Por Carlos Llamas

El viernes pasado, Manolo Preciado, enérgico, se encendió contra Mourinho. Los informadores abrieron los ojos, que parecían platos, y siguieron atónitos una rueda de prensa de las que se guardan para siempre en las hemerotecas. Gijón vivió agitado. Por las calles se escuchaba más la palabra ‘canalla’ que el ruido del tráfico o el bullicio cotidiano de la ciudad. El respaldo al entrenador crecía al mismo tiempo que desde Madrid le llovían ataques. El entrenamiento del sábado se convirtió en una manifestación de apoyo al técnico cántabro. Un niño de siete años, vestido de rojiblanco, le espetó: “¡Preciado, qué narices tuviste con Mourinho!”.

El Sporting une como nada y nadie a los gijoneses. Un club que late en cada rincón de la ciudad. Pocos parangones existen en la geografía española. “La Santina y el Sporting no nos los toca nadie…”, repetían en un restaurante, comentaban dos taxistas, exclamaba un grupo de jubilados. El domingo, desde primera hora, entre escalera y escalera de la playa de San Lorenzo, los colores rojiblancos ganaban terreno al Cantábrico. Y en la respuesta de Preciado, más allá de algunas palabras desmedidas, los ciudadanos de Gijón vieron la metáfora futbolística de la contestación al sistema dominante, de la protesta del pez pequeño que, pese a no poder esquivar el anzuelo, al menos intenta escapar para defender su dignidad.

Sonaron las sirenas. Llegó el autobús del Real Madrid al párking de El Molinón. La lluvia apareció y ofreció un paisaje norteño a Mourinho, que saboreaba sin pestañear y sonriente, casi tumbado en su asiento, el “calla canalla” de los sportinguistas. El más mediático de los entrenadores alcanzó el corazón del estadio, no pisó el césped, no se cruzó con Preciado, sí habló con Quini. Al borde de la entrada a los vestuarios, un pelotón anaranjado de fotógrafos anhelaba la imagen alejada de Mou, siempre blindado por cuatro hombres que bien podrían acompañar al más poderoso de los jefes de Estado.

El partido comenzó. Arriba, cerca del cielo que cree que le pertenece, en un palco vip, se veía el rasgo comprimido entre cejas del que suma copas como panes, siempre ofuscado, como si fuera el ojo del Gran Hermano que todo controla y todo enjuicia. Abajo, sin necesidad de asiento, el gesto combativo de un entrenador del norte, campechano, entrañable, catalizador de las ilusiones de un club modesto.

La tensión se apreciaba todavía con más intensidad a un metro del terreno de juego. Por los micrófonos inalámbricos de la SER penetraban los rugidos de la grada, los de Preciado, las órdenes del cuarto árbitro al banquillo del Sporting, las escaramuzas entre Aitor Karanka y el segundo entrenador asturiano, el contacto jadeante entre Lora y Cristiano, los insultos de los suplentes al portugués, los gritos de los directores de orquesta Diego Castro y Xabi Alonso, los nervios de un choque atrayente, los cánticos de los Ultra Boys a Mourinho (“Vente con nosotros, Mourinho, vente con nosotros…”), los insultos de Özil al fondo sur al celebrar el gol de la victoria… Daba la impresión de que si el balón pudiera hablar lo haría para quejarse de tantas estridencias.

Cristiano, al final, henchido de victoria, aceleró hacia el vestuario entre brincos guerreros, gritos entusiastas y miradas altivas. Antes, había tenido tiempo para simular un pelotazo ante un benjamín recogepelotas, encararse en tres ocasiones con el banquillo sportinguista, soltar su ira frente al infranqueable Lora y pregonar ante el árbitro que sus rivales le estaban maltratando. “Les has dicho que me den, se lo has dicho tú”, se le escuchó decir a Ronaldo, a tres metros de un silencioso Preciado. Sí respondió algún suplente del Sporting, y no precisamente con un vocabulario pulcro. La tensión entre los dos bandos rompía incluso el tórrido ambiente. El fiero atropello de Botía a Cristiano Ronaldo sonó a ras de césped como un terremoto. No está feliz por esa acción el defensa del Sporting, elegante donde los haya, futurible central de Guardiola en el Barça. La afición despidió enfurecida al sector “canalla” del Madrid, pero con aplausos a los campeones del mundo. Sergio Ramos regaló una sudadera. Casillas y Xabi Alonso salieron ovacionados. Nunca, ni en los tiempos de máxima tensión, los buenos de la película pierden su papel.

Mourinho, algo descamisado pero igual de desafiante que siempre, pose de actor de Hollywood, manos en los bolsillos, gesto displicente, caminó lentamente delante de la muchedumbre periodística hacia el párking dibujando su particular sonrisa. Sólo habló con nuestro compañero Guillem Balagué, con quien bromeó acerca del Chelsea, y amagó con detenerse ante otro periodista extranjero y concederle sus valiosas palabras, pero Mou sólo jugaba a sentirse poderoso y el informador se quedó perplejo, y sin declaraciones. Hacia el párking se fue también un serio Preciado. Y los jugadores blancos. Y Jorge Valdano. Pero allí no hubo cronista que pudiera dejar constancia de los hechos acaecidos.

Antes, Florentino Pérez, quizá bajos los efectos del ‘síndrome Mou’, deslizó ante sus colegas asturianos una ácida crítica: “Yo he hecho un equipo de fútbol, no uno de rugby”. Algún directivo del Sporting pensó en recriminarle ese comentario, y ahora se arrepiente de no haberlo hecho.

Los jugadores del Sporting se despertaron el lunes con una resaca amarga. Rivera habló de unos valores madridistas que él no estudió en la escuela del Madrid. Le dolía el fútbol, ese fútbol que se juega con más micrófonos que balones, con más gestos que pases, con más portadas que goles. Otro futbolista, también titular contra el Real Madrid, reconoció en Mareo que ahora le gustaba menos su profesión. Explicó a dos periodistas por qué los profesionales se desapegan del juego y huyen de la prensa: no cree en un modelo desaforado que convierte un recinto deportivo en un teatro en el que el juego, lo verdaderamente importante, es una isla en medio de un océano de ruido. “Prefiero morderme la lengua, porque diga lo que diga Cristiano va a seguir siendo más guapo y más alto que yo. No lo podemos cambiar”, lamentaba; “este no es el deporte que me enseñaron de pequeño”.

Han sido días de fútbol, renglones torcidos, impulsos exhibidos y otros escondidos, pasiones encontradas, palabras sordas, discusiones pomposas, comportamientos superfluos… El que venció no convenció; el derrotado se ha dado de bruces contra enemigos gigantes. “El fútbol no es una cuestión de vida o muerte, es mucho más importante que eso”, afirmó Bill Shankly, el mítico entrenador británico, el mismo que dijo que “el Everton juega tan mal que si jugasen en el jardín de mi casa, correría las cortinas para no verles”, el mismo al que Mourinho, en las salas de prensa, parece imitar. Para desconsuelo de Preciado. Para desconsuelo del fútbol.