Carta de José Martí:
En Viena, Javier, David Irving ha sido condenado a tres años de cárcel por negar la magnitud el holocausto. El mundo islámico denunciará el doble rasero en la libertad de expresión.
Hace una decena de años entrevisté a Irving en su casa de Londres, en el barrio de Mayfair. Irving, que matrimonió con una Stuik de los reales tapices y los toros en Las Ventas, es un autodidacta inteligente. Como historiador tiene acceso a material de primera mano. Le pierde que su ideología, antisemita, fascista y racista, se imponga al rigor del historiador.
Le entrevisté porque prologaba un opúsculo escrito por un norteamericano en el que se afirma que los crematorios de Auschwitz fueron un camelo. Como si los testimonios del horror fuesen invenciones delirantes.
Si te envío esta carta es porque quizá puedas aportarnos datos sobre el autor del opúsculo, Fred Leuchter, propietario de una empresa de instalaciones para inyecciones letales, cámaras de gas y sillas eléctricas que vende a cárceles en las que se ejecute.
Vi el catálogo con su último modelo en silla eléctrica. Garantiza electrocutación sin problemas, decía. ¿Es de Leuchter el sistema de inyección letal que los médicos se han negado a aplicar en el penal de San Quintín? Irving y Lederer: la extraña pareja con millones de adeptos.
Pues fíjate, José, que en 1990 el New York Times, al que algunos llaman el “periódico judío” de Estados Unidos, publicó un artículo sobre el tal Fred Leuchter en el que describía a este individuo como el mayor experto del país en técnicas de ejecución de la pena de muerte; no imaginaban quienes redactaron el artículo que Leuchter acabaría convertido en líder de los que aquí llaman “negacionaistas”, que cuestionan la masacre nazi en los campos de concentración.
Se presentaba a sí mismo como experto en construcción de cámaras de gas cuando todavía se usaba ese método en algunos Estados. Inventó una máquina de aplicación de inyecciones letales que todavía se usa en varias cárceles y que garantiza una muerte teóricamente indolora; en realidad, su sistema garantizaba que el ejecutado estaría suficientemente paralizado como para no poder expresar el dolor de las sustancias que acaban con su vida y que producen, según cuentan, una sensación similar a la de ser quemado vivo.
Y así, como experto, se fue a visitar Auschwitz. Raspó las paredes de las cámaras, se trajo a Boston la arenilla, la analizó en un laboratorio y no detectó restos de gases venenosos. Concusión: el Holocausto no existió. Poco le importaba que científicos de verdad le dijeran que su análisis era una estupidez. Porque Leuchter, dicho sea de paso, no tiene título, ni carrera, ni estudios conocidos.
Hace poco, un amigo –mucho más mayor que yo- me dio un manuscrito con sus memorias para que le diera mi opinión. Yo sabía que mi amigo era judío, nacido en Polonia, con una vida intensa. Pero no sabía que pasó su infancia en Auschwitz. Y en las páginas que me dio contaba –con cierta frialdad- el terror de esos años y el recuerdo de su padre, a quien vio forzado a entrar en un edificio del campo de concentración que tenía una chimenea de la que salía humo negro con mal olor. Nunca volvió a ver a su padre. Paradojas de la vida: mi amigo es ahora uno de los jueces del Tribunal Internacional de la Haya, experto en crímenes contra la humanidad.