Todos los jugadores del equipo de baloncesto del Real Madrid que ganaron anoche la Copa del Rey en Barcelona, eran niños la última vez que el Madrid ganó una Copa del Rey hace 19 años, en A Coruña contra el Joventut, y Sabonis era la estrella del Madrid.
Quizá por eso los más veteranos del club se sintieron especialmente emocionados anoche en el Palau Sant Jordi , donde el Madrid jugó, posiblemente, su mejor baloncesto de la temporada, sólo así se puede ganar a un equipo tan fuerte como el Barça con ese marcador. Me llamó la atención la facilidad asequible con la que mis compañeros podían entrevistar a los jugadores en la cancha, sin que nadie se lo impidiera a empujones. Me gustó el ambiente respetuoso de las dos aficiones en un recinto en el que estaban próximas la una de la otra y no hubo ningún incidente. En la redacción comentábamos todos estos detalles que en la NBA americana sor normales y cotidianos y sin embargo aquí es impensable en un campo de fútbol, donde los periodistas de la radio continúan en la calle esperando a que salgan los futbolistas. Posiblemente porque el fútbol está fabricando monstruitos a los que convertimos en diosecillos intocables, que cada vez se sienten más agobiados, más admirados y también más consentidos.
El Rey estará en Valencia para entregarles la Copa a quien quiera que la gane del Athletic o el Barça. Anoche no estuvo en Barcelona y nadie pareció molestarse. Los jugadores de baloncesto valoran más las atenciones, quizá porque saben lo que es no tenerlas, y quizá también porque saben cómo mejora ese deporte cuando las tiene.

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