Concurso de relatos – 75 Aniversario de la Guerra Civil

  • Bases Legales
  • Finalistas - Semana 4

    Semana 4: Finalistas

    • Roquevalen

    “Sobre el mantel”

    Mi padre le quito las botas a un muerto. Nos lo contó un día comiendo, mientras hacía un montoncito con las migas del mantel. A él ya no le hacían falta, dijo. Yo me quedé mirando cómo arrastraba las migas con los dedos.Yo sabía que había ido a una guerra y que perdió, pero esto es todo lo que le oí contar.

    • Joan Ferré Verge

    “El mulo”

    “Pom, pom, pom…”. Aquellos golpes secos y continuados salían de la pequeña casa de labranza situada entre las dos líneas de fuego. Leonardo llevaba varios días intrigado y quería averiguar quién o qué los producía. Pero no era tarea fácil ya que para entrar en la casita había que hacerlo forzosamente por la puerta que daba al bando franquista, estando al alcance de sus balas.Finalmente decidió entrar y en su interior se encontró con un mulo atado de la argolla del corral que estaba en la piel y los huesos. Una vez hubo acabado con la comida que le había dejado su dueño, la emprendió con el comedero de madera y luego con todo lo masticable que había a su alcance. Con el golpeo continuo de las patas había excavado un enorme hoyo en el suelo: “Pom, pom, pom…”.

    • Wifredo Pozas Rancaño

    El 6 de enero de 1936 los Reyes me trajeron una diminuta bicicleta .En julio de 1936 al día siguiente de la derrota de los mineros asturianos en Ponferrada mi padre, que era republicano, se trasladó con toda la familia a la aldea de San Pedro de Ollero, por temor a ser fusiladoSeis meses después mi madre y yo regresamos a Ponferrada y comprobamos que habían desaparecido todas las pertenencias de la casa, incluyendo mi bicicleta. Unos días después vi a un niño, hijo de un guardia civil, jugando con ella. Se la pedí pero no me la devolvió. Fui corriendo a ver a mi madre para que hablara con los padres del niño pero se negó, prometiéndome que me iba a comprar otra bicicleta más grande y más bonita..Mi madre nunca pudo cumplir la promesa, ni los Reyes Magos se volvieron a acordar de mí.

    • Paula Gascón

    “La caja de los peines”

    El soldado cayó herido en la plaza, ella corrió hacia la casa, se dirigió al cuarto de atrás, abrió las contraventanas y buscó unas vendas. Una bala entró por la ventana, atravesó la caja de peines y la alcanzó mortalmente.La caja era de madera, tenía varias capas de pintura gris perla, en ella se guardaban peines, horquillas y redecillas de pelo. De niña jugaba con ella. De mayor, descubrí que en un lateral había dos pequeños orificios.El paso del tiempo, su uso y los juegos de los niños fueron haciendo mella, desvencijada, en una limpieza general de verano, fue a parar a la basura.-¡Pero abuela…! Me quejé.-Ya no sirve para nada, contestó.No se volvió a hablar del tema. Pero jamás olvidaré que la bala aquella sesgó la vida de mi bisabuela.

    • Juan Ramón Rodríguez

    Dando patadas a la lata. Así pasamos con padre por delante de los milicianos que controlaban la entrada al pueblo. En casa, madre nos esperaba con el pequeño. Costó trabajo abrir la lata, pero el pollo, aunque había perdido casi todas las plumas, nos supo riquísimo.Gracias madre por contármelo.

    • Ángel Luis Rodríguez

    - Uno, dos y tres… ¡dobles!
    - ¡Has pisado, Rosita! – Exclamó Pili, que a pesar de ser su tía tenía casi la misma edad!
    -¡No es verdad, no es verdad!
    - Pues ya no juego más contigo.
    Las dos niñas dejaron de jugar a la rayuela y se giraron hacia el siniestro edificio que tenían detrás. Desde una ventana con rejas, una mano se agitaba, frenética, desesperada por hacerse ver. Las dos correspondieron al saludo.
    - ¡Hola mamá! – gritó Rosita.

