La novela negra de las preferentes sigue su plan de entregas. Sabíamos mucho de las maniobras de las cajas para venderlas sí o sí, pero esta semana se han conocido, gracias a nuestros compañeros de Radio Galicia, documentos que confirman lo que era un secreto a voces: la venta de un producto complejo, con poca liquidez, lleno de riesgos para los clientes, está repleto de irregularidades y trampas que, en mucho casos – lo llevo manteniendo desde hace mucho y lo mantengo, naturalmente -  lo convierten claramente en una estafa. Y lo que es peor, consentida.  Entre los correos de aviso “desde arriba” a los directores/empleados de las cajas se podía leer, por ejemplo, esto: “Las personas que no sepan o no quieren vender preferentes, deberían preguntarse si realmente quieren formar parte de esta empresa y de su futuro”.

Y “desde arriba”, se dotaba a los directores/trabajadores de todo un “argumentario” para que supieran “esconder”, frente a las preguntas lógicas de los clientes, los riesgos reales. Darles confianza y razonamientos para que invirtieran en el producto… En definitiva, cómo escurrir el bulto ante las consultas de algunos, – ¿puedo disponer del dinero cuando quiera, qué interés me garantizan?- porque sabían que los demás se fiaban de lo que les diga su banco de toda la vida… Y con eso también han jugado, como siempre. Mentiras sin cintas de video, pero con documentación que les lleva al desahucio profesional.

Es el ‘argumentario’ de la  estafa. El “argumentario”  del más absoluto desprecio a sus clientes. Porque, quienes van a un banco con su dinero, a veces con mucho dinero, con los ahorros de siempre en muchos casos, con los ahorros traídos de muchos años de trabajo en el extranjero, ¿son o no son buenos clientes? ¿Y qué pescadero vende una merluza en mal estado a un buen cliente, o una fruta pasada? Pues eso es lo que hicieron algunas cajas: vender lo peor a sus mejores clientes. Un auténtico atropello. Un golpe que dañará por muchas décadas la credibilidad de los clientes con sus cajas y bancos.

Un “argumentario”  que, a veces, se utilizó también para engatusar a familiares y amigos – ¿recordáis lo de los sellos ¿- de los que dicen “dónde firmo”, a sabiendas de que quizá estaban tirando el dinero a la basura…

En ocasiones, ni  se tuvo que utilizar porque las preferentes se vendieron a personas que no solo no entendían las complejidades de un producto con muchos riesgos: directamente se colocaban a clientes con serios problemas de salud, como enfermos de Alzheimer, incapaces de comprender que estaban poniendo su dinero, sus ahorros, su jubilación, en manos no precisamente limpias.

Toda esta documentación, en manos de fiscales y jueces, los testimonios de algunas víctimas del atropello recogidos estos días en diferentes programas de la SER, como en Ser Consumidor, son más que elocuentes. Y creo que ponen en muy serios apuros a quienes han vendido preferentes, a quienes han alentado a los empleados a vender preferentes y, sobre todo, a quienes han gestado las preferentes. Y quizá, incluso, a quienes desde los poderes públicos permitieron el atropello.

Si yo hubiera estado en el ajo de este asunto en Caixa Galicia o Caixa Nova, necesitaría Valium para dormir. Desde luego, no dormiría tranquilo. Y no solo por problemas de conciencia. Por mucho que digan los gobiernos, por mucho que diga la Unión Europea, hay que arrojar mucha luz para que los afectados/engañados/estafados recobren lo que es suyo. Y, ojo,  lo de Galicia es muy similar a lo que ha pasado en otras zonas del país.

No es tolerable aceptar que la crisis, las malas gestiones – a veces golfadas – de unos y otros, las vías de escape de sectores determinados sean una patente de corso para el atraco. La crisis, la necesidad de liquidez, las cuentas de resultados, nunca puede justificar el ‘asalto’ al bolsillo del cliente. Tenemos otro ejemplo muy claro en el jamón ibérico, pero de eso escribo otro día de esta semana.