Por María Guerra
Woody Allen continúa practicando el turismo cinematográfico anual. Este año toca Roma, y el viaje tiene un cierto aroma de fatiga. El maestro de la comedia, el americano especialista en reírse de sí mismo y sus compatriotas ha tocado la misma tecla de sus viejas historias europeas. Y se nota.
A Roma con amor arranca con la narración de un guardia de la circulación que presenta las mil historias que se cruzan cada día ante el atasco del Coliseo. Allen opta por varias y las desaprovecha miserablemente. Alec Baldwin es un arquitecto maduro que se convierte en la voz de la conciencia de Jesse Eisenberg, que identificándose con sus errores juveniles intenta evitar que los repita. Penélope Cruz es una prostituta exuberante y vulgar que se cruza por error en la vida de una modosa pareja. El propio Woody Allen es un especialista en ópera que descubre las dotes de tenor de su consuegro italiano, propietario de unas pompas fúnebres. Y por último, Roberto Benigni es un oficinista que de la noche a la mañana, sin entender por qué se convierte en una celebridad, al que persigue la prensa sin piedad.
Chispazos cómicos y gags brillantes. Actores solventes con personajes poco desarrollados. A Roma con amor es un nuevo reencuentro con el universo Allen, pero que en esta ocasión está muy poco trabajado. El maestro se repite y no se ha esforzado.
Balazos y verborrea política: “América no es un país, es un negocio”. Este es uno de los diálogos de Mátalos suavemente, una historia de asesinos y timbas de póker, ambientada en las elecciones del 2008, en plena crisis de la hipotecas basura y con Obama recién llegado a la Casa Blanca. La estética de la película es ultraviolenta y Pitt interpreta a un sicario impasible que acribilla sus victimas hasta dejarlas como un colador, pero con suavidad, sin aspavientos.
Mátalos suavemente está libremente basada en la novela Cogan´s Trade que publicó hace 40 años el escritor George V. Higgins, pero el director australiano Andrew Dominik – que ya dirigió a Brad Pitt en El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (2007)- ha querido ambientarla en el final de una campaña electoral americana, y de paso reflexionar sobre la sociedad: “Siempre he pensado que las películas de crímenes en realidad hablan del capitalismo. Es un género que se basa en que la motivación de todos los personajes es ganar dinero”, afirmaba Dominik cuando la presentó en el pasado festival de Cannes.
Pretenciosa en su planteamiento, la película no pasa de ser una correcta historia de matones en la selva del crimen, que no aporta novedades ni en lo estético ni en lo narrativo. El discurso político no se desarrolla, sino que queda desdibujado y diluido en la ensalada de tiros. El reparto es impecable: Brad Pitt, James Gandolfini y Ray Liotta descerrajan tiros e ironías a bocajarro. El resultado tiene un brillo fugaz, sin profundidad.
Denis Gensel tuvo un sorprendente debut con ‘La ola’, una película que tocaba un tema tabú en la Alemania contemporánea: el nazismo. Una película cargada de realismo y dureza que le encumbró, pero muy distinto es su nuevo trabajo, Somos la noche, una cinta sobre un trío de mujeres vampiresas que se dedican a vivir la vida y a morder a diestro y siniestro.
Los personajes son poco creíbles y los tópicos del género están por todas partes: vampiresas buenorras -salidas de Sexo en Nueva York-, besando a otras vampireses buenorras, sangre, colmillos falsos e incluso una escena a lo Blade de un montón de vampiros bailando y drogándose en una discoteca. La historia ya está vista, ahí está Crepúsculo. Y es que el propio Gensel reconoce que sufrió un duro golpe cuando se estrenó la famosa saga. En su favor diremos que se estrena con tres años de retraso y que en ganó el premio especial del jurado en el Festival de Sitges.
Después de ver ‘La ola’, es lógico esperar alguna lectura política, pero no lo hay, es una película de género con la originalidad de que las sexis vampiresas hablan alemán.
Las abuelas de la Plaza de Mayo son todo un símbolo en la lucha de los Derechos Humanos. Conocemos su sufrimiento, desapariciones forzosas de sus hijos, nietos y maridos, y han enseñado al mundo que su lucha ha tenido sentido, en la actualidad se siguen celebrando juicios por esos asesinatos y muchas familias recuperaron a sus hijos robados.
