Era agosto de 1987 y yo tenía 18 años. Había terminado lo que entonces se llamaba COU y que ahora, con lo que cambian las leyes educativas, no tengo ni idea de cómo se llama. Había aprobado la Selectividad (¿eso aún existe?) con nota suficiente para estudiar Periodismo.
Mediado el curso, el padre de mi amigo Enric me dijo que estaba preocupado por las notas de su hijo y me pidió que le ayudara a aprobar el COU. El padre de Enric era un tipo peculiar, que había escrito una carta a Felipe González inmediatamente después de su primera victoria electoral, cuando prometió crear 800.000 puestos de trabajo, para decirle que ya solo le quedaban 799.996, pues él había decidido contratar a 4 personas. Y el presidente del Gobierno le contestó para agradecérselo. El asunto salió hasta en los “papeles”. Juro que eso fue así. Además, prometió regalarle a su hijo una moto, pero seguía preocupado y pedía mi ayuda para motivarlo. Lo único que se me ocurrió, pues lo de la moto me parecía difícil de superar, fue llevarle a cenar a un restaurante que era la repanocha.
El restaurante era El Bulli y yo ya había estado hacía unos años con mis abuelos, cuando el cocinero era Jean-Paul Vinay. Ferran Adrià hacía tres años que era el jefe de cocina y, desde ese mismo año, lo era en solitario.
Así que en agosto de 1987 me pagué mi primera cena en El Bulli, y la de Enric, de mi propio bolsillo, con el dinero que ganaba trabajando de entrenador de baloncesto. Al cambio eran 180 euros al mes, pero claro, eran otros tiempos. Enric aprobó, consiguió la moto, una Suzuki 250 blanca y azul, y yo cumplí mi promesa. Aprobó sí, pero no fue por la moto ni mucho menos por la cena. El motivo real es secreto de sumario.
Así que ahí fuimos, de Cadaqués a cala Montjoi, dos mozalbetes a lomos de una Suzuki nuevecita. No hubo problemas en conseguir mesa pocos días antes de que Enric se decidiera a venir, ni tampoco los hubiéramos tenido si nos hubiéramos presentado sin reserva, a pesar de estar en plena temporada de verano.
Recuerdo la cara de asombro de los camareros al ver llegar a dos chavales con el casco colgado del brazo. Esos camareros que aún llevaban un uniforme con un cuello en forma de pico con vivos motivos bordados.
Recuerdo poco lo que comimos. Nada de menú degustación largo y estrecho de 40 platos. Unos raviolis rellenos de algo y un solomillo con salsa de no sé qué. En aquella época, El Bulli aún tenía un asombroso carro de postres. Bebimos un rosado de Perelada que costaba 800 pesetas (5 euros) y por la cena de ambos creo no haber pagado más de 6.000 por cabeza (36 euros). Como decía, eran otros tiempos.
No os voy a chulear y decir que ya entonces me di cuenta de que ese no era un restaurante como los demás y que ya intuí que algo grande iba a suceder en esa recóndita cala de la Costa Brava. Por aquel entonces yo era mucho más ignorante. Sí, eran otros tiempos para todos.
No volví a El Bulli hasta 10 años después. Tampoco costó encontrar mesa, pero el restaurante sí estaba lleno a finales del verano. Los camareros ya iban de negro y el carro de los postres había desaparecido. Existía el menú degustación. Probé mi primera espuma y Juli Soler nos sirvió el vino. Ese día sí. Ese día, sí me di cuenta de que ese iba a ser un restaurante distinto. Los tiempos habían cambiado definitivamente.
* Foto: elBulli.com.
Acerca de Albert Molins
Me llamo Albert Molins Renter y, hasta donde recuerdo, siempre me ha gustado la comida y su mundo. Desde que acompañaba a mi madre al mercado y, después, compartía con ella tiempo y cazuelas en la cocina de casa, hasta que mi abuelo Joan me empezó a llevar a mis primeros restaurantes importantes o me perdía por la cocina y las cámaras frigoríficas del hotel que regentaban mis abuelos paternos. Será por eso que me gusta escribir sobre gastronomía en mi blog Homo Gastronomicus y, ahora, también aquí (donde publicaré mis caras B). Estudié Periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona porque quería contar historias y en eso sigo (lo gastro tiene su relato). También estudié Ciencias Políticas pero me quedé a dos asignaturas de licenciarme... Somos gente civilizada y no vamos a hablar de ello, ¿verdad?
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