    • Celia Beatriz García Camarero

    “Es agradable ir con mamá”

    Veo a Mamá todos los días como cocina la comida para mi padre, luego, en tarteras, la va poniendo en una cesta de madera que tiene una tapa corredera que lleva escrito unos números muy grandes. Después de dejar recogida la casa se va a llevar a Papá el almuerzo, yo a veces la acompaño. Es agradable ir con Mamá a paso rápido por la carretera de tierra, que es la prolongación de nuestra calle que conduce al Penal de Burgos. A ambos lados viejos árboles en verano dan sombra con sus hojas, en invierno los rayos del sol atraviesan las ramas y se agradece el calorcito. Cuando llegamos a la cárcel Mamá deja su cesto de madera en una ventanilla y volvemos a casa con el mismo paso rápido. De la comida que guisa a Papá el olor a berenjenas estofadas que le hace, el olor a ajo y perejil machacado, dan un aroma profundo que dura un buen rato.

    • Ángel Fabregat Morera

    A principios de 1941. Joan Miralles, maestro durante la República y en libertad porque le avaló su hermano que era monje de la Abadía de Montserrat, se le ocurrió organizar una quema de libros subversivos para ganarse la simpatía de los vencedores y poder así, recuperar su plaza de maestro. Pero, en realidad lo que hizo fue poner las tapas de los ejemplares que iba a quemar en libros afines a la dictadura. Malogradamente, una página de un cuento fascista medio quemada llegó a los pies de un guardia civil. Por la tarde, le fusilaron en un muro del cementerio. Mi padre que tenía diez años recuerda que se le quedó una sonrisa de travieso.

    • Miguel

    “Fotografías antiguas”

    Ese es tu abuelo. Mirando con atención aquellas dos fotografías, sí parecía él. En una estaba, de pie en el andén, al lado de una enorme locomotora de vapor, dando testimonio de que fue maquinista antes de la guerra. En la otra, más ajada y rota, se veía a mi abuelo al lado de una pared. Esta se la hizo en la cárcel, lo denunciaron los vecinos por rojo, me decía mi padre. Aquellas dos fotografías en blanco y negro eran muy antiguas. El abuelo hace ya muchos años que dejó de pasear su nostalgia por aquel andén y la cárcel ni siquiera existe, aunque parezca increíble la transformaron en un Centro de Arte. Un día fui a ver una exposición y me hice una fotografía.

    • Asunción Cabrera Aránguez

    “En el frente del Ebro”

    En medio del matorral y la tierra reseca, los soldados republicanos desesperaban, por una ración de agua y alimento, en aquel mes de julio de 1.938.Uno de los camiones de intendencia se había quedado sin el chofer. Había desertado, aprovechando el alboroto a la hora en que se repartía el coñac, llamado “saltaparapetos”, que empujaba a los hombres hacía delante. El teniente se sentó al volante del camión abandonado y empezó a maniobrar. No tenía licencia, pero lo había hecho en otras ocasiones, se aprendía de todo en la maldita guerra. Pero esta vez se le fue el pie y derrapó varios metros. Una mujer embarazada lo encontró en su camino, perdiendo el niño que llevaba en el vientre. No volvió a coger un vehículo en su vida y, muchos años después, su hija le preguntó si había matado a alguien en la contienda. “Disparábamos sin mirar. Protegiéndonos”. Y se nubló su mirada.

    • José Luis Sola Lahulla

    “Seminario de Teruel”

    En plena batalla de Teruel, sobre las diez de la noche de un día cualquiera, un muchacho se acercó corriendo a la trinchera que ocupaba un pelotón de militares, cuyo cabo le dio el alto. Detenido, manifestó que buscaba a José María para hacerle llegar un mensaje.-Yo soy, dijo mi padre- Procure no disparar a la ventana de Seminario contigua a la que está iluminada, respondió el chaval.-¿Y quién dice eso?- Su hermano Luis, que por su parte procurará no disparar sobre esta trinchera.Aquella noche supo mi padre donde estaba su hermano y, por supuesto, no hubo tiros en aquella zona. Hacía muchos meses que desconocían ambos hermanos sus paraderos.

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  • Ganadores del concurso

    Los ganadores del concurso

    Argimiro Gómez Sánchez

    Cuando en mi casa comíamos arroz con leche (sólo en ocasiones especiales), no sé porqué siempre me tocaba a mí el mismo plato.

