuelta de los niños enfadados destapó la vileza del director, obligándole a que les sirviera, por fin, la rica pappa col pomodoro. La cabecilla de la protesta de teleserie, la niña que parecía un niño, lo celebró con una canción. Fue uno de los muchos éxitos musicales de Rita Pavone, algo así como un cruce yeyé entre la mojigatería de nuestra particular lolita, Marisol, y las travesuras librepensantes de la sueca Pippi Calzaslargas.

El fenómeno Pavone funcionó también en España y la niña del uniforme grabó incluso una versión traducida: papas con tomate. Pero no es patata todo lo que suena. Pappa significa puré, papilla. Pomodoro, eso sí, tomate. La canción hace referencia a un plato tradicional de la Toscana, región rural y pobre, la tierra de Novecento, donde también estaba ambientada la novela en que se basa la serie de televisión. La receta es una especie de sopa de tomate, pan y cebolla; todo en tropezones y cocido en agua, aceite, sal, pimienta y albahaca. Como un pisto de emergencia.

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De lo sublime y de los callos

26/11/2012 |  por

Mi bautismo con las tripas de la ternera fue según el rito gallego. Yo apenas sacaba una cabeza por encima de la mesa del comedor de mis abuelos, pero ya recibía a la comida con el cuchillo y el tenedor bien agarrados, uno en cada mano, como preparándome para una batalla. Mi abuela traía la fuente humeante a la mesa y me buscaba con la mirada. Esperaba la aprobación del pequeño Cesar romano en quien ella me convertía. Mi señal para que entraran los leones no podía ser con los pulgares, que tenía ocupados apretando fuerte los cubiertos; eran mis ojos, abiertos como neumáticos los que daban el sí, porque siempre era sí.

Unas navidades, se me ofrecieron en sacrificio unos tacos de carne viscosa, rugosos y, ésto lo descubrí después, de masticación larga. Recuerdo engullir aquellos callos con garbanzos con fruición. Digo que lo recuerdo porque con el mismo entusiasmo me enfrentaba yo a todos los poderosos platos de mi abuela (benditos cocidos). Tampoco guardo en mi memoria ningún disgusto cuando me explicaron de qué se trataba aquel manjar. ¿Las tripas de un ternerito? “Ah, pues qué ricas”.

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Dame chicle y llámame tonto

10/11/2012 |  por

Si el pop es un producto anglosajón de la sociedad de consumo y  la cultura de masas, ¿qué puede haber más masivo y fungible, más anglosajón, que el chicle? Durante la década de los 50 la maquinaria publicitaria estadounidense se dedicó a estimular mandíbulas a gogó. Goma de mascar de todos los colores y sonrisas de satisfacción a la carta, muy pop.

El I want candy `[Quiero golosinas] de los Strangeloves podría haber sido perfectamente la banda sonora de alguno de aquellos anuncios. El señor con el gorro y el carrito de las chucherías aparcando enfrente del ventanal de una de esas casitas blancas con jardín por el que corre el niño pecoso y la niña con coletas ante la complaciente mirada de la madre.

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Vivir en la canela

5/10/2012 |  por

“Para vivir no quiero / islas, palacios, torres. ¡Qué alegría más alta: vivir en”…  ¡la canela! Si Pedro Salinas la quería limpia (los pronombres), despojada de disfraces, hay quien prefiere edulcorar la alegría. Inquietante fascinación, la del rock and roll por la canela. No imagino al hirsuto Neil Young de finales de los sesenta y sus Caballo Loco hincando la cucharilla en un postre de leche merengada cubierto de una frondosa capa de motas marrones.

Pero él dice que quiere vivir con su chica de canela, que podría ser feliz el resto de su vida con su chica de canela. La metáfora, claro, está trillada. El plomizo mito del amor romántico. Y seamos sinceros: su capacidad de persuasión en la cultura popular se mantiene aún hoy casi intacta a través de estrofas facilonas y películas de Hollywood. Tan empalagosas y efímeras como un atracón de canela. La especia más sabrosa, dulce y picante, que colma súbitamente todos los anhelos de nuestro paladar.

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Alimento para el alma negra

21/9/2012 |  por

Aquel piano tenía un sabor envolvente, picante y dulce a la vez. Apenas crujía. Con la primera respiración, las notas volátiles de la guitarra trepaban por la faringe. Un retrogusto fresco,  algo sexy.  Aquel piano sabía a cebolletas. En 1962 Booker T. and the MG’s  grababan en Memphis su primer disco: Green Onions. En la portada, unos hermosos atillos de cebolletas con las bulbas hacia arriba presentaban una intrépida combinación de blues, R&B y jazz. Eran los primeros coletazos de la música soul y un homenaje improbable a la dieta de sus antepasados esclavos.

Al igual que la etiqueta Southern soul es un producto de la orgullosa cultura musical negra del sur de Estados Unidos, la comida también se elevó a estandarte identitario durante los años 60. En plena efervescencia del movimiento por los derechos civiles y contra la discriminación racial se acuñaron nuevos eslóganes como Plantation food o Soul food. Los esclavos negros trabajaban los campos y los cultivos de los patrones blancos desde los primeros desembarcos de esclavos africanos hasta la derrota de los Estados Confederados.

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