John Isner no es un jugador cualquiera. Tiene el honor, junto a Nicolas Mahut, de haber disputado el partido de tenis más largo de la historia. Fue en junio de 2010. Venció al francés en 11 horas y cinco minutos. Lo logró en Wimbledon, una superficie con la que mantiene una relación ‘particular’.

El pasado domingo revalidó su título en Newport, también sobre césped. Lo consiguió tras vencer a Lleyton Hewitt, campeón de Wimbledon en 2002. Por tanto, suma dos títulos sobre esta superficie. Sin embargo, no todos son buenos resultados. En la edición de este año del torneo londinense se esperaban muchas cosas de él. No obstante, sorprendió a todos con su derrota en primera ronda ante el colombiano Alejandro Falla.

El actual número once del mundo es la gran esperanza tenística de Estados Unidos. A sus 27 años, tiene la responsabilidad de volver a poner en el mapa a una potencia histórica como es la estadounidense. Su tenis se adapta muy bien a las características de hierba y pista rápida. Tiene uno de los mejores servicios del circuito y un golpe de derecha muy potente que le permite obtener un alto número de golpes ganadores. A lo largo de esta temporada ha conseguido 580 aces. Solo Milos Raonic ha logrado más. Por eso sorprendió su temprana eliminación en Wimbledon.

Parece que Isner padece uno de los problemas comunes en los tenistas estadounidenses durante la última década. Solo rinden en suelo americano. De los cuatro títulos ATP que ha ganado, solo uno (Auckland, 2010) lo ha ganado lejos de su país. Muchos esperan que consiga repetir el excelente rendimiento que consiguió en la última edición del Masters 1000 de Indian Wells. Llegó a la final, donde perdió con Roger Federer. Ganó en semifinales al que por entonces parecía invencible Novak Djokovic. Desde entonces, se esperaba mucho de él; sobre todo en el último Wimbledon. Defraudó. Falló lejos de su tierra. Otra vez. Ahora tiene la oportunidad de resarcirse en los Juegos Olímpicos. Está claro que tiene una relación especial con las pistas de All England Club. Y ocasión más especial que los Juegos no hay ninguna. Puede suponer el despegue definitivo a su carrera.