Steven Spielberg tiene algo de amable profesor, de esos que encandilan a los alumnos y les muestran el mundo a su manera. Al margen de sus películas de entretenimiento puro y duro, Spielberg tiene una amplia filmografía histórica: la esclavitud (‘Amistad’, 1997), la opresión de las mujeres afroamericanas (‘El Color Púrpura’, 1985), el Holocausto (‘La Lista de Schindler’, 1993), la Segunda Guerra Mundial (‘Salvar al Soldado Ryan’, 1998) y las acciones del servicio secreto israelí (‘Munich’, 2005). En todas ellas toma partido, y sin duda, las mejores son las más descarnadas -’La Lista de Schindler’ y ‘Salvar al Soldado Ryan’- precisamente porque enfocan al corazón de la tragedia sin afán paternalista y sin taparle los ojos a los espectadores.
‘Caballo de batalla’ es una bella impostura. Una mirada distante y censurada hacia una guerra con lágrimas pero sin sangre, y que protagoniza un caballo por el que sentimos una ternura infinita. Spielberg nos presenta la Primera Guerra Mundial como una contienda que da pena, pero no rabia.
Se trata de otra película de un director que, a veces, decide tratar a su público como menor de edad y llevarlo por el camino de las emociones blandas, la lágrima fácil. De hecho, él mismo ha reconocido que esta película está dirigida al público familiar y que ha querido apartarse de las cruentas escenas de batalla. Y lo hace, precisamente, retratando la última guerra en la que todavía se luchaba con bayonetas y cuerpo a cuerpo.
Los defensores de Spielberg apelarán a su monumental puesta en escena. Impecable e irreprochable de principio a fin, aunque resulte de una belleza relamida. Sin embargo, los avatares de este caballo que pasa de mano en mano, entre patadas y cañonazos, durante los años de la Primera Guerra Mundial son previsibles y cansinos desde el principio. En efecto, es una película de simplificación. Para quienes quieran llorar por un caballo un rato y olvidarlo a continuación.

A sus 57 años, Denzel Washington es consciente de que le queda poco tiempo de galán protagonista y la semana pasada, en su visita a Madrid, confesaba abiertamente: “Ahora busco variedad. Sé que cada vez me ofrecerán menos papeles, así que intento hacer trabajos de calidad y de los que me pueda sentir orgulloso”. En ‘El Invitado’, Washington es productor y protagonista. Se ha reservado el personaje de un exespía de la CIA que vende secretos al mejor postor, y tras ser detenido, cae en un piso franco vigilado por el agente novato Ryan Reynolds. Velocidad, tiros, golpes, navajazos, peleas y más peleas. Dos horas. Sin aliento.
Dirige el sueco (de ascendencia chilena) Daniel Espinosa, que debuta en Hollywood tras el éxito internacional de su tercer film, ‘Dinero Fácil’ (2010). Espinosa rueda la acción con una naturalidad frenética y pasmosa, pero le traicionan las trampas de un guión lleno de milagros que mantienen con vida a los protagonistas.
Sin embargo, ‘El invitado’ se aleja de la irrelevancia gracias a la imponente presencia escénica de Washington, que interpreta a un personaje poco creíble, pero que él dota de una mirada taladradora, que somete y humilla al también correcto, aunque apabullado, Ryan Reynolds. También es un acierto el casting de grandes actores para personajes secundarios como Sham Shepard, Vera Farmiga y Brendan Gleeson. Son los pilares de una película de acción que funciona por la atmósfera opresiva, pero se hunde en un guión facilón.

Mariano Barroso es un director que se mueve bien en los márgenes emocionales. Sus personajes son rugosos y matizados. Ese es uno de sus puntos fuertes que demostró, sobre todo, en sus primeras películas: ‘Mi hermano del alma’ (1994), ‘Éxtasis’ (1996) y ‘Los lobos de Washington’ (1999).
‘Lo mejor de Eva’ propone un viaje a la infelicidad de una jueza magistralmente interpretada por Leonor Watling. Su fortaleza basada en el dogmatismo y el autocontrol se resquebraja cuando aparece en su vida un gigoló al que da vida Miguel Ángel Silvestre, un actor con un atractivo sexual tan potente que le perjudica en este papel, que hubiera necesitado menos contundencia erótica. Era muy arriesgado plantear una relación sutil entre una jueza y un gigoló sin caerse al abismo.
Pese a un cierto descalabro, ‘Lo mejor de Eva’ consigue momentos de gran pureza gracias al talento y la contención de Watling que pisa con delicadeza el quebranto de su personaje, lleno de misterios e insinuaciones no desveladas.

