Javier del Pino

« junio 2006 | Inicio

La vida y el azar

Somos seres desnudos, vulnerables, en un mundo hostil, malvado. Unas veces la gente muere en las guerras. Otras, en atentados. A veces se muere porque el ser humano mata por lujuria, por ambición, por estupidez, por pasión. La lectura de la crueldad del universo es más impredecible. El universo mata porque toca volcán, terremoto, tsunami, y ese día, pum, a tomar por saco.

He recordado esa reflexión que me hizo Arturo Pérez Reverte porque el universo eligió el lunes para el accidente de metro en Valencia. Siempre que el azar trágico llega de improviso nos sorprende. Llevamos decenios de soberbia encima. Hemos olvidado que existe una excelente literatura sobre la relación muerte y el azar. En Estados Unidos tienes a Thorton Wilder, por ejemplo.

Buscaremos las causas del accidente del metro. Repetiremos que esto no volverá a pasar. Esta bien actuar así. Pero también deberíamos ser humildes y asumir lo que Arthur Koestler resumió en los títulos de su autobiografía: que la vida es azar, una flecha disparada en el azul, una escritura invisible. Una dolorosa oscuridad al mediodía. Como el interior del túnel del metro de Valencia.

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Justo después de leer tu carta, que es la última, salí en el coche y no podía dejar de pensar si el azar estaría de mi lado. Por si acaso, no respondía al teléfono móvil cuando sonó, y no cambié de emisora en la radio, para no darle una excusa a la mala suerte. Cuando te toca, te toca, decimos en España; cuando sale tu número, te toca, dicen los americanos. Pero es verdad que es el azar, o como lo explicaba Woody Allen, es la pelota que cae sobre la red en la pista de tenis y que el azar inclina hacia un lado o hacia el otro.

Todavía en el coche, veo en la cuneta una cruz mal construida y un ramo de flores. Me viene a la cabeza algo que leí en el New York Times. Lo busco después y lo encuentro: se publicó el 6 de febrero. Cuenta la historia de Lyn Forester, una mujer que cada día lleva flores y limpia el arcén de un carretera en el sitio exacto en el que su hija murió en un accidente de tráfico. Ella dice que allí se siente cerca de su hija, porque es el último lugar en el que estuvo viva. Quienes conducen por esa carretera se quejan, dicen que las flores son como un mal presagio. Algunos Estados quieren prohibir esos santuarios de dolor. Las familias de los muertos conviven con la muerte. Los vivos no quieren que les recuerden que están vivos sólo porque la suerte lo decide.

Uno de los grandes pensadores de este país me dijo una vez lo mucho que se arrepentía de no haber pasado más tiempo con sus hijos cuando eran pequeños. Me dijo que cuando ya era demasiado mayor había descubierto que la vida hay que disfrutarla, hay que trabajar sólo lo necesario y, sobre todo, hay que ver crecer a los hijos.

Hemos elegido una mala manera para acabar con esta sección. Que tengas suerte, José.


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