Bernat de Deu

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Vivir en NY… entre los sueños de la Nachtmusic

Llegada a Newark, sintiendo el olor particular de los aeropuertos estadounidenses. Otros detergentes, otros mundos… podría escribir, copiando toscamente el título de la novela de Capote. Todavía con la piel acostumbrada al mediterráneo, salto del avión para evitar colas en la aduana. Pero es mediodía… y los agentes están comiendo; solamente tres simpáticos uniformados en una cola de doscientas personas. El señor Steve Jobs me salva del tedio, y vuelvo a entablar una simpática conversación operística con mi aduanero. Se lo cuento, no se asusten; en mi visado de prensa consta que el medio para el que trabajo aquí en estados Unidos es la fantástica revista Opera Actual, donde tengo el honor de escribir críticas de la Metropolitan House. Cuando el aduanero de turno lo detecta, y para cerciorarse de que no soy un islamista radical de piel blanquecina disfrazado de crítico operístico, siempre me dispara –por si las moscas- alguna pregunta tipo “¿Cuál es su ópera favorita?” o –como fue el caso ayer- “¿Cuál es el mejor teatro de ópera del mundo?” La gente odia las aduanas, comprensiblemente, pero a mí me entusiasma este pequeño momento de intimidad operística con los jóvenes miembros de la NYPD, a los que he explicado alguna de mis tesis sobre la ópera mozartiana, lo cual me lleva inexorablemente a entrar en el país tarareando alguna que otra melodía. Quizás, tras mis clases particulares en la aduana, algunos de estos chavales lleven a sus dates al Met, y puede ser que –en el plano ideal- me deban grandes noches de sexo…

Taxi a Harlem y –hablando de Mozart- el siempre amable Justin Holden, PR del Carnegie Hall, me manda un correo electrónico urgente. Hay concierto de la Met Chamber Ensemble dirigida por Levine a las cinco, y tengo un par de entradas. A nadie le amarga un dulce; taxi para llegar justito al Zankel Hall, sin tiempo para respirar ni leer las notas del programa. Pero cuando entran trece instrumentos de viento en una sala de camera (a saber, un octeto con voces dobladas) las quinielas tienden a ser más seguras, y la cosa apunta a caviar. El acorde inicial de Mi Bemol mayor me dispara directamente al planeta Venus; efectivamente, de nuevo, mi querido acompañante Wolfgang. A él también le traía buenos recuerdos este acorde; “Cuando los músicos terminaban en un lugar, les pagaban y les conducían a otro. Luego, han conseguido que se les abrieran las puertas de la calle, se han plantado en medio del patio, y en el momento que me iba a acostar, me han sorprendido agradablemente con el primer acorde de mi bemol”, dice a su padre (y profesor) Leopold en una carta de octubre de 1871. El jet lag empieza a hacer efecto, y no puedo evitar pensar en Mozart –adormecido- escuchando esta maravilla de pieza, estratosférica, en su lecho. He debido escuchar mil quinientas veces este Adagio (lo recordaran de la película Amadeus, cuando Salieri escucha –por primera vez- las partituras de Mozart y cree escuchar la voz de Dios) pero su melodía de oboe me sigue poniendo los pelos de punta (¡fantástico, por cierto, el titular del Met Nathan Hughes!).

Ojala estuviese aquí mi amigo aduanero, tan simpático y interesado por la ópera y la obra de Mozart. Le contaría los secretos del Menuetto, la maravillosa introducción de la Romanza y así estaría encantado de hablar de Mozart con todos los turistas que entrasen en Nueva York. De esta manera, en lugar de hablarles de cuatro tópicos sin interés, les podría cantar la serenata, ideal para espíritus adormecidos como lo estoy yo ahora, y todos los turistas entrarían cantando a recoger sus maletas, acompañados de la gratitud bondadosa de esta música. Nos quedaríamos todos en el aeropuerto, contentos de estar –tan lejos de Salzburgo- en la patria de la Nachtmusik. Y todos dormiríamos mejor…

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Gracias Bernat, tu música me ha alegrado la noche.

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