Si algo está claro en el mundo del deporte es que no todo es cerebro. Hay otro órgano involucrado mucho menos lógico. Es el órgano encargado de hacer que las previsiones no siempre se cumplan, y de que un equipo teóricamente superior, encaje goles cargados de humildad.

Y aunque me haya esforzado durante años en convencer a presuntos eruditos de que hace falta una buena dosis de inteligencia más allá de la forma física para poder hacer una buena jugada de gol, se sigue infravalorando la inteligencia del deportista. Un error. Aunque el órgano que convence al resto de conseguir marcar un tanto está debajo de los hombros.

El corazón es lo que convierte cada jornada en una aventura. Convierte en impredecible la regla del 11 contra 11. ¡Cuántas veces he escuchado lo de “con 10 juegan mejor”! Ese bombeo de emociones es el que hace realidad la famosa frase que dice “Un ser humano podrá divorciarse, cambiar de pareja, de amigos… pero jamás cambiará de equipo”. ¿Es eso cierto? Dímelo tú.

Transfugas, chaqueteros… la política está llena de casos. Los propios jugadores se van y vuelven de un equipo a otro, valorando sus emociones y otras circunstancias. Y aunque en su fuero interno sigan con el corazón teñido de un color que a veces no desvelan y son juzgados por el público sin miramientos, cambian de color si es necesario. Pero claro, es un trabajo. ¿Es imposible en el caso de un aficionado?

Tengo verdadera curiosidad por saber si eso es cierto. ¿Conoces a alguien que haya cambiado de equipo favorito? ¿Ha sido tu caso? Y si cambias de equipo… ¿qué sientes al ver los colores del que fuera el tuyo antes? Soy consciente de que pido que la cabeza descodifique lo que el corazón dicta en un lenguaje que solamente él entiende, pero prueba a dejar aquí un testimonio. Puede ser interesante…

Te leo.