Bernat de Deu

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Vivir en NY… entre prostitutas de alto coste

SpitzerMe he cruzado un par de veces con Eliot Spitzer mientras éste practicaba el arte del jogging con su perrito por Madison Avenue. En presencia, Sptizer asusta e impone; es de esas personas encantadas de haberse conocido, con un ego a prueba de balas capaz de defender incluso una posición objetivamente fraudulenta. Pero, en cuestión de horas, el Sheriff de Wall Street, luchador incansable contra los abusos del poder corporativo como Fiscal, ha pasado a devenir el Cliente Número 9. Así le denominó una prostituta de la agencia Emperor’s Club que le succionó –entre otras cosas- su futuro político. Spitzer había tomado la peligrosa bandera de la rectitud moral, estigmatizando la prostitución y la droga y ganándose así, aún ser Demócrata, el respeto del conservadurismo neoyorquino. También se había acercado a la izquierda, y no a la de boquilla sino a la más difícil, la de la praxis; intentó dar carnés de conducir a los inmigrantes ilegales para facilitarles la vía de la plena legalización. Fracasó, pero sus fans tomaron nota.

Todo el mundo daba por hecho que, algún día, hablaríamos de Spitzer como candidato a la presidencia del país. Un niño listo de Harvard, con convicciones a prueba de bala y una chulería que los ciudadanos criticamos a menudo pero que –en el fondo, como muestra el caso Sarko- nos pone la mar de cachondos. Y… al final, todo en vano por una puta, o –según parece- por más de una, y de las caras (al menos pagó con su dinero, no como otros). Lo resumía perfectamente David Letterman con su habitual mala leche. Este país no encuentra a Bin Laden pero –consuelo para necios- puede llegar a pincharle el teléfono al gobernador de Nueva York cuando contrata una prostituta. Curiosa ética la del estadounidense; tolera la conversión, admitiendo que un putero como Bush acabe abrazando la bandera de la moralidad angélica, pero lo que no dejan pasar sus ciudadanos –ellos, tan habituados a erigir dioses- es que uno de sus olímpicos, que se vende como tal, acabe haciendo algo tan común como pagar para follar un ratito en un hotel.

Ciertamente, hoy mis conciudadanos lamentaban no que su gobernador le diese al puteo, sino que una carrera política tan prometedora acabe sumida en tanta cutrez. El terreno de la moral es tremendamente fértil para ganarse la confianza de los electores; pero –cuando se pierde- te expone al ridículo de una manera brutal. Hoy siento, quizás más que nunca, una cierta solidaridad cultural para con el mentiroso. No soy estadounidense, porque he heredado la ética española del pícaro y la del mediterránea costumbre del si non è vero. A mí que me mientan, como buen mentiroso, no me importa tanto como que la mentira se embellezca literariamente como si fuese verdad. Qué le vamos a hacer, me gusta más Don Juan que la literatura victoriana de los abuelitos angélicos… que va y resulta que son unos puteros consumados.

Es la gran lección de la vida; Spitzer era un millonario con gran futuro político y hoy le toca dormir en el sofá de su estupendo piso de la Quinta Avenida y afrontar un futuro político muerto. No deja de ser curioso que su mujer, ante los cuernos públicos, haya sido quizás la única defensora de la continuidad política de su marido. Quizás a la pobre Silda Wall Spitzer le estén entrando ganas de emular a otra cornuda a la que tampoco le están yendo tan mal las cosas. Aguantar –a largo término- puede salir a cuenta…

Profundo pesar. Ahora... !A VOTAR!

Guernika

Vivir en NY… entre los barcos de Bay Ridge

Bay_ridgePaseo hasta Bay Ridge, al final de la línea R hacia el sur de Brooklyn; a saber, donde Cristo perdió el zapato, lugar también conocido –en mis tiempos- como el quinto coño. Interesante barrio, que fue el primer espacio de inmigración italiana y eslava. Antes de que llegaran las vías del tren, el distrito estaba lleno de mansiones de neoyorquinos ricos que querían vivir alejados de su fuente monetaria en un entorno tranquilo. Es bonito empezar un recorrido pausado, holgazanamente, por Shore Road, en su largo Pier, desde donde se ve el culito de Manhattan y uno tiene vistas privilegiadas de Staten Island, la estatua de la libertad y el puente Verrazano-Narrows. Ahí veo un memorial de los brooklynitas a los bomberos que murieron en el 11-S; ciertamente, desde ese puerto la visión de las Torres Gemelas debía ser impresionante. A diferencia de otros compañeros de profesión, ávidos de noticia, me he alegrado siempre de no haber estado ahí y de poder mantener una visión todavía idílica de la ciudad y de ese bonito culo.