Es un hecho. Debemos admitir que vivimos en la ‘Generación Mac’, y que se hacen películas que hablan de hombres y mujeres que superan la treintena y que no saben qué hacer con sus vidas. No queremos decir que el fallecido Steve Jobs sea el responsable directo del despiste monumental de todos los treintañeros, pero nos sirve como símbolo de una época que -dadas las turbulencias- se refugia en lo estético y en lo funcional… y huye de lo esencial. Ya hemos dicho en este blog que las últimas películas de Sarah Polley -’Take this waltz’- y de Miranda July -’El futuro’- nos parecen claros ejemplos de la ‘Generación Mac’, con protagonistas bloqueados, jóvenes por quienes pasa la vida sin dejar ni rastro. ‘Declaración de guerra’, la película elegida por Francia para representar su cine en los Oscar, y que finalmente ha quedado fuera de la carrera, tiene algunos matices distintos.
Valérie Donzelli dirige y protagoniza la historia de una pareja joven que tiene un hijo, y que ve trastornada su vida cuando al pequeño le diagnostican un tumor cerebral. El coprotagonista y coguionista es el actor Jérémie Elkaïm, su pareja, y ambos decidieron basar la historia en su caso personal. Romeo y Juliette -así se llaman sus personajes- salen del paroxismo vital en el que orbitaban con la llegada de la enfermedad del pequeño Adam -siguen las referencias bíblicas-, y aquí encontramos la diferencia de ‘Declaración de guerra’ con el resto de películas de la ‘Generación Mac’. Los jóvenes protagonistas… reaccionan. Dejan su letargo y se ponen a buscar desesperadamente la curación para el niño. Podemos discutir cómo lo hacen, podemos pensar que su reacción es cursi -los actores cantan una emotiva canción en mitad de la cinta o duermen cariñosamente abrazados, con pijamas ‘trendy’, en su cama del hospital-, pero el hecho es que reaccionan.
‘Declaración de guerra’ consigue, a ratos, ser el relato conmovedor de unos padres que luchan desesperadamente por salvar a su hijo; el resto de la película confirma que el cine -curiosamente de la mano de directoras- comienza a mirar a esa generación perdida de treintañeros que mandan mails con el Mac sobre las piernas.

Terminar de ver ‘Drei’ -’tres’ en alemán- y enfrentarse con la pantalla en blanco… supone tomar una decisión muy complicada: ¿Nos tomamos la película en serio o en broma? La decisión no es accesoria, y puede cambiar completamente nuestro juicio sobre la película. Vamos a tomárnosla en serio. ‘Drei’ es la historia de una pareja adulta, pongamos que recién llegada a la cuarentena, que se ha aburrido de su rutina común. Fingen en la cama, evitan pasar más tiempo juntos que el estrictamente necesario, se consideran anodinos… pero se quieren. En esto, aparece el tercer elemento en discordia. Un hombre jovial y sonriente que trastoca la vida amorosa de ella… pero también de él. Los dos integrantes de la pareja comienzan una relación sexual -que poco a poco se va adentrando en lo afectivo- con este perfecto desconocido [después profundizaremos en lo de 'perfecto']. La película pretende explorar los límites de la pareja en pleno siglo XXI, cuando las barreras de la moral sexual están por los suelos.
Supongamos ahora que no nos hemos tomado la película en serio. Lo que hemos visto en la pantalla es la historia de una mujer -la actriz Sophie Rois- que, con el aspecto de Glenn Close y Antonia San Juan, deambula por las calles de Berlín con cara de colegiala enamorada; lo que hemos visto es la historia de un hombre -el actor Sebastian Schipper- que, escondido tras el traje bohemio de ingeniero de arte, descubre la homosexualidad en una piscina como el que descubre que ha cogido hongos en un pie; es la historia, por fin, de ese ‘hombre perfecto’ a quien todos deberíamos envidiar -Devid Striesow-, de ese soltero de oro que se acuesta con hombres y mujeres en su apartamento perfectamente decorado [en el que no hay ningún libro, porque presume de no leer]. Y es curioso este tercer personaje, porque se nos presenta como el ideal, como el símbolo de la liberación sexual… y como prueba irrefutable de la superación de la familia.
‘Drei’, de Tom Tykwer -’Corre, Lola, Corre’, ‘El perfume’, ‘The international’-, se estreno en septiembre de 2010 en el marco de la Mostra de Venecia. Juega con planos artísticos fuera de contexto, en los que muestra a los personajes, pensativos, con un fondo blanquísimo; o nos sorprende con estampas en blanco y negro, como si fueran fotografías antiguas, para redondear los sentimientos de los actores. La cinta se diluye fácilmente cuando termina, y nos deja una reflexión: ¿Cuántas películas más utilizarán ‘Space Oddity’ de David Bowie para su banda sonora?

