Por María Guerra

Nadie discute la maestría de J.A. Bayona a la hora de narrar visualmente y dirigir actores. Los treinta primeros minutos de Lo Imposible son sencillamente magistrales. El director sumerge al espectador en un perfecto tsunami. No solo hay un impresionante dominio técnico, sino además se añade una brutal inmersión dramática de Naomi Watts y el niño Tom Holland en la ola gigantesca y su vía crucis posterior.
De tal manera, que la angustia por el desastre natural deja sin respiración, y también sorprende que, con solo 30 millones de euros de presupuesto, el director de El orfanato haya conseguido una puesta en escena tan espectacular. Bayona es un superdotado de la forma y la dirección de actores, un artesano lleno de talento, que ha llevado esta trágica historia de supervivencia al territorio del dramón lacrimógeno.
Lo Imposible desemboca en un espectáculo de sadismo emocional. El director acerca, remarca y subraya hasta la náusea el drama de la familia compuesta por Naomi Watts, Ewan Mc Gregor y sus tres hijos. Música, heridas desgarradas, abrazos y lágrimas a todo trapo han provocado desmayos en las salas y ojalá que revienten la taquilla del maltrecho cine español. Bayona se revela como un cineasta tan brillante en lo visual como desmesurado en el tono sentimental. Falta sobriedad.
En 1984, Tim Burton fue despedido por desperdiciar los recursos de la compañía Disney en un cortometraje tan perturbador como Frankenweenie. Aquella película, en blanco y negro y de acción real, en la que un niño revivía a su perro atropellado repugnó a los ejecutivos de la misma compañía que ahora estrena su nueva versión.
A sus 54 años y en su décimo sexto largometraje, el terco Tim Burton vuelve a sus comienzos y se reafirma en todo aquello en lo que creyó cuando era un joven artista 26 años. Rodada con el primitivo sistema de stop motion, y poblada por un mundo infantil de pequeños monstruitos que rinden homenaje al terror clásico (el cheposo niño Edgar E. Gore, la lánguida Elsa Van Helsing, y por supuesto, su protagonista el científico en ciernes Victor Frankestein), Burton lanza además un alarido contra el borreguismo de las idílicas urbanizaciones americanas.
Irreverente, reprochona y siniestra sin concesiones, Frankenweenie es una delicia inspiradora en estos tiempos de miedo y disimulo. Un placer necesario y revolucionario.
Dos fallos se producen en Cosmopolis, esperado thriller dramático de David Cronenberg. El primero, su protagonista, Robert Pattinson. El actor, ídolo de las adolescentes por la saga de vampiros más famosa del cine, no logra inyectar carisma ese joven multimillonario que recorre Manhattan en su limusina blindada conectado en todo momento a las fluctuaciones de los mercados.
El segundo fallo es la adaptación en sí misma. Cronenberg presume de haber adaptado la novela de Don DeLillo en una semana, sin embargo, el resultado no es como para estar orgulloso. La novela es vibrante, intensa y hasta hipnótica al relatar un día de abril del año 200o donde parece que la era del capitalismo está llegando a su fin.
El tema podría habeer tenido fuerza tal y como están las cosas, pero que el director de Promesas del Este ha desaprovechado al realizar una película árida y densa que prefiere centrarse en los encuentros sexuales de Pattinson que en esa apocalipsis del mundo de las finanzas que con tan buen tino narró el escritor neoyorquino.
La trama de Baypass se sustenta en una mentira piadosa que se alarga demasiado. Es la excusa que empieza el enredo entre el protagonista, su novia, su nueva novia y el resto de sus amigos. Las situaciones cómicas pasan a ser situaciones incómodas, con un ligero toque de humor negro, no en vano una de las protagonistas está a punto de morir. El guión se alarga excesivamente y los directores Aitor Mazo y Patxo Tellería dan demasiadas vueltas al argumento.
Acierta el reparto, aunque Gorka Otxoa vuelva a hacer de vasco bonachón. Junto a él, la actriz Bárbara Goenaga, el propio Aitor Mazo y Unax Ugalde con un cameo veloz. La cinta se rodó en euskera aunque se estrenará doblada en la mayoría de salas.
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