Tres vidas anteriores, un sinfín de despropósitos extra-deportivos y una independencia posterior a una dura pelea nacional, desencadenaron la libertad futbolística de la actual República Checa. Un día se llamó Bohemia (sí, llegó a disputar seis partidos con esa denominación), defendió colores como imperio-austrohúngaro durante diez años y tras las guerras en su entorno, se unió a Eslovaquia para hacer fuerza político-social. Como Checoslovaquia, le llegó su más afamada reputación, con la mítica final europea del 76, donde Antolín Panenka decidió pasar a la historia.

Desde entonces, sombras, largas y desesperadas. Un ostracismo casi total, escondido en un segundo nivel del fútbol europeo, incapaz de asomarse a la élite mientras su ‘vecino’ y enemigo eslovaco, iba recortándole camino en esa guerra futbolística amparada en recuerdos nada agradables. Y entre tantas dudas, una gota de lucidez inesperada, un apunte con aroma de hazaña que terminó en decepción. La increíble Eurocopa 1996.

Veinte años pasaron para que la República Checa, ya bajo su nueva independencia y estrenando escudo a nivel oficial, reviviera de la nada. El semi-desconocido Dusan Uhrin, un técnico con décadas de experiencia en clubes secundarios, rozó el cielo con una generación que iba a cambiar la imagen del país gracias a su brillantez y desparpajo. Un atrevimiento hasta entonces escondido, que fue eliminando rivales hasta situarse en la cúspide del fútbol continental. Y todo, gracias a la ‘quinta’ del 96 (o ‘quinta’ de las melenas, por las grandes cabelleras de sus integrantes).

Tras una fase de clasificación complicada, los checos lograron entrar en la fase final, quedando en un grupo nada accesible pues Alemania, Italia y Rusia, no presagiaban miras muy optimistas. Y todo parecía encaminado a un paso sin grandes alardes cuando los germanos, necesitados de alegrías tras pegársela en USA 94, pasaron por encima de ellos sin despeinarse. Dos goles en la primera mitad, dejaban el panorama muy negro para los intereses checos, pero el renacer iba a ser terrible.

La respuesta fue inmediata y sorprendente. Primero venciendo a los italianos en el partido que hizo aparecer en la escena internacional al posterior Balón de Oro, Pavel Nedved. Un 2-1 que aun así, les obligaba a puntuar en la jornada determinante contra Rusia. Un partido alocado, con defensas rotas y donde un gol de Smicer en la recta final, logró la ‘machada’ con un 3-3 que les metía en cuartos de final. Allí no acabó el sueño pues Poborsky, quizás el jugador más singular de aquella generación, tumbó a Portugal.

Las semifinales, siendo ya la auténtica revelación del campeonato con el citado Poborsky, el mito Nedved y la energía de Berger, Kuka o Nemec, retaba a la Francia de los Djorkaeff, Zidane, Blanc o Lizarazu. Un partido donde la defensa checa demostró haber aprendido a competir, a achicar espacios y a intimidar a la contra. Todo se cerró sin goles y con una tanda de penaltis mítica. El tirado galo, Pedrós. Los nuevos héroes, la ‘quinta’ de los melenas.

El reto final les volvía a unir con Alemania, único equipo que había sido capaz de vencer aquella sensación despertada en suelo bohemio. Un penalti anotado por Berger, hizo levantar ánimos, pero la experiencia germana igualó por medio de Bierhoff. El delantero, entonces en Udinese, iba a pasar a la historia mundial al ser el único delantero que iba a lograr el Gol de Oro. Una prórroga que pronto disipó dudas pues Bierhoff, en su gran noche, maquilló aquella geste checa. Hoy, intentan recuperar aquellos días de gloria. Quizás, el antídoto a los últimos baches sea cuestión de melenas.