Por María Guerra
El coreano Kim Ki-Duk ha recibido el León de Oro entre insultos de una parte de la crítica que le considera que un trastornado por su película Piedad. Es posible que así sea. Pero el valor de su película Piedad – una historia de extrema violencia y ternura sobre un matón a sueldo que mutila a morosos y cuya vida cambia cuando aparece una mujer que dice ser su madre- consiste en saber llevar al espectador por la senda de las emociones, un desfiladero donde conviven el desgarro violento y el amor.
La gran favorita del festival, The Master, consigue los premios que se merecía: la copa Volpi compartida para los actores Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman por sus irreprochables interpretaciones del gurú de la secta de la Cienciología (Hoffman) y un seguidor borracho y perturbado tan patético como su líder (Phoenix). Paul Thomas Anderson consigue el galardón de mejor director con justicia, pues, The Master es un portento de fuerza visual y tiene momentos de una emotividad sobrecogedora. Sin embargo, pierde fuelle en la segunda parte de la película. El motor narrativo se gripa y los personajes quedan perdidos. Le falta la coherencia que Piedad consigue.
Me resulta inexplicable el Gran Premio del Jurado para Paraíso: Fe del austriaco Ulrich Seidl, una primitiva crítica del catolicismo . El francés Olivier Assayas consigue con justicia el premio a mejor guión por Después de Mayo, y la jovencísima actriz israelí, Hadas Yaron, se lleva una copa Volpi que le queda grande por la película ultraortodoxa Fill the Void.
En resumen, concluye una Mostra irregular, en la que directores consagrados como Terrence Malick, que no solo se va con las manos vacías, sino con una considerable ración de abucheos.
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