Por María Guerra
Con un hilo de voz y hablando con tal fragilidad que parecía que se iba a desmayar, Winona Ryder aseguró ayer ante una abarrotada rueda de prensa, que a estas alturas- sus 40 años – tiene “una buena vida y una película tiene que ser muy buena para dedicarle tiempo”. Ryder interpreta a la esposa abnegada de Michael Shannon en The Iceman, el brutal retrato de un asesino a sueldo que murió en la cárcel en 2006 tras haber matado a más de 100 personas.
La película del director israelí Ariel Vromen es la gélida visión de un hombre que lleva dos vidas paralelas, la de ejecutor y tierno padre de familia. Ray Liotta y James Franco completan un reparto que encajaría perfectamente en una de gansters de Martin Scorsese, pero sin conseguir una película con personalidad y voz propia. Vromen, además abusa del rocoso rostro de Shannon, que empieza a repetirse en sus papeles de perturbado. En cambio, Winona Ryder ha hecho bien en dejar su poltrona porque llena de matices el turbio personaje de la mujer del asesino: dócil, negadora y asustada.
Flojera en la sección oficial
The Iceman no opta al León de Oro, y por el momento la sección oficial pinta algo desértica. De las 18 películas a concurso, Francia acapara entre directores y coproducciones, siete filmes. Ayer Xavier Giannoli presentó Superstar, enésima vuelta de tuerca al manido tema de la glorificación de la fama en la televisión e Internet. En tono de comedia amarga, Giannoli cuenta la historia de un pobre hombre (Kad Merad) al que, sin saber por qué, una mañana le asaltan las multitudes para hacerle fotos por una fama planetaria que él mismo no se explica. Se trata de un torrente de tópicos y un análisis tan superficial como lo que crítica, sin aportar nada. Prepárense para ver comedias de este tipo: Woody Allen y Matteo Garrone lo hacen en sus siguientes largometrajes, A Roma con Amor y Realidad, pero con mucha más acidez, inteligencia e ironía.
Hasta el momento la película más personal es la rusa Betrayal (Traición) de Kirill Serebrennikov que se lanza a contar la historia de dos matrimonios que se cruzan por la infidelidad. La tragedia, el humor y el peso del destino muestran los avatares de los cónyuges despechados. La textura de la luz, la cámara opresiva envolviendo a los amantes y el vacío de los escenarios la convierten en una película pesadilla, llena de loco magnetismo pero que se pierde a ratos en su ambición. El miniaturismo llega a desquiciar. Si lo busca, lo ha conseguido.
PD: Arriba, la parte central del festival, las estrellas y los focos. Aquí, los cámaras y los plumillas en la masiva rueda de prensa de Winona Ryder. Qué poco glamour!
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