    A medida que, cucharada a cucharada, iban desapareciendo el arroz y la leche, en el fondo iba apareciendo la figura de un soldado que ondeaba una bandera republicana.

    Cuando el fondo del plato estaba totalmente limpio, a veces porque yo le pasaba la lengua, mi madre siempre decía: “Algún día vamos a tener un disgusto con este plato”.

    No sé cómo llegó a mi casa, ni qué habrá sido de él, pero es mi referencia de la Guerra Civil… del miedo del que hablaba mi abuela, del silencio, del racionamiento, del hambre.

    Yo tendría 9 ó 10 años, ahora tengo 50 y aún recuerdo el rostro de aquel soldado…; y el de mi abuela…; y el de mi madre.

    Wifredo Pozas

    El 6 de enero de 1936 los Reyes me trajeron una diminuta bicicleta. En julio de 1936 al día siguiente de la derrota de los mineros asturianos en Ponferrada mi padre, que era republicano, se trasladó con toda la familia a la aldea de San Pedro de Ollero, por temor a ser fusilado 

    Seis meses después mi madre y yo regresamos a Ponferrada y comprobamos que habían desaparecido todas las pertenencias de la casa, incluyendo mi bicicleta. Unos días después vi a un niño, hijo de un guardia civil, jugando con ella. Se la pedí pero no me la devolvió.

    Fui corriendo a ver a mi madre para que hablara con los padres del niño pero se negó, prometiéndome que me iba a comprar otra bicicleta más grande y más bonita… Mi madre nunca pudo cumplir la promesa, ni los Reyes Magos se volvieron a acordar de mí.

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  • Finalistas - Semana 3

    Semana 3: Finalistas

    • Fernando

    EL HOMBRE DE LA CASA

    Cuando mi padre y mi abuelo se subieron a aquel camión lleno de banderas y carteles, con todos aquellos hombres tan contentos me gritaron: ¡Ahora tú eres el hombrecito de la casa!
    Al principio jugué a serlo. Ponía todo mi afán en ser como mi padre y era muy divertido. Mi madre se reía y la abuela hacía como que me obedecía en todo.
    Pero luego me aburrí, así que le pregunté a mi madre cuándo iban a volver papá y el abuelo. Me contestó que a partir de entonces yo debía ser el hombre de la casa.

    • Víctor González Izquierdo

    DOS DE DOS

    Aquella Orbea roja, que mi padre me regaló por mi cumpleaños decimotercero, me serviría durante el verano del 39 para llevarle a unas monjitas cada día una lechera que hacía ocho litros; seis de leche y dos de agua que aportaba mi madre después de sacar dos de leche para casa. Siempre me esperaba en un soportal discreto y siempre nos reíamos a costa del enjuague. Crecí y me hice maletilla, novillero y tomé la alternativa en las Ventas en mayo del cincuenta. Aún conservo aquella Orbea y mi madre las tres lecheras de aluminio, una de ocho litros y dos de dos.

    • Roñas

    En el calabozo, mi abuelo observó cómo se consumía la vela. A la mañana siguiente, iban a fusilarlos a él y a varios hombres más que yacían en el jergón de paja. Cuando llegó la hora, se acercó a los barrotes de la celda un capitán de las tropas franquistas.
    —¿Algo que alegar en su defensa?
    —Si… si yo soy muy devoto, iba para cura —dijo mi abuelo.
    —Ya, y por eso estás aquí con los rojos, no te jode. A ver listo, si tanto sabes ¿qué santo es pasado mañana?
    Mi abuelo que no había pisado una iglesia desde 1912 cuando le bautizaron, miró al oficial a los ojos y le replicó sin titubeos:
    —Santa Hilaria.
    Y eso le salvó la vida. Una cosa era no creer en Dios y otra olvidar el día del nacimiento de su esposa.

    • Javier Alonso Moreno

    Lorenza, mi abuela materna, acababa de tener a su septimo hijo, mi tía Gregoria. Sus pechos ya no daban leche suficiente para criarla y se veía obligada a ir al hospital a por leche a diario.Solía ir en metro.
    Un día del mes de Enero, mi abuelo le entregó 4 pesetas para que hiciera compras. Durante el viaje, un obús cayó en la estación y mi abuela perdió el dinero. Se puso a buscar el monedero entre los muertos y encontró otro con 18 pesetas. Ese mes no pasaron hambre.