En Verdades verdaderas, Nicolás Gil Lavedra ha retratado la vida de Estela Carlotto, desde que era una simple ama de casa hasta convertirse en la presidenta de dicha asociación. Más que una crónica de la cruel dictadura de Videla, esta ópera prima se centra en la búsqueda de esos bebés robados. La historia es trágica per se, pero su director se aleja de escenas crueles para realzar la figura de su protagonista. Se echa en falta más política y produce envidia que en Argentina sí sea posible resolver casos de ese tipo.
El protagonista de ‘Sin Frenos’ es Joseph Gordon-Levitt, un actor que este mes va a estar hasta en la sopa porque, además de ser el héroe de este thriller bicicletero, en dos semanas estrena ‘Looper’, con Bruce Willis y Emily Blunt. Gordon-Levitt es un mensajero que se tira pedaleando y pedaleando toda la película encima de una vieja bici que no tiene ni marchas ni frenos. Pero es también un estudiante de Derecho que ha dejado la facultad porque se le “suben los huevos a la garganta” viendo a gente de su edad en traje y corbata y se dedica a entregar paquetes y a esquivar a los miles de coches que circulan por las abarrotadas calles de Nueva York. Una mezcla entre Peter Pan y Forrest Gump, pero sobre ruedas. Su vida es muy tranquila hasta que le llega un paquete sospechoso. Aquí es cuando entra en acción Michael Shann, un poli corrupto, que resulta bastante cómico pero poco creíble, aficionado a las timbas ilegales.
Aunque el argumento de la persecución está bastante trillado y el final es bastante predecible, ‘Sin Frenos’ tiene algunos puntos cómicos que la pueden llegar a hacer apetecible. Quizá sea porque quien firma el guión y dirige la cinta es David Koepp, guionista de taquilleras cintas como ‘Parque Jurásico’, ‘Misión Imposible’ y ‘Spider-man’. Lo que convence menos es el trasfondo sobre la inmigración ilegal y el conflicto entre China y el Tíbet que salpica la historia.
Viendo la película resulta imposible quitarse de la cabeza ‘Pacific Blue’, esa mítica serie de los 90 en las que los polis de Santa Mónica restablecían el orden en el paseo marítimo subidos en una bici.
La historia del padre que libera a su hija secuestrada ya está contada. En el año 2008, Liam Neeson, en el papel de un supergante retirado, consiguió librar a su hija de las garras de una banda de albanokosovares dedicados a la trata de blancas. Neeson no sacó ni mucho menos sobresaliente pero entretuvo. Por eso, en pocas semanas veremos la segunda entrega de ‘Venganza’. Ahora le toca el turno a Nicolas Cage y a su escueto catálogo de caras. La diferencia entre estas dos historias es que Cage no es un superagente respetado sino un superladrón que ha pasado unos cuantos años en la cárcel y que el secuestro tiene lugar en Nueva Orleans en medio de la celebración de su famoso carnaval y no en París, como ocurre en la cinta del francés Pierre Morel .
El director de ‘Contrarreloj’ es Simon West, el mismo que ha dirigido a Stallone y compañía en ‘Los Mercenarios 2′ y a Angelina Jolie en ‘Tom Raider’. Dice Nicolas Cage que es uno de los mejores directores con los que ha trabajado y que le “diría que sí prácticamente a todo”. Trabajaron juntos en el año 1997 en el thriller ‘Con Air’, en el que unos peligrosos convictos la montan en pleno vuelo.
El principal problema de ‘Contrarreloj’, aparte de que el argumento está muy manido, son los personajes tan estereotipados: el malo, que en realidad es un santo (Nicolas Cage), el secundario, con una cara de loco que no puede ni él (Josh Lucas) y la niña, rebelada con el padre ausente (Sami Gayle). Las interpretaciones están tan sumamanete forzadas que no transmiten. Si los actores dejasen de fruncir tanto el ceño y no se lo tomasen tan a pecho, quizá la historia convenciese algo más.
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