30 mar 2012
Las críticas de ‘La Script’. Historias de familias que se pelean (con sangre o sin ella)

‘Rec 3, Génesis’. Sainete y sangre, acierto total / María Guerra
Dice el director Paco Plaza que en el ADN de la saga REC están el desafío y el desconcierto. Misión cumplida, que diría Bush. El mayor placer de esta tercera entrega es encontrarse con una comedia de terror sociológico español: soltar a una manada de zombis en una boda ‘Typical Spanish’ actual (finca engalanada, invitados embutidos en chaqués y tafetanes, animadores y demás parroquia) es un acierto total que, además, no se queda en un buen golpe de efecto inicial sino que sirve de tobogán de entrada a un tronchante sainete sangriento.
Paco Plaza -que dirige en solitario sin contar con el otro padre de REC, Jaume Balagueró- acierta en el tono y en el desarrollo. Inicialmente deja la cámara en manos de los invitados del bodorrio, creando casi un documental mareante y festivo, que evoluciona con brío hacía la carnicería zombi sin pisar baches.
Leticia Dolera aprovecha su apariencia angelical para darle un volantazo y bordar el personaje de novia con motosierra dispuesta a rebanarle el cuello a los muertos que le han ensangrentado la fiesta. Mejor no saber más detalles de personajes secundarios ni de las canciones elegidas para una banda sonora castiza y épica, que consiguen convertir los 77 minutos de película en una carcajada continua.
‘Ira de Titanes’. Una secuela más acartonada todavía / María Guerra
Dos años después de la chapuza de ‘Furia de Titanes’, que fue reconvertida a 3D tras haber sido rodada en dos dimensiones, llega ahora una secuela más acartonada y grandilocuente, si cabe, que la primera parte. El protagonista de ‘Avatar’, Sam Worthington, vuelve a calzarse el traje del semidios Perseo, hijo mortal de Zeus (Liam Neeson), y se lanza a una frenética pelea con miles espectros digitales a los que vence y sermonea sin piedad.
El rocoso e inexpresivo Worthington aporta poca emoción al supuesto drama de este guerrero pacifista que solo zurra en defensa propia. Se trata de un producto bélico resultón para chavalería poco exigente. El 3D es lógicamente mejor que el remiendo de la primera, pero desde luego ha habido recorte en la paga del guionista: los diálogos son de una pomposidad insoportable y la trama es ridícula. Una vez más, actores de prestigio como Liam Nelson, Ralph Fiennes y Edgar Ramírez (‘Carlos’, 2010) participan en un bochornoso producto comercial, que en este caso, más que una película, parece una estancia de dos horas en un parque temático de la Grecia Clásica de cartón piedra.
‘Lorax. En busca de la trúfula perdida’. Una historia colorida… pero intrincada / David Martos
De vez en cuando, Hollywood envía a Europa una expedición -en forma de película- con personajes infantiles muy populares en Estados Unidos… pero que a esta orilla del Atlántico no nos dicen mucho. Es el caso del Lorax, una especie de gato naranja, defensor de la naturaleza, que nació allá por los años setenta. Fue ideado por el Dr. Seuss -también responsable del Grinch, el ladrón de la Navidad-, y protagonizó uno de los libros infantiles de este autor, que casi siempre incluía un mensaje social entre sus criaturas de fábula. Ahora, los directores Chris Renaud y Kyle Balda han ampliado el universo de aquel libro, lo han llenado de nuevos personajes y han construido una película de animación con ese mismo mensaje verde del Dr. Seuss. Además, han embarcado en el proyecto al veterano actor Danny De Vito y a un joven ídolo de masas, Zac Efron, para dar voz al Lorax y a Ted, el protagonista adolescente de la historia.