Los niños con granos, con ese olor tan característico que despiden los adolescentes -no, madres y padres, no es dejadez por vuestra parte, son las hormonas- también se besan. Es la principal tesis de esta enésima película sobre el descubrimiento de la sexualidad y de las relaciones amorosas. En ‘The French Kissers’ -Riad Sattouf-, los jóvenes protagonistas parecen llevar inoculado el veneno del cine, porque sin una sola referencia al Séptimo Arte, parecen dramatizar cada segundo como si vivieran en una película -dentro de su propia película, ahora me explico. Todos los sentimientos y las situaciones se desbordan. Si muere el abuelo de un compañero de la clase, las lágrimas son infinitas; si dos adolescentes se masturban mirando por la ventana a su vecina de enfrente, es que ella está interpretando una verdadera película porno en su salón -con las cortinas descorridas, claro; si el joven protagonista va a su primera fiesta, allí se presenta su madre para avergonzarlo delante de sus amigos. Mucho exceso para un tema tan trillado.
1 Comentario
Harry Callahan
Después que se encendiesen las luces, al terminar de proyectarse “War Horse”, me recodé, hace muchos años, en una de esas matinales de cine de barrio que ya no se dan. Proyectaban “Como uña y carne”, una cinta de comienzos de los ochenta. En ella un chaval al que le habían robado su caballo, vivía mil y una aventuras para recuperarlo. La película era una limpia y sencilla historia de amistad entre el animal y su joven dueño. “Caballo de batalla” es también eso. Y no me refiero a la mera coincidencia en el presupuesto argumental, sino también en su pretensión. Porqué “War Horse” es, ante todo y pese a su aparatosa producción y a quién la realiza, una película de matinal de aventuras, una cinta para ver en familia, dirigida al público más joven, de intenciones sencillas y objetivos que no van más allá de mostrar lo que de bueno puede haber en el ser humano, no importa en que situación se encuentre.
Así pues creo que yerran los que se afanan por criticar a Spielberg su blandenguería en el filme. Por haber perdido la ocasión de mostrar, por ejemplo, la crudeza vil de la guerra de trincheras. Evidentemente, “War Horse” no es “Salvar al Soldado Ryan”, ni creo que su realizador lo pretendiese en ningún momento. El filme que ahora se estrena está en otro registro, persigue otra audiencia. Esa de escasa edad que me rodeaba en la sala en la que la vi, la misma que aplaudió emocionada a su conclusión. Esa que, en Estados Unidos y en buena parte del resto del mundo, tendría vetada su entrada al cine si el caballo protagonista, en la escena de las alambradas, sangrase con virulencia, como resulta obvio; o si, en la del fusilamiento, no se interpusiera elegantemente al espectador el aspa del molino en el momento del disparo. Sobre los horrores (adultos y para adultos) de la guerra, ya el responsable de “Munich” nos dejó esa obra maestra imperecedera que es “La lista de Schindler”. Al hilo de este razonamiento, entiendo además perfectamente perdonable lo que a ojos maduros resulta en ocasiones impostado, artificial o tópico en algunos personajes y en sus comportamientos, obviamente conducentes, más tarde o más temprano, a emocionar a la platea. No perdamos de vista que, al fin y a la postre, la película está basada en un relato de Michael Morpurgo que es, precisamente, una novela infantil.
Otra cosa es que, obviamente en la silla de realizador no se sienta Robert Dalva, el desconocido que dirigió “Como uña y carne”, la cinta que al comienzo citaba. El que toma las riendas, nunca mejor dicho, de este proyecto es Steven Spielberg. Nada más y nada menos. Su huella es notablemente apreciable en todo cuanto acomete, aunque se trate de proyectos de intenciones nada grandilocuentes, como es el caso. Así, en “Caballo de batalla” ha aprovechado de paso para rendir un nuevo confesado homenaje a su admirado John Ford. Títulos tan obvios como “El hombre tranquilo” vienen a la memoria del espectador cinéfilo, sobre todo en el arranque de la película, mientras la acción se desarrolla en el pueblecito inglés de Devon. Allí, la galería de personajes fordianos son palmarios. El amigo, la madre, el padre, el terrateniente… Y, en la guerra, por ejemplo, también lo son los varios sargentos que van apareciendo. Pero, además, el Ford que decía que para hacer cine había que mirar a los ojos a los actores, está aquí nuevamente presente. Como lo están constantes temáticas en el cine del autor de “La Diligencia” como son la camaradería, lo militar, el advenimiento del progreso destructor (representado aquí por las maquinas modernas de guerra) y situar relatos de marcado componente humano en grandes contextos históricos.
Puestos a criticar algo de “War Horse”, quizás le afeo a Steven Spielberg la mala mano que, en esta ocasión ha tenido con los actores niños y los jóvenes que aparecen el filme y que no están en el habitual estado de gracia en que encontramos otros tantos críos protagonistas de cintas como “E.T.”, “Inteligencia Artificial” o “La guerra de los mundos”. También le reprocho no conceder al caballo, el protagonismo casi humano que demanda y que en la novela original le lleva incluso a narrar la historia en primera persona. Además, el metraje se me antoja excesivamente extenso y la suma de todos estos peros, amen de algunos momentos narrativos algo irregulares, apean al filme de figurar en la nómina de la filmografía más selecta de su autor.
Pero poco cine contemporáneo me consigue atrapar como lo hace “War Horse” en su tramo final, desde que Joey huye entre las trincheras y todo lo que se anuda a continuación, hasta llegar al paroxismo cinematográfico que constituye la última escena. Por alcanzar esa sola secuencia, innegable homenaje a “Lo que el viento se llevó”, la más emocionante, que he vivido en años, ya se justificaría la propia existencia de este filme orgulloso de estar concebido para ser para visto y disfrutado por todos los públicos. ¿O es que García Márquez no puede escribir cuentos para niños?
12 feb 2012 06:02 pm (@@MagnumCallahan)
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