La historia guardó un lugar especial al deporte como representación ociosa de la sociedad, como epicentro de sensaciones y ejemplo de superación. Las interpretaciones han sido miles pero sólo una de ellas logró convertirse en un fenómeno de masas: el fútbol. El origen es China, pues las antiguas dinastías imperiales, ya ejercían una actividad que posteriormente engendraría el deporte rey. Sin embargo, los culpables de su expansión, de su capacidad organizativa y de su justa explotación, fueron los ingleses.

La profesionalización cargó de su cuenta y las tradiciones más románticas que aún hoy nos hacen vibrar y sentir como referente al fútbol inglés, se mantienen intactas. Si hasta nuestros días han perdurado iconos de antaño, gestas irrepetibles y desastres sobre un terreno de juego, igualmente han mantenido su limpieza esos registros futbolísticos que encontraron su naturaleza en la rudeza y el físico británico.

Y cuando la distancia entre el lugar que se quiere ocupar y el que realmente se ocupa,es enorme y de difícil alcance, aquel estilo directo, agresivo e incisivo vuelve con fuerza al césped. El Tottenham, equipo históricamente muy hermanado con ese estilo inglés de otra época, no pudo mantener el tipo continental ante el Real Madrid la pasada semana en Champions League y este miércoles su único punto positivo pasa, precisamente, por lo impensable, lo imprevisible y lo arcaico.

Porque el 4-0 del Bernabéu le obligará a ser más previsible, más directo y muchísimo más práctico. Muchos balones al área (buscando sobre todo los centímetros de Crouch para remates o para jugadas de segunda línea), presión sobre el rival en la salida de balón, recuperación rápida de la pelota y transición veloz. El uso de extremos para abrir las dimensiones del campo y muchos balones ‘colgados’ en busca de la indecisión defensiva del rival. Sus armas son conocidas, rutinarias y ancladas en los primeros días de este deporte. El mismo que ahora les obliga, como castigo, a volver a sus orígenes.