Dame chicle y llámame tonto

por  |  10 de noviembre de 2012
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Si el pop es un producto anglosajón de la sociedad de consumo y  la cultura de masas, ¿qué puede haber más masivo y fungible, más anglosajón, que el chicle? Durante la década de los 50 la maquinaria publicitaria estadounidense se dedicó a estimular mandíbulas a gogó. Goma de mascar de todos los colores y sonrisas de satisfacción a la carta, muy pop.

El I want candy `[Quiero golosinas] de los Strangeloves podría haber sido perfectamente la banda sonora de alguno de aquellos anuncios. El señor con el gorro y el carrito de las chucherías aparcando enfrente del ventanal de una de esas casitas blancas con jardín por el que corre el niño pecoso y la niña con coletas ante la complaciente mirada de la madre.

Pero por mucho que el chicle está grabado a fuego en el imaginario popular yanqui, sus orígenes se remontan al siglo XIX y no son estadounidenses. Los indios nativos norteamericanos enseñaron a los puritanos blancos las bondades de mascar una resina natural sacada de las entrañas  del abedul. El azúcar y los productos químicos, la máscara industrial, vendría después. El chicle, al fin y al cabo, es otro episodio en la historia de una colonización.

Algo parecido sucedió con la conocida como British Invasion. A mediados de los 60 las bandas británicas desembarcaron al otro lado del Atlántico con un éxito comercial nunca visto hasta entonces. Los  Beatles, los Animals y los Rolling asaltaban los primeros puestos de las listas de ventas, monopolizaban las radios y reventaban en su giras norteamericanas.

La reacción de una desconcertada industria musical estadounidense fue prefabricar bandas según la imagen, el sonido y el nuevo gusto del consumidor. De los despachos de los productores salía la fórmula comercial y contrataban músicos de sesión para que la explotaran.  La receta consistía en flequillo a lo Liverpool, melodías simples, estribillos pegadizos y letras anodinas llenas de lugares comunes sobre la embriaguez amorosa. Al fenómeno se le denominó como bubblegum o, traducido, chicle pop.

La analogía con la evolución del mercado de la goma de mascar es evidente. El expolio de la resina de los árboles de Mexico y Guatemala se acabó por agotamiento a finales de los 40 y, de nuevo, apareció el ingenio para los negocios del intrépido hombre estadounidense. Las ya consolidadas empresas del látex se sacaron de la manga un derivado sintético al que añadir los colorantes, el xilitol, el sorbitol y demás variantes de la glucosa hasta auparlo a producto fetiche del nuevo imperio.

En el caso de los Strangeloves fueron directamente tres productores y letristas de Brooklyn, quienes se inventaron la banda haciéndose pasar por granjeros australianos, en un intento de evocar el exotismo de lo foráneo que parecían desprender los británicos.  Este proceso de fagocitación no dejaba de tener un punto paradójico porque esas mismas bandas británicas a las que pretendían copiar bebían, a su vez  de fuentes, estadounidenses: rock and roll, blues y R&B.  El círculo se cierra con el uso en bucle del célebre beat proto-rock de Bo Diddley en I want Candy.

Algunas de estas apuesta salieron bien, como el Sugar, sugar de los Archies, que lideró las listas durante cuatro semanas del año 1969 y vendió tres millones de copias. Pero el recorrido de estos grupos en serie no solía durar más de un puñado de singles o como mucho dos álbumes. Aunque también brilló alguna excepción como los Monkees que nacieron del fragor del marketing pero lograron estirar el chicle más de una década, trascendiendo su inherente superficialidad.

Acerca de David Marcial Pérez

Potaje de periodista con abogado. Añada un chorrito de politología y media cucharada de economía. Listo para emplatar con pasión por las Letras. De postre: Máster UAM/El País y posgrado de periodismo grastronómico por la UCM. Disfrutando de la sobremesa en el diario Cinco Días.

Archivado en: Gastrocanciones, Rumiaciones


2 Comentarios


  1. bárbara darder ferrer

    Cada día aprendemos cosas nuevas de los índios americanos. Lo malo es cómo las copiamos.
    Música y comida…Imposible superar la mezcla.

  2. gran acierto el que vengo observando desde hace tiempo en este blog, combinación de canciones y gastro. siempre aparecen recuerdos y vivencias entre papilas gustativas y sentimientos que entran por el oído y cruzan el corazón, si además la mezcla se realiza con tan buen gusto y redacción, se hace imprescindible pasear a diario por vuestro blog Tinta de Calamar. enhorabuena.

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