    • Miguel Pereira

    LOS SEIS ENTIERROS DE MI ABUELO

    Cuando era pequeño, recuerdo que mi abuelo decía siempre:”el día que me muera de verdad no me lo voy a creer”. Yo no entendía la frase, pero tampoco me atreví a preguntar. Tras su fallecimiento y habiendo reunido grandes dosis de valor di el paso y, dirigiéndome a mi madre, le pedí desvelara el significado de esa entelequia. Ella me explicó que durante la guerra, mi abuelo conservó la vida frente a esporádicas visitas de los nacionales gracias a una pajita y a incontables puñados de tierra.

    • Lola Sanabria

    LA CULPA

    El abuelo manoseaba a menudo una moneda, dentro del bolsillo del pantalón. Cuando me muera será tuya, decía al preguntarle qué tenía ahí, pero nunca me la enseñó. Pasaban los años y comencé a impacientarme. El día que murió, papá dijo que podía quedarme con algo suyo. Entre un reloj de bolsillo, el chisquero y la petaca, sobre la mesa brillaba la matrona Hispania con un ramo de olivo en la peseta de plata. No quise nada

    • Wifredo Pozas

    El 6 de enero de 1936 los Reyes me trajeron una diminuta bicicleta. En julio de 1936 al día siguiente de la derrota de los mineros asturianos en Ponferrada mi padre, que era republicano, se trasladó con toda la familia a la aldea de San Pedro de Ollero, por temor a ser fusilado

    Seis meses después mi madre y yo regresamos a Ponferrada y comprobamos que habían desaparecido todas las pertenencias de la casa, incluyendo mi bicicleta. Unos días después vi a un niño, hijo de un guardia civil, jugando con ella. Se la pedí pero no me la devolvió.

    Fui corriendo a ver a mi madre para que hablara con los padres del niño pero se negó, prometiéndome que me iba a comprar otra bicicleta más grande y más bonita..

    Mi madre nunca pudo cumplir la promesa, ni los Reyes Magos se volvieron a acordar de mí.

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  • Finalistas - Semana 2

    Semana 2: Finalistas

    • Remedios Crespo Casado

      ALINA

      Mi prima Alina salió de España antes que del vientre de su madre. Su placenta abrió las puertas en mayo de 1939 en una aldea del Sur de Francia.
      Escuché su voz 67 años después en el contestador de mi móvil. Nadie no había dicho que existíamos pero nos encontramos.

      • Jaime Bru Lorenzo

      VIDAS CIFRADAS

      Un día, lejano en el tiempo y en mi memoria, mi tío Pepe nos mostró un paquete de tabaco y dijo señalando una a una las letras de la palabra CELTAS; “Comunistas Españoles Levantaos Tenemos Armas Soviéticas”. Supongo que no entendí nada, pero el tono secreto con que lo dijo y el juego del mensaje oculto en las letras me asombró. Aquellos años no eran muy ricos en matices, y el descubrimiento de que los adultos también estaban supervisados resultaba a la vez perturbador y estimulante. Fue una de esas raras ocasiones en que se produjo un cortocircuito entre la realidad de los mayores y la mía.

      • Argimiro Gómez Sánchez

      Cuando en mi casa comíamos arroz con leche (sólo en ocasiones especiales), no sé porqué siempre me tocaba a mí el mismo plato.
      A medida que, cucharada a cucharada, iban desapareciendo el arroz y la leche, en el fondo iba apareciendo la figura de un soldado que ondeaba una bandera republicana.
      Cuando el fondo del plato estaba totalmente limpio, a veces porque yo le pasaba la lengua, mi madre siempre decía: “Algún día vamos a tener un disgusto con este plato”.
      No sé cómo llegó a mi casa, ni qué habrá sido de él, pero es mi referencia de la Guerra Civil… del miedo del que hablaba mi abuela, del silencio, del racionamiento, del hambre.
      Yo tendría 9 ó 10 años, ahora tengo 50 y aún recuerdo el rostro de aquel soldado…; y el de mi abuela…; y el de mi madre.

