Somos
seres desnudos, vulnerables, en un mundo hostil, malvado. Unas veces la gente
muere en las guerras. Otras, en atentados. A veces se muere porque el ser
humano mata por lujuria, por ambición, por estupidez, por pasión. La lectura de
la crueldad del universo es más impredecible. El universo mata porque toca
volcán, terremoto, tsunami, y ese día,
pum, a tomar por saco.
He recordado esa reflexión que me hizo Arturo Pérez Reverte
porque el universo eligió el lunes para el accidente de metro en Valencia.
Siempre que el azar trágico llega de improviso nos sorprende. Llevamos decenios
de soberbia encima. Hemos olvidado que existe una excelente literatura sobre la
relación muerte y el azar. En Estados Unidos tienes a Thorton Wilder, por
ejemplo.
Buscaremos las causas del accidente del metro.
Repetiremos que esto no volverá a pasar. Esta bien actuar así. Pero también
deberíamos ser humildes y asumir lo que Arthur Koestler resumió en los títulos
de su autobiografía: que la vida es azar, una flecha disparada en el azul, una
escritura invisible. Una dolorosa oscuridad al mediodía. Como el interior del
túnel del metro de Valencia.
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Justo
después de leer tu carta, que es la última, salí en el coche y no podía dejar
de pensar si el azar estaría de mi lado. Por si acaso, no respondía al
teléfono móvil cuando sonó, y no cambié
de emisora en la radio, para no darle una excusa a la mala suerte. Cuando te
toca, te toca, decimos en España; cuando sale tu número, te toca, dicen los
americanos. Pero es verdad que es el azar, o como lo explicaba Woody Allen, es
la pelota que cae sobre la red en la pista de tenis y que el azar inclina hacia
un lado o hacia el otro.
Todavía
en el coche, veo en la cuneta una cruz mal construida y un ramo de flores. Me
viene a la cabeza algo que leí en el New York
Times. Lo busco después y lo encuentro: se publicó el 6 de febrero. Cuenta
la historia de Lyn Forester, una mujer que cada día lleva flores y limpia el
arcén de un carretera en el sitio exacto en el que su hija murió en un
accidente de tráfico. Ella dice que allí se siente cerca de su hija, porque es
el último lugar en el que estuvo viva. Quienes conducen por esa carretera se
quejan, dicen que las flores son como un mal presagio. Algunos Estados quieren
prohibir esos santuarios de dolor. Las familias de los muertos conviven con la
muerte. Los vivos no quieren que les recuerden que están vivos sólo porque la
suerte lo decide.
Uno de
los grandes pensadores de este país me dijo una vez lo mucho que se arrepentía
de no haber pasado más tiempo con sus hijos cuando eran pequeños. Me dijo que
cuando ya era demasiado mayor había descubierto que la vida hay que disfrutarla,
hay que trabajar sólo lo necesario y, sobre todo, hay que ver crecer a los
hijos.
Hemos
elegido una mala manera para acabar con esta sección. Que tengas
suerte, José.