‘Lorax. En busca de la trúfula perdida’ comienza en Thneedville, una ciudad completamente plastificada, en la que incluso los árboles son de plástico, y cuyos habitantes tienen que comprar el aire puro embotellado para poder disfrutar de él. Cegado por el amor hacia una chica, Ted emprende un tortuoso viaje para encontrar un árbol de verdad. Guiado por su abuela normal -la voz en la versión original es de la ‘golden girl’ Betty White-, corre en busca de ‘El Una Vez’, el responsable original de que la naturaleza haya quedado arrasada. Él le cuenta la historia de cómo la ambición lo llevó a talar millones de árboles… a pesar de los consejos del Lorax. La película comienza con mucho ritmo, con canciones pegadizas y personajes interesantes; sin embargo, se va perdiendo en capas superpuestas de narración, con personajes innecesarios, y solo recupera el pulso muy al final. De colores muy llamativos, los niños la disfrutarán en Semana Santa.
‘Tres veces veinte años’. La geriatría, nuevo filón cómico / María Guerra
En un panorama cinematográfico y social que cae rendido ante el irresistible brillo de la juventud, la vejez se ha convertido en la nueva causa a reivindicar, sí, pero con un tufillo paternalista y blando. La semana pasada fue ‘El Exótico Hotel Marigold’, una expedición de jubilados británicos a la India, y ahora Julie Gavras estrena ‘Tres veces veinte años’ (aberrante traducción del título original ‘Late Bloomers’, que significa ‘retoños tardíos’) con la misma vocación de provocar sonrisas ñoñas y dejar en el aire la sensación de que vejez y felicidad son posibles.
Le faltan aristas a esta comedia de la hija de Costa Gavras, que se queda en la espuma, en la superficie de la angustia que siente el matrimonio burgués formado por Isabella Rossellini y William Hurt. Una profesora retirada y un arquitecto de prestigio que se enfrentan a los 60 años con diferentes enfoques; ella, lanzándose al activismo senior y él, con hiperactividad profesional.
A pesar de que los actores defienden con solvencia sus personajes, la película destila un ambiente pijo y aniñado que reblandece sus intenciones. Tampoco le ayuda el enorme repertorio de personajes tópicos que rodean a la pareja en conflicto: los hijos adultos que conspiran para evitar la ruptura de sus padres, los amigos rijosos y los sensatos, el grupo de abueletes marchosos… En fin, todo parece indicar que el mercado ha detectado en los mayores una clientela digna de tener en cuenta.
‘Cumbres borrascosas’. Todo negro, demasiado negro / David Martos
Emily Brontë y su historia de amor universal regresan a la gran pantalla. ‘Cumbres borrascosas’, que pasó por la última Mostra de Venecia -allí cosechó el premio a la mejor dirección de fotografía-, ha sido llevada al cine en muchas otras ocasiones. Ahí están la película de William Wyler, en 1939, la de Jacques Rivette, en 1985, o la de Peter Kosminsky en 1992, por poner solo algunos ejemplos. ¿Qué aportan las ‘Cumbres borrascosas’ de Andrea Arnold en 2011? Sobre todo, oscuridad. La pasión arrebatada entre la joven Catherine Earnshaw y el gitano Heathcliff -que en este caso no es gitano sino negro- se desarrolla en medio de una negrura, en los escenarios y en el guión, de la que resulta difícil desprenderse una vez terminada la película. Es una atmósfera seca y lúgubre que ya hemos visto durante los últimos meses en producciones ambientadas en Inglaterra, como la ‘Jane Eyre’ de Cary Fukunaga, o ‘The deep blue sea’, de Terence Davies.
Y sin embargo, esa adaptación reciente de ‘Jane Eyre’ -a partir de la novela de Charlotte, la hermana de Emily- supera ampliamente a ‘Cumbres borrascosas’, porque aunque ambas películas comparten la oscuridad ambiental… ‘Jane Eyre’ se presenta ante el espectador como una cinta más comprensible, menos opaca. Quizá porque los actores protagonistas -Mia Wasikowska y Michael Fassbender- nos resultaban más conocidos que los del cásting de Arnold. ‘Cumbres borrascosas’ se estrena con muy pocas copias, solo en versión original. Hay que estar muy atentos al actor Solomon Glave, que interpreta al joven Heathcliff, y a la carrera de una directora que parecía haber marcado un estilo con ‘Fish tank’… pero que en esta ocasión se ha pasado con la negrura.









