Estaba hojeando ahora los periódicos, porque tenía pensado comentar el partido de Copa de esta noche en el Bernabéu, donde el  Madrid se juega frente al Valencia seguir o no en la Copa, ahora que la liga la tiene apalabrada ya el Barça.

Pero no se  me va de la cabeza la visita a El Larguero  anoche de María de Villota, que sufrió aquel accidente en Londres este verano, cuando probaba un fórmula 1 y se estrelló contra un camión que alguien había mal aparcado junto a la pista del aeródromo. Elegante, recuperada, luce un parche en el ojo derecho, porque María lleva un parche de terciopelo azul con elegancia. No ha perdido su sentido del humor ni su valentía para expresarse y explicar la impresión que le produjo ver su rostro en el espejo por vez primera después del accidente y cómo se sobrepuso gastándole una broma a su madre. No reniega de su pasado ni de su obsesión por los coches, por duro que pueda resultarle el presente. Quiso ser piloto, y lo ha sido, y sabe lo que le ha costado. Hubo momentos de la conversación en los que me sentí asombrosamente sobrecogido por la admiración a su valentía y superación. Y me dormí con ese recuerdo impresionado, y aún conservo esa impresión esta mañana. Por eso, esta mañana, no se me ha ocurrido nada que no sea sobre María de Villota. Ni siquiera sobre Mourinho  ni el partido de esta noche.

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