La del Valencia es, en estos momentos, la afición más soliviantada por las decepciones de su equipo, que les había hecho probar las mieles de la gloria durante cuatro años, cuando ganaron una Copa del Rey y dos ligas y se vieron jugando la final de la Champions. Ahora se ven en mitad de la tabla, y el Presidente, un tipo sensato, pero también timorato, en cuanto el público se ha vuelto al palco con pañuelos, ha cesado al entrenador. A un entrenador que había traído él personalmente, en una decisión unilateral. Es cierto que el equipo no tiene regularidad, y que el entrenador tampoco parece un líder capaz de sacarlo de esa situación. Pero cuando uno toma una decisión personal, y la impone a todos, es el constructor de la gloria si se produce; pero si se produce el desastre, es el dueño de la derrota, y por tanto su máximo responsable.

Manuel Llorente ha gastado su única bala demasiado pronto con el cese de su entrenador, porque a partir de ahora, todas las protestas van a ir dirigidas a él, y viendo cuál es su capacidad de aguante, dudo mucho de su longevidad como Presidente del Valencia, salvo que Valverde, que parece ser va a ser el sustituto de Pellegrino, ponga ese camión de nuevo sobre las ruedas, y lo haga rodar. Pero no va a ser fácil me temo.