
En este año de crisis, las promesas electorales parecen de saldo. Que tiempos aquellos, cuando los programas de los partidos políticos que concurrían a las elecciones eran una especie de talonario de cheques-descuentos que incluían ayudas para viviendas sociales, para el alquiler, para la guardería, para el transporte público… Era la época del boom del ladrillo, cuando las arcas municipales se llenaron de plusvalías y las calles se levantaban hasta cuatro veces en un mismo año. Una vez se picaba la acera para la telefonía, otra para el gas, otra para la electricidad y otra para la fibra óptica. Y cuando parecía que, por fin, la calle volvía a ser de los ciudadanos, venía el programa de los fondos Feder para mejorar las canalizaciones y la ciudad recuperaba su imagen de queso Gruyère.
Los ayuntamientos, en esta ocasión, están tiesos, y los candidatos acuden a estas elecciones con menos ofertas que nunca. Ni hay auditorios ni teatros ni una pequeña ronda de circunvalación que echar al programa electoral. Esta vez, las propuestas que nos lanzan los alcaldables para los próximos años parecen un compendio de material sobrante de comicios anteriores. Un corte y pega de proyectos de esa ciudad de Nunca Jamás que se van acumulando en los programas electorales y que lo mismo sirve para el roto de unas municipales que para el descosido de unas autonómicas.
Yo recuerdo que en Málaga una vez nos prometieron un puente que cruzaba la bahía de un extremo a otro del litoral de la ciudad. O aquel portaviones que iban a instalar en el puerto de Marbella para montar una discoteca. E incluso, esas vacaciones gratis para las amas de casas de toda Andalucía. Aquellos eran promesas y nos la de ahora, que parece que en vez de un candidato se presenta a las elecciones municipales el cobrador del frac: todo el día hablando de austeridad y de recortes. Así no hay quien incumpla una promesa.

