Esta semana  he leído algunas informaciones que invitan a todo menos a irte de puente. Las hipotecas han caído un 50%; hay varios millones de viviendas que nadie compra y que podrían tardar hasta diez años en venderse; los precios de las viviendas siguen cayendo, y ya llevamos 22 meses de auténtico derrumbe; las ventas, idem de idem… Y en medio de este aluvión de noticias que animan a cualquiera, viene el Gobernador del Banco de España, el mismo que miró para otro lado ante ciertos desastres de cajas que nos han supuesto pérdidas de millones y millones de euros, y le dice al Gobierno que hay que subir el IVA. ¡Lo que nos faltaba!

Vivimos con más incertidumbres e inseguridades que los cuidadores de los cocodilos, pocos saben si al día siguiente volverán al curro o si se encontrarán con algún recorte, y encuentra estos mensajes de “ánimo”. Los políticos y los interesados “mercados” nos están metiendo mucho miedo en el cuerpo. Es insano, y ya debe haber quien estudia – asustado, claro- las repercusiones  en nuestra salud.

Y entonces, llegan las contradicciones, lo locura total: también escuchamos a quienes nos dejan el mensaje de los mensajes: tenemos que consumir más para activar la economía: por ejemplo, nunca vamos a tener los coches más baratos y mejor equipados que ahora; las  viviendas están “tiradas”; hay apartamentos en la playa con precios de los 80; podemos contratar viajes con un 60% de descuento para el próximo verano; vemos menús del día en restaurantes que antes eran prohibitivos; tienes cinco botelines a precio de saldo; algunos congelados los puedes encontrar con precios de hace 10 años; hasta tenemos compras sin IVA, aunque sea por unas horas… Todo perfecto, magníficas oportunidades para “buscar y comprar”. Vale. Pero algunos siguen sin entender que con este acojone colectivo en el que nos han sumido, sin que veamos la salida del túnel ni se atisbe en el horizonte, los consumidores estamos más tiesos que mamojama; tanto que hemos pasado de las palomitas en el cine – carísimas, por cierto -, hemos cambiado la copa de cerveza por la caña, el ribera por el vino peleón, comer con copas mejor que una botella, abandonamos el postre con la disculpa del ”no como dulces”, la casquería vuelve a recobrar la vida que se llevaron las “vacas locas”, hemos perdido el miedo al colesterol de los huevos, nos “encantan” de repente los congelados… No es que hayan cambiado nuestros hábitos por evolución lógica de la sociedad. No, es puro miedo. Y es que ese miedo se agarra, sobre todo, al bolsillo. O nos animan de verdad o vamos a seguir acojonados. Y lo sentimos por el del bar, la discoteca, el vendedor de coches, ordenadores, pisos, zapatos, el restaurante…