Con Maribel se nos han ido la cuota maternal del Masterchef. Las series americanas –o sea, más o menos todas– tienen como máxima incluir a personajes parecidos al público objetivo al que se quiere llegar: si quieres treintañeros, pues pones treintañeros. Si buscas adolescentes, pues venga un par de excitados escolares volviendo del instituto con mochilas. Pero con la madraza del Masterchef nos sentimos todos identificados por simpatía familiar, y no sólo las amas de casa de mediana edad. Maribel está un poco en todas nuestras casas.
Echaremos de menos a la cocinera de Benicarló; su banda sonora de rezongues por lo bajo durante las pruebas mientras habla con algún tipo de amigo invisible culinario; sus invocaciones a todo tipo de deidades católicas mediterráneas, su espontaneidad, que ha hecho las alegrías del realizador del programa de TVE, y su capacidad de poner en duda el criterio del jurado sin arrugarse lo más mínimo. Maribel me defraudó porque no le dio unos pellizcos en los carrillos cuando apareció Colate la semana pasada, que era lo propio. Pero me emocionó su capacidad para sobrevivir en las tensiones de un programa que no es para todo el mundo.
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Hay quien no lo llamará así. Hay quien considere que no es más que una simple sustitución, que no es para tanto. Cuando hablo de la prostitución de la pastelería me refiero a la creciente tendencia de sustituir ingredientes de toda la vida, como la mantequilla, la nata o las yemas, por otros más económicos que, se supone, cumplen la misma función.
El otro día escuchaba a un pastelero de Jerez afirmar que, en su ciudad, la crema pastelera se elabora sin huevo y con agua, en vez de leche. Y para colmo le añade colorante para darle un tono anaranjado oscuro. No dudo de que los jerezanos se hayan habituado a que los pasteles lleven esta crema y además les guste pero me inclino por pensar que, más que una cuestión de gustos, se trata, para los pasteleros, de una cuestión económica.
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Si hasta se ha hecho un programa de televisión es porque ya hay muchos españoles por el mundo, y algunos son sumilleres de corazón (porque se trata de una profesión pasional). Gente que no ha emigrado por la crisis, que podría ser, sino porque el vino les ha llevado a inspiradoras y deliciosas ciudades.
Rut Cotroneo, por ejemplo, soñaba con hablar francés y vivir en París, y ya lleva tres años en el Hyatt Park Hotel de la Rue de la Paix, sede del restaurant Pur, con una estrella Michelin. Bruno Murciano empezó en el Ritz de Londres y, además de elaborar un vino con bobal de su tierra, ya lleva más de 10 años dedicándose a la comercialización en la City.
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La discusión sobre la paella con o sin cebolla viene de lejos. Hace unos días se reavivó sirviendo de márketing viral para un anuncio de cervezas en plan qué felices somos: tenemos más de 30, tomamos cerveza, oímos canciones y comemos paella con cebolla.
Pues bien, cualquier valenciano podría hacer una tesis doctoral sobre por qué la paella no debe llevar cebolla y cada uno tiene su argumento. El que escucho de forma más repetida es que la humedad que proporciona el odiado bulbo puede estropear el punto idóneo del arroz en paella.
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Los concursantes de MasterChef tienen tres minutos para hacer la compra antes de cada prueba. Les admiro. Yo en tres minutos ni siquiera he elegido por cuál de los pasillos del supermercado empezar.
Me gusta hacer la compra. Me relaja. Paseo delante de las estanterías como si tuviera todo el tiempo del mundo. La razón es que no voy al supermercado sólo para hacer la compra, esto es lo de menos: los supermercados son acuarios sociológicos colonizados por personas cuya vida –o actitud hacia la vida– se puede intuir a través de sus cestas de la compra.
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Como decía en el artículo anterior, estos 10 años de vida blogueril dan para todo tipo de sucedidos gastronómicos, de los cuales es bien importante lo que podríamos llamar la “consultoría privada”, que viene siendo la gente que confía más o menos en ti para que le propongas un lugar en el que llevar a una cita, celebrar algo o resolver un negocio. ¡Menuda responsabilidad! Esto da lugar a todo tipo de intercambios más o menos bizarros a horas nocturnas.
–Oye, mira una cosa, y a ese restaurante tan bueno del que hablas, el Culler de Pau, ¿se puede llegar en barco?
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