Tercer día en Japón y ya totalmente superado el temido ‘jet lag’. Pese a ello, no resulta fácil adaptarse a un cambio horario de ocho horas cuando trabajas para una cadena de radio, porque al final acabas trabajando en horario japonés y también en el español sin apenas tiempo para el descanso.

Es curioso entrar en ‘El Larguero’ a las ocho de la mañana, recién duchado y antes de desayunar, o conectar con los programas matinales cuando aquí ya se está haciendo de noche. Es la tercera vez que viajo a Tokio con el Barça, pero el pueblo japonés no deja de soprenderme. Son educados, puntuales, perfeccionistas, aunque también muy tozudos, incapaces de saltarse una norma o de salirse del guión establecido.

Es un país muy moderno, pero en el que casi nadie habla ni una sola palabra de inglés, por lo que comunicarse con ellos es muy complicado y al final los intentos de conversación quedan reducidos a un intercambio de sonrisas y de reverencias. La reverencia es el saludo habitual, se llama ‘Ojigi’ y varía el nivel de inclinación según la importancia de la persona a la que saludan. Hay inclinaciones de 15, 45 o 90 grados, aunque ésta última está reservada para las grandes personalidades.

Pese a que estamos en la otra punta del mundo, es increíble la devoción que sienten por el Barcelona y en especial por Leo Messi. Cada día hay decenas de seguidores japoneses en la puerta del hotel del Barça con la ilusión de poder ver al argentino.

Eso sí, están todos quietos y en silencio esperando en la zona en la que se les indica que deben colocarse. Y si aparece un jugador, le piden fotos y autógrafos con educación y sin atropellos. En Japón el Barça tiene más de 2.000 socios y se calcula que unos siete millones de simpatizantes. Este martes, paseando por la ciudad deportiva del Yokohama Marinos, pudimos ver como muchos niños entrenaban con la camiseta del Barça. La mayoría, como no, llevaban la de Messi, alguno la de Xavi o Cesc e incluso encontramos uno cuyo ídolo es Bojan.