La cocina del poder

por  |  15 de febrero de 2013
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Los que sabemos cocinar somos superhéroes de a pie. Nuestro superpoder es hacer felices a los comensales y, con un poco de suerte, arrancarles por lo menos una sonrisa a las mamás que saben cocinar.

Comprendí el poder de la cocina cuando mi abuela, una mujer del sur de Italia con las ideas muy claras, me dijo por primera vez que a un hombre se le conquista por el estómago. No siempre es verdad, depende del hombre y de su disposición a quedarse contigo más de una semana, pero no se puede negar que una buena lasaña ayuda a abrirse camino.

Ayer vi una bonita película, La cocinera del presidente, que se estrena en España el mes que viene y que está basada en la historia de Danièle Delpeuch, cocinera privada durante dos años del presidente de la República François Mitterrand.

Contra todo pronóstico, lo que el presidente exige a la cocinera son sabores sencillos, de los que evocan recuerdos de la infancia y prescinden de rosas de azúcar en cada plato. “Deme lo mejor de Francia”, dice el presidente. Esa es la única pauta a seguir.

No es difícil imaginar una maravillosa tarta Saint-Honoré derribando a algún que otro adversario político de Mitterand. Algún motivo habrá si los mejores acuerdos se estrechan alrededor de una mesa.

Obviamente el éxito no siempre está asegurado. Cuando estuve cenando en la Osteria Francescana de Massimo Bottura, en diciembre, me topé con una de las reuniones de trabajo más tensas a la que he asistido nunca. No sé muy bien de qué iba el asunto. Algunos de los comensales hablaban solo chino y no se comunicaban con los demás. Lo único que sé es que tenían poco tiempo y que el menú Tradizione no consiguió el efecto deseado. Los huéspedes orientales se despidieron con una palmadita en el hombro del comensal al que le tocó pagar la cuenta de uno de los mejores restaurantes del mundo.

La difusión de esos dispensadores de felicidad que son los restaurantes está muy ligada al poder o, mejor dicho, a la desaparición del poder.

El primer restaurante (tal y como lo conocemos hoy) apareció en París en 1765, pero fue con la Revolución Francesa cuando el número de establecimientos se multiplicó. La abolición de los privilegios dejó sin trabajo a muchos cocineros de la nobleza y al mismo tiempo hizo que un público más amplio pudiera acceder a sus platos.

La cocina puede ser también un recurso para el poder.

A 10 días de las elecciones en Italia, el partido de centro-izquierda ha lanzado un vídeo en el que una cocinera prepara una indigesta sopa recalentada a base de patatas hervidas en 20 años de berlusconismo, aceite de derechas y un poco de agua para unos pocos privilegiados. Una irónica alusión a Mario Monti y sus aliados.

En la cocina se puede incluso modificar el curso de la historia. Cuenta Suetonio que fue una seta envenenada la que provocó la muerte del emperador romano Claudio.

Al parecer la principal sospechosa, su esposa Agripina, aprovechó la debilidad del emperador por este manjar para garantizar a su hijo Nerón la sucesión al trono de Roma.

 

* Imagen: fotograma de la película ‘La cocinera del presidente’ (cortesía de Image).

Acerca de Alessia Cisternino

Periodista ‘freelance’. Nació en el sur de Italia, se crió en Roma y, desde 2006, vive y trabaja en Madrid. Ha colaborado con Notodo.com, LaInformacion.com, Étapes, Pasajes Diseño y Vanidad, y actualmente escribe de cultura y gastronomía para Neo2, Calle20, Gastroeconomy, Identità Golose y Gambero Rosso. Le gusta comer, cocinar, leer libros que empiezan bien y acaban mejor, y viajar... pero con mucha calma. Su “nombre de guerra” en la red es Enminevera.

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