Paseo dominical por Fort Greene, uno de los barrios más activos de Brooklyn y sede de la maravillosa Brooklyn Academy of Music, de la que luego haré mención. Me apeo en Myrtle Avenue con Saint Edwards St., en el centro del Walt Whitman Housing Project (uno de los muchos lugares del barrio que recuerdan, al menos nominalmente, al gran poeta estadounidense) que conforma un conjunto bastante desalmado de casas estéticamente deleznables que la ciudad construyó para dar cobijo a los trabajadores brooklynitas durante la Segunda Guerra Mundial. Cuesta creerlo, pero estos edificios fueron ideados por las primeras espadas de la arquitectura de la ciudad; el arte, afortunadamente, siempre deviene risible cuando el tiempo pasa. Un dato curioso; en la calle Saint Edwards, a parte de una bonita iglesia que parece un chateau que da nombre a la calle y una diminuta sede de la Brooklyn Public Library (también denominada Whitman) que financió Andrew Carnegie, se encuentra la P.S. 67, la primera escuela que enseñó legalmente a los negros de Brooklyn, muchos de ellos hijos de trabajadores de clase baja. La escuela abrió en 1847 ahí mismo, se llamaba Colored School Number 1, y educó a la descendencia de los esclavos negros liberados. Vale la pena recordar estas cositas, ahora que se habla tanto de raza.
Seguimos recordando a Whitman cuando, saliendo a la izquierda de Saint Edwards, llegamos al Fort Greene Park, un simpático cobijo natural que el poeta impulsó mediáticamente en 1847 cuando era editor del Brooklyn Tagle y abogaba por un barrio más respirable. El paisaje del parque fue diseñado por los insignes Frederick Law Olmstead y Calvert Vaux veinte años después, aprovechando el éxito que los paisajistas obtuvieron con la planificación de Central Park. Coronando el parque (un entorno muy agradable y lleno de perritos jugando con sus amos y de algún defensor del yoga haciendo su habitual performance pública silenciosa) y coronando una larga escalinata está el Prison Ship Martyrs Memorial, un monumento que recuerda a los casi doce mil prisioneros de guerra que fallecieron en los barcos británicos en Wallabout Way durante Revolución Americana. La estatua es bastante fea y que me perdonen sus autores, pero merece la pena entrar en el minúsculo Visitors Center que está justo a su lado, para saber un poquito más de la vida de Olmstead y Vaux, responsables de una gran parte de la iconografía visual de la ciudad.
Tras salir del parque (a la izquierda del centro de visitas) uno puede entretenerse paseando por Washington Park y Dekhab Avenue, para admirar algunos brownstones que datan alrededor de 1860. Washington Park deviene Cumberland, una simpática calle que acaba en Cuyler Gore, un parquecito triangular que homenajea al ministro Theodore Cuyler, un importante activista negro de Brooklyn. Los alrededores de esta placita conforman la mejor parte del barrio, estéticamente amable; ahí está el famoso Habana Outpost, un restaurantito muy agradable que homenajea a la comida orgánica y a la gestión ecológica en donde, evidentemente y como comprenderán, no pienso poner un pie en mi vida; al enemigo ni agua. Ante la apología de las verduritas, la respuesta está en esa misma calle; ésta el 67 Burger (ésta es una de las criaturas más guarras que he comido, y créanme que les habla un profesional; pídanla con queso azul y puré de aguacate y no lo intenten en sus casas), y también hay un excelente restaurante italiano, de los mejores de Brooklyn, llamado Scopello. Muy cerca de estos enclaves, en Portland Street, está el MOCADA, un museo que se focaliza en arte contemporáneo africano (ahora están reformando la sala para una exposición que empieza el 23 de febrero, según me contó su directora).
Desde Portland podemos pasear hacia Lafayette. Ahí está la BAM (Brooklyn Academy of Music), para mí una de las instituciones culturales más importantes e interesantes de la ciudad. Su cinemateca es sensacional, y tiene –de calle- la mejor programación teatral de la ciudad (La Royal Shakespeare nos visita a menudo, entre otras compañías europeas de primer nivel, a la que podríamos añadir alguna de española si nuestros gestores culturales no fueran tan sumamente catetos, pero, en fin, cada uno tiene lo que merece…). En la calle Saint Felix, en una de las salidas de la BAM, está la Brooklyn Music School, una importante escuelita en donde se dan conciertos de música clásica y donde ensaya el Sackett Group, su compañía de teatro residente. Hacia Rockwell St. está el Harvey Theater (el teatro de la BAM y, para mí, el espacio más bonito del mundo, con su aire falsamente derruido) y la Brooklyn Information &Culture, une entidad artística que acoge los estudios de la televisión pública de Brooklyn. En la misma calle también está Urban Glass, unos estudios de arte en los que uno puede observar a artistas durante su proceso de creación. Unos espacios que, en definitiva, demuestran como la pequeña Brooklyn puede hacer sonrojar, en iniciativas culturales, a la todopoderosa Manhattan. Luego adjunto la crítica de la burger 67 con el detalle que merece.