Vivir en NY… entre coños ilustres
Da gusto estar brevemente ante uno de los pubis más famosos del mundo. Lo pintó el soberbio y genial Courbet en 1866, copiando una de las muchas fotografías pornográficas que corrían por París en aquellos tiempos; ahora está en el Metropolitan Museum, en una exposición magnífica que deben correr a ver, aprovechando eso del Euro y el Dólar, que no entiendo ni ganas. El retrato del coño (a estas alturas no nos andaremos con eufemismos) sigue sorprendiendo y violentando por igual a sus espectadores.
Me interesó ver, especialmente, cuál sería la reacción del público estadounidense más puritano ante la pintura; noto caras de estupor, alguna que otra risa, e incluso algún rostro embargado por la vergüenza. Reacciones que muestran la perennidad provocativa de la obra de un ser personalmente deleznable, bastante chulo y desalmado, pero revolucionario indiscutible de la pintura romántica (los autorretratos de la primera sección son simplemente espectaculares). Es curioso que tanta gente se detenga ante este ilustre coño, más aún cuando algunos de sus desnudos lésbicos, como Les Demoioselles des bords de la Seine, son todavía más sexualizados. Cosas de la historia…
Realmente, El Origen del Universo atrae no solamente por la imagen del coño en su protagonismo radical e insalvable, sino también por su propia y rocambolesca historia de producción. Courbet lo pintó para un tal Kalil-Bey, embajador turco en París durante la década de los 60. De hecho, Kalil-Bey había intentado comprar otro greatest hit erótico del pintor, Venus et Psyche, cuyo tono lésbico es absolutamente descarado. Pero Courbet lo había vendido a un mejor postor; le pintó por deferencia otro cuadro subido de tono (Le Sommeil) y le regaló el Origen, como simple capricho. Tiene gracia; uno de los iconos pictóricos indiscutibles del XIX pasó un cierto tiempo en el lavabo del cónsul turco en París, tapado con una cortinita. Sería porque el coño en cuestión era mucho más decoroso que aquello que pasaba en el aseo del cónsul; vayan a saber…
Tras ser el espejo de los deseos masturbatorios del otomano, el cuadro viajó a Budapest en 1913. Y lo hizo para recalar en otro aseo ilustre; el del Barón Ferenc Hatvany. Tras sucesivas restauraciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el ilustre coño llegó a las manos del filósofo Jacques Lacan, que lo sacó de su existencia maldita de lavabo (lo cual, con Lacan, es decir mucho) y lo guardó en su estudio en compañía de un lienzo de su yerno André Masson, que podemos ver también en el Met.
Aunque objeto de lavabo en su existencia parcial, Courbet sentía especial afecto por su coño, del que habó con su habitual humildad; “Es muy bonito. Veronese, Tiziano, Rafael… y yo mismo. Nadie ha hecho una cosa tan bonita”. Modesto, el chaval, como ven… Es la grandeza de la historia y sus caprichos; de hecho, puestos a ser historicistas, los responsables del Met harían bien en colocar la pintura del coño en uno de sus aseos, con su respectivo guarda de seguridad, y así poder recuperar parcialmente uno de sus lugares de destino predilectos. Defecar delante del coño en cuestión sería un homenaje del cual el mismo Courbet se sentiría orgulloso…

