Cada año, con matemática precisión, el artista Richard Foreman (Nueva York, 1937) estrena sus creaciones en un teatrito minúsculo y misterioso de Saint Marks Place llamado The Ontological Hysterical Theatre. Foreman es quizás el tótem más persistente del teatro vanguardista neoyorquino, y sus obras son una mezcla difícilmente igualable de performance, efectos sonoros y diálogos imposibles cuya ininteligibilidad podría equiparar la obra dramática de Beckett a un cristalino cuento para mocosos. Sé lo que pensaría Foreman si leyese esta comparación mía un tanto chusca; él, como todo creador, debe ser fiel a su intimidad e ideas, unos conceptos que a él le deben parecer la mar de normales e inteligibles.
De hecho, cuando asisto a una de la obras de Foreman (ayer pude ver la última; Deep Trance Behaviour in Potatoland) pienso también en la incredulidad con la que muchas audiencias han recibido piezas como la Gran Fuga de Beethoven o La noche transfigurada de Schönberg, unas obras canónicas hoy en día pero que –sin embargo- dejaron a la mayoría de sus audiencias con la boca abierta de espanto. Precisamente por ello, uno acude a las obras de Foreman quizás con el estoicismo propio de aquél que quiere entrar en la posteridad de la audiencia y no está dispuesto a que los estudiosos del futuro digan aquello de “mira, el Dedéu, que imbécil; tenía ahí el caviar de la novedad y el muy degenerado se iba a ver Norma al Metropolitan. Qué suerte que el chaval murió.”
Por otro lado, el vanguardismo –sea de buena calidad o mala- es también un ejercicio que tiene el mérito de someter a prueba nuestra ignorancia y complejos de inferioridad. Antes de ver el espectáculo de Foreman que les comento, leí un par de críticas (concretamente en The New York Magazine y en mi querido Village Voice) y la sarta de capulleces que los críticos soltaban sin despeinarse sobre la obra era impresionante, y no porque fuesen juicios apresurados o ofensivos contra el texto o sus intérpretes, sino debido a que su prosa delataba que no habían entendido nada de la obra, pero tampoco tenían valor para admitirlo. Pocas veces, cierto es, vemos afirmar a un crítico algo así como “pues miren, sinceramente, esta obra no la entendí”, lo cual –créanme, sé de lo que hablo- sucede muchas veces; pero, ai las, ese ataque de modestia dejaría al tal sabelotodo en pelotas. En lo que toca a Foreman, precisamente, yo no tengo ningún inconveniente en afirmar que muchos de sus artilugios se me escapan en un porcentaje muy elevado. En Deep Trance, Foreman plantea un juego entre un grupo de actores y una pantalla cinematográfica. Tomando escenas de Japón y del Reino Unido, Foreman intenta reflexionar sobre el concepto ahora trillado de mundo global. Sus personajes repiten constantemente el lema “Tú me entiendes inmediatamente cuando digo…”, y metaforizan la sobre-información a la que estamos sometidos (demasiada letra en poco tiempo, vamos) mediante niñas histéricas que lanzan sus libros de texto al suelo y gritan sin parar.
Paralelamente, Foreman plantea en el escenario la historia de un Vampiro que seduce a un grupo de niñas, intentando poseerlas infructuosamente, lo que provoca una muerte colectiva que –según me parece- intenta describir lo insensato de un mundo que nos confina, cada vez más, en un deseo como mera suma continua de posesiones físicas. Foreman tiñe esta idea con algunos fragmentos del primer acto de Tosca y Lieds schubertianos que interrumpe de golpe, supongo que para reforzar la idea de que hoy el hombre debe no tanto satisfacer su deseo, sino precisamente interrumpirlo. Una idea que contrastaría con lo global de la comunicación que les he contado antes; como todos hablamos un mismo lenguaje, diría el creador, todos hemos llegado a desear igual y, por consiguiente, todos tendremos el mismo y fracasado modelo de posesión. Como les digo, no tengo el mínimo pudor en afirmar el carácter conjetural de todo lo que les cuento, y creo que ésta es una sensación que compartía toda la audiencia que me acompañaba ayer por la noche (a juzgar por las caras que analicé). Lo que es curioso, y creo innegable, es que todavía sea ése no quiero que la historia me juzgue como a un idiota lo que nos juntaba ahí esa noche como motivación primera, que sea precisamente el poder decir yo estuve allí o el ya lo decía yo el que nos mueva a asistir a una obra. Porque ello indica que lo importante no es que sintamos vergüenza por no entender lo que vemos, sino que somos tan narcisistas que lo que queremos es estar ante lo que se nos escapa.
Por lo que a mí concierne, que el creador me haya obligado a pensar sobre estas cuestiones con las que les martilleo, me parece mérito suficiente. Thanks, dude.
estaba leyendo tu post y a otro nivel recordaba varias situaciones vividas con mis compañeros de piso y facultad, llego el concierto de U2 a españa y posteriormente el de rolling stones, estaba haciendo cuentas con mi presupuesto de estudiante para acudir a los conciertos, pregunte a mis amigos quien se venia, sorprendentemente querian venir todos...pregunte a una amiga si sabia decirme 2 canciones de cada grupo, supo decirme una de los rollings, ninguna de u2, los demas amigos por el estilo, este fue un tipo de narcisismo que yo no pude entender, no quise que la historia me juzgase entre ese publico, asi que me kede en casita. (crei haberme equivocado al no acudir,hasta que me dijeron que loquillo estuvo mucho mejor que los rollings)
Publicado por: zambiditz | 25/03/08 en 17:49