Por María Guerra
22 años después del Desafío Total de Paul Verhoeven con Arnold Schwarzenegger y Sharon Stone, se estrena ahora una nueva versión inspirada en el relato de Philip K. Dick, Podemos recordarlo todo por usted. Con un ruido ensordecedor, el ritmo frenético de un videojuego y una estética lluviosa y grisácea – al estilo Blade Runner-, esta nueva revisión de la historia del agente secreto al que le borran su pasado no tiene absolutamente nada de original. Ese es su mayor lastre. Que se trata de un pastiche hecho a base de infinidad de copias.
El irlandés Colin Farrell es mil veces mejor actor que el mazas austriaco, pero su personaje carece de fondo. Farrell se limita a lucir músculos y a huir de los malos con cara de perro apaleado. Ausencia total de tensión sexual con Jessica Biel, y la villana, Kate Beckinsale, tampoco encuentra su registro de mujer de mil caras, capaz de pasar de tierna esposa a mortal enemiga.
Mientras me aburría con tanta solemnidad dirigida por Len Wiseman – director de las dos primeras entregas de Underworld y marido de Beckinsale -, no dejaba de acordarme con regocijo de los disparates de la versión de 1990: la delirante cara de Schwarzenegger, el cardado y los patadones de Sharon Stone y un Marte plastificado lleno de mutantes asquerosos, pero simpáticos. Nada nuevo por aquí.
El director francés Thierry Binisti aborda el conflicto palestino-isrealí desde la mirada de dos adolescentes de ambos bandos. Ella es una chica francesa de 17 años que acaba de llegar a Israel con su familia. Él es un chaval palestino atrapado en la frustración y los muros de Gaza. A través de una carta en un botella que ella lanza al mar de Gaza dando su email, los dos se ponen en contacto y tienden un frágil puente entre sus dos mundos en guerra.
Una botella en el mar de Gaza discurre entre el realismo y la ingenuidad. Su gran logro es transmitir la rabia y perplejidad de los dos adolescentes, que por un lado se sienten vinculados a su país y su religión, pero por otro, rechazan la maraña de doctrinas que imponen la política y los medios de comunicación.
Basada en la experiencia real de la novelista y periodista franco-israelí, Valérie Zenatti, la película desprende auténtica pureza adolescente, sin embargo, ese testimonio tan sincero se queda más cerca del docudrama que de una obra de arte memorable.
Los franceses tienen una extraña obsesión por las discusiones en torno a una cena. Los vimos en ‘La casa de los idiotas‘, aunque en ella nos dieron toda una crítica social. El año pasado hubo otra comedia con parecida estructura como ‘Pequeñas mentiras sin importancia’. Donde un grupo de cuarentones sacan todos sus trapos sucios en el trascurso de una larga cena donde no falta un buen vino francés.
Eso pasa en El nombre, donde cinco invitados discuten sobre el nombre que una de las parejas pondrá a su bebé. Mucho más divertida que profunda -aunque sí vemos coletazos de crítica a la hipocresía y a los prejuicios-, la comedia es una adpatación de una obra de teatro que alcanzó un gran éxito en Francia.
Patrick Bruel, Valérie Benguigui, Charles Berling, Guillaume de Tonquedec, Judith El Zein y François Fabian, son los seis protagonistas de esta película que apararecen encerrados en una bonito apartamento parisino, al estilo de Un dios salvaje, de Polanski, pero sin tanto dramatismo. Un elenco muy teatral: levantan la voz, gesticulan lo inimaginable, pero consiguen mantener el hilo de esta comedia que desmonta y rechaza las convenciones. Alexandre de La Patellière y Mathieu Delaporte, son los directores y los creadores de esta obra teatral que ha conseguido llegar a la gran pantalla. No es original, pero divierte.
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