      • Cristina Diez Sala

      LA IMPORTANCIA DE LAS PEQUEÑAS COSAS

      A solo un milímetro de la encía, el torno se separaba de la muela. De repente, su ruido eléctrico quedaba tapado por otro ensordecedor y todo se puso a temblar. El paciente instintivamente agarró el brazo a mi abuelo. Entró mi madre con su uniforme y cofia blanca: “¡papá!, ha caído muy cerca, ¿qué hacemos?”. Mi abuelo sin levantar la vista de la boca aun abierta dijo:
      ” nada, seguir trabajando”.

      • Manuel Fernández Fuentes

      Mediaban los setenta. Yo era meritorio en el Registro Civil de mi pueblo. Ya podían solicitar pensiones las viudas de guerra.
      Llevo toda la mañana repasando los viejos tomos de la sección tercera de defunciones y no encuentro la inscripción de aquel hombre que mataron a tiros frente al cementerio. Algunas actas son llamativas: Muerto por aplicación del bando de guerra. Muerto a tiros a manos de las hordas marxistas. Año 1.939, tercer año triunfal.
      La viuda, una anciana enlutada me mira hondamente cuando se lo explico y sin más, me espeta: Pues si usted quiere le traigo a quién lo mató, está en bar de enfrente, tomando café.

      • José Luis Benítez Ruiz

      Mi abuelo no fumaba antes de la guerra. Las vicisitudes del conflicto y varios cambios de bando para poder sobrevivir, hicieron que comenzara a fumar. En la Batalla del Ebro el abuelo estaba en su trinchera con el cigarro en los dedos, pero con tan poca práctica que se le cayó al suelo. Notó un fuerte golpe y, al incorporarse, descubrió un agujero de bala que atravesaba su mochila. Jamás dejó de fumar.

      • Angela Beato

      La tapia del cementerio de Toro está perforada como un queso gruyere. Si trazas una línea imaginaria entre unos agujeros y otros puedes llegar a dibujar constelaciones. A eso jugábamos los niños de las afueras hace 30 años. A eso y a esconder en aquellos huecos mensajes de amor escritos en diminutos trozos de papel. Contra aquella tapia de adobe sellaron su noviazgo Laura y Roberto con un beso furtivo. La misma pared contra la que, en septiembre del 36, murió el abuelo de Laura de un tiro en el pecho. El mismo muro contra el que descargó su fusil el abuelo de Roberto.

      • Francisco Rodríguez Senero

      Nunca pregunté por los detalles, sólo sabía que la maleta que encontró contenía la paga mensual de todos los curas de la provincia. Quizás venía de hacer cola del Molino de Pan Caliente, o de recoger esas cáscaras de patata de las que los pobres subsistían. Cuando devolvió la maleta, el obispo le preguntó que quería a cambio y mi abuelo, como era zapatero, le pidió que le dejaran arreglar todos los zapatos rotos de los curas y las monjas de la ciudad. Era 1941 y así sobrevivimos.

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    • Finalistas - Semana 1

      Semana 1: finalistas

      • María Pilar Jiménez

      Siempre que mi padre nos veía pelar patatas a mi hermana o a mí, nos decía “no hagas las mondas tan gordas, que nosotros no tenemos gallinas”. Él dejaba mondas del grosor del papel de fumar. Aprendió este arte en las cocinas del campo de concentración de Padrón (sí, aquí también los hubo), donde se pelaban diariamente 50 kilos de patatas para sus más de 500 internos.

      • Rosa

      Cuando la pareja de la Guardia Civil se paró ante mi abuela en el tren, a mi abuela se le paró el corazón del susto. ¿Qué lleva en esa maleta?, le preguntaron. Ella, muy echada palante replicó: “A la niña”. Estupefactos, la dejaron seguir su camino. En la maleta iba la niña, la muñeca que mi abuela había ido a comprar de estraperlo a otro pueblo para que mi madre en plena guerra civil tuviera su regalo de Reyes. ¡Y vaya si los tuvo!

      • Carmen Díaz

      Cuando había acabado la guerra, su madre (de mi abuela) se encontraba en la calle con dos niñas en brazos, y una tercera (mi abuela) de pie. En ese momento pasaban los camiones con militantes del bando franquista.
      Le dijeron:
      -Diga usted: ¡Viva Franco!
      -Pero, ¿como lo voy a decir, si mire usted que estoy con tres criaturas? –les respondió–.
      -¡Pues déjelas usted en el suelo! –le ordenó el soldado–.