En Shore Road está el Narrows Botanical Garden, un parquecito un tanto olvidado en el que veo a muchos ciclistas pasar tranquilamente el tiempo pedaleando delante del mar. Está bien adentrarse por la calle 75 (llamada Bay Ridge Parkway) y 76 para ver algunas mansiones preciosas que uno nunca asociaría al paisaje arquitectónico de Nueva York. Estar en tu ciudad y sentir un clima visual parecido al californiano da una extrañeza un tanto trágica, pero que –momentáneamente- sienta bien. Si seguimos hasta la calle 80, hay algunas viviendas interesantes del Arts and Crafts movement de principios del XX. Entre la 82 y la 83 está la famosa Gingerbread House, por ejemplo; es una de las edificaciones más curiosas de NY, y parece casi una casita de enanitos. No llego a saber nunca si me gusta o me parece una horterada, aunque el parque que tienen los señores da una envidia malsana. Quizás me hace falta saber si soy un enanito. Judguen por la foto…

Tras la ruta arquitectónica, merece la pena volver a la tercera avenida para irse a uno de los mejores lugares de la ciudad para comer Bagels, el Bake Ridge Bagels (número 9417) o pasarse por uno de los numerosos Irish Pubs de esa misma calle; el más carismático es el Ballybunion (número 9510). Pero, por encima de todo, este es un barrio fantástico para pasear delante del mar. Hace ya bastante tiempo, antes de llegar a Gotham, recuerdo como una amiga, con un aire curiosamente enigmático demasiado cercano a la advertencia resabida, me dijo “no te olvides nunca que estás cerca del mar.” No sé muy bien descifrar con palabras el por qué de esa especie de hechizo, pero paseando por aquí creo que lo he entendido bien. Viendo entrar a esos enormes barcos hacia el puerto siento una rara especie de tranquilidad… quizás demasiado sosiego. Hay que volver a la ciudad pitando.

PS: Días extraños, ya lo dije… y encima se me muere il Pippo. Grazie per tutto, maestro. Recordemos de nuevo como se canta; lo otro –como se decía en mis tiempos- son mariconadas.

Vivir en NY… entre indicios suicidas

SuicidioSé que he escrito poco últimamente. Han sido días muy extraños... primero vino la muerte de la madre de María, luego llegó de repente, en forma de tembleques, la tristeza de un amigo a cuyo sobrino le han detectado un cáncer… demasiadas cosas que llevaba en la maleta de los desaguisados y que no he querido compartir. Por otro lado, he repasado algunos textos anteriores y me han parecido horribles. Si lo que escribo habitualmente me parece bastante horroroso, cuando me sitúo en el plano de las emociones… la cosa deviene una mierda. Mejor callarse un rato.

Pero han sido también días extraños por ciertas concomitancias. Hace poco coincidí en el Internet con una antigua amante con la que he vuelto a hablar últimamente en el plano virtual. Cuando no venía a cuento, me confesó que –mientras estuvimos juntos, en Nueva York- había soñado más de una vez que me suicidaba, a lo que sumó el habitual consuelo pro-vida tipo no hagas tonterías, que nunca hay que tirar la toalla, y toda esa retórica tan esencial como lógicamente barata. Al día siguiente, uno de mis mejores colegas en la ciudad –sensible poeta, también en crisis emocional- tenía el detalle de recordarme que algunos aspectos de mi carácter (citó la tendencia extrema de mis emociones y el insomnio del que mi cadena es parcialmente responsable) mostraban una clara tendencia al suicidio; “si hace falta, medícate”, no dudó en espetarme. Simpáticas advertencias; que yo sepa, y perdonen amigos que les lleve la contraria, el suicidarme no entraba en mis inmediatos planes post-invernales. Una cosa es no tener muchos amigos, vivir ermitañamente, tener que empezar cien libros y no acabar ni uno o haber escogido la senda del filosofar para vivir… pero de ahí a saltar por mi ventana y despertar a mi portero –el gran Carlitos- con un chasquido óseo en la 115… supongo que hay un pequeño trecho.

Curiosamente, ese mismo día, The New York Times publicaba un artículo que demostraba un incremento del 20% de los suicidios de los estadounidenses de entre 45 y 54 años. El reportaje cubría los últimos cinco años, y mostraba un curioso contraste con aquellos hombres y mujeres que están entre los 15 y 19 años, que solamente experimentan un 2% de incremento. Las motivaciones parecen ser, as usual, de índole económica; se han dedicado muchos esfuerzos a combatir el suicidio juvenil (las pasiones llegan con la juventud, ya se sabe…) cuando, de las 32.000 personas que se suicidaron en los Estados Unidos en 2004, 14.607 tenían entre 40 y 65 años. Al tratarse de una muerte con motivaciones psicológicas, los expertos amasan sus cocos para intentar esclarecer el motivo de este incremento, un aumento que llega al espectacular 28.8% en mujeres de 50 a 54 años. Algunos expertos apuntan que las causas radican en que muchos hombres y mujeres de esa edad abandonan tratamientos contra la depresión, por falta de hábito o negligencia, y ello les lleva a recaer en sus males con más fuerza. Sinceramente, creo que –por suerte o desgracia- las cosas son más fáciles; aunque coincido con Camus con aquello de que el suicidio sigue siendo un tema filosófico de primera, pienso que su raíz es una cuestión de sentido. Damos demasiado bienestar a la gente, le hacemos aspirar a mucho… y uno debe pensar que casi nunca llega a lo que pretende o la sociedad le empuja a conseguir. Es cuestión de estoicismo.

Por lo que a mí atañe, y para evitar cualquier duda en amigos, familiares y superiores a nivel laboral, insisto en mi intención momentánea de persistir en la vida. Todavía me queda mucho para llegar a los 45. Sé que, de momento, no he hecho nada meritorio en la vida… y las perspectivas tampoco son tan buenas como creía; la ciudad se está haciendo muy dura últimamente, las noches de insomnio van en aumento y hace mucho que no tengo a nadie en la cama. A parte de esto, oiga, pues todo de puta madre; de salud bien, con casita en Manhattan –modesta y de alquiler compartido, pero acogedora- y con una vida laboral estupenda. ¿Qué más se puede pedir?

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