POR MÓNICA ORDÓÑEZ
Esta semana me he tomado la molestia de leer y buscar todas las noticias que hemos recibido durante el último año de The Baby Shambles, y no he encontrado muchas. “Pero, ¿qué barbaridad es esa?” - estaréis pensando-, “¡si continuamente nos bombardean con sus aventuras!” Permitidme entonces que matice, que The Baby Shambles, no son sólo Pete Doherty. ¿Alguien puede decirme quién es la pareja de Adam Ficek?, ¿a qué dedica el tiempo libre Drew McConnell?, o más fácil aún, ¿qué instrumento toca cada uno en el grupo?
Como comentaba, mi búsqueda en distintas bases de “Baby Shambles” (escrito tanto junto como separado), no dio demasiados frutos. En cambio -qué torpe fui-, si hubiera empezado escribiendo “Pete Doherty”, la avalancha habría sido inmediata.
El modelo a seguir según algunos jóvenes -lo confirmaría, seguramente, Amy Winehouse-, ha sido más famoso por sus escarceos con las drogas, o con ésta o aquella modelo, que por sus canciones -es él quien firma su último disco, el mérito no se lo vamos a quitar-. ¿No os parece un poco triste?
Nos persiguen sus ojeras, su tez amarillenta, sus heridas en los brazos, y en definitiva, su aspecto cadavérico, a todas horas. El cantante ex-convicto ha protagonizado innumerables peleas y ha sido visto en condiciones verdaderamente lamentables por culpa de las drogas. Y aún así -o en gran parte por estas hazañas-, ocupa todas las portadas, agota las entradas de los conciertos, y crea expectación a cada paso que da. Está claro que los chicos malos triunfan. Pero, ¿por qué? ¿Acaso sus seguidores ven en él el tipo de persona que en realidad les gustaría ser? ¿Le envidian por haber sido el novio de Kate Moss?
Bromas aparte, anoche en el concierto de La Riviera me encontré con jóvenes que iban a verle sólo por morbo, por comprobar si cantaba drogado, o por el simple hecho de saber si aparecía o nos dejaba con la entrada en la mano una vez más. Pero lo que es cierto, es que la mayoría restaba importancia al asunto mediático y parecía valorar verdaderamente la música del grupo: acertadas melodías y letras de un pop británico con sabor a punk, que desde su segundo y último disco, se ha metido a buena parte de la crítica en el bolsillo. “¡Ya era hora! -habrá pensado Pete-, de momento no tendré que volver a quejarme de que se me valore más por mis travesuras que por mi música”.
¿Cambiará finalmente y se convertirá en un buen zagal -como a veces parece intentar- o seguirá utilizando el escándalo como instrumento para conseguir más popularidad? De momento, parece que no piensa renunciar a ser el centro de atención a través de una pose bastante irresponsable, a juzgar por las declaraciones que hizo a la revista alemana FHM: “ser yonqui te da un aire barriobajero que vuelve locas a las mujeres”. Ahí queda eso.