      • Mami

      Durante mi infancia oí repetidas veces en boca de las dos mujeres que más me querían un episodio que a ellas parecía divertirles y a mí me helaba un poco la sangre:
      Nací en 1937, en un momento en que en mi ciudad el ruido de los obuses se redoblaba con el aullido descendente de las sirenas que invitaba a correr hacia los refugios a ríos de gente despavorida. En uno de aquellos avisos mi madre y me abuela corrieron hacia el sótano de la casa y al reencontrarse allí una de las dos le dijo a la otra: “Pero… ¿No has cogido tú a la niña?

      • Fernando Larra Fernández

      Mi madre me envió a casa de su hermana para hacerla compañía en ausencia de mi tío, pero sobre todo para asegurarme un plato de comida diario. En solo dos semanas mi estado físico había mejorado ostensiblemente, no así el emocional. Todos los días al llegar la noche un escalofrió recorría mi cuerpo. En casa de mi tía habitaba un fantasma. Cada noche, tapado bajo las sabanas escuchaba sus lamentos hasta que caía rendido por el cansancio.
      Una mañana mientras jugaba en la calle dos requetés entraron en casa y la pusieron patas arriba, a partir de ese día dejé de oír los lamentos del fantasma para escuchar los de mi tía.

      • Consuelo López Rodríguez

      Las palomas entraban a la buhardilla siguiendo el rastro de migas que José había colocado en el suelo. Inocentes de su destino, se acercaban a la trampa mortal que las esperaba y José, sigiloso y rápido, las agarraba con sus manos y las retorcía el cuello. Aprovechaban la ausencia del vecino, el dueño de las palomas, para conseguir algo con lo que alimentarse. Consuelo, su mujer, que acababa de dar a luz a una niña, mi madre, quitaba las plumas y limpiaba los cuerpos que irían a parar al puchero. Nada importaban los parásitos que aparecían entre los plumones y la sangre que impregnaba sus dedos. Necesitaba comer, su hija había nacido y necesitaba comer. 10 de octubre de 1937.

      • Julio

      Marieta hace pis en el orinal cuando una bala perdida agujerea la bacinilla, a escasos milímetros de su muslo. En el patio todo son carreras de vecinos saltando por encima de los cadáveres mientras aviones pardos oscurecen el cielo.Por la noche, el refugio está abarrotado de miedo y hambre. A Marieta le vuelven las ganas de orinar pero se contiene, porque no sabe mear hacia adentro, sin ofender a nadie.

      • Joaquín Valls

      CARROS FANTASMAS

      Mi madre vivía con su familia en una casa frente a la cual pasaba una carretera secundaria. Contaba que al iniciarse la guerra y con el frente a unos treinta kilómetros, los escasos automóviles que por ella circulaban eran vehículos militares que la asustaban por su aspecto y por el estruendo de sus motores. A la hora del crepúsculo y tras la jornada de trabajo en los huertos, descendían por ella carros arrastrados por burros que avanzaban a ritmo cansino. Ella tenía por costumbre observarlos parapetada tras la verja de la entrada, atraída por la luz vacilante que emitían las bujías situadas en su lado izquierdo, que no permitían distinguir el rostro de quienes los conducían y que en algún momento le hicieron sospechar que aquellos animales regresaban solos a casa.

      • Covadonga Álvarez Barros

      Cada mañana los niños del barrio íbamos al puente a contar muertos, nuestras madres nos lo habían prohibido, pero éramos niños. Ellas nos esperaban en casa. Mi madre sola, mi padre fusilado una madrugada de marzo, Manolo, el mayor muerto en combate, Antonio y Pepito, los dos siguientes, en el bando republicano, Alfredo reclutado por el bando nacional, Ramón el pequeño de los chicos con la familia en la aldea y Berta Maruja y Rita mis hermanas en el exilio, no sabíamos donde, solo estábamos nosotras.
      Una mañana más nos dirigimos al puente, entre todos había una mujer abrazada a una niña. No volví a jugar a contar muertos.

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