Bernat de Deu

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Vivir en NY… entre Medeas de color

Black_medeaPaseo hasta el National Black Theatre (en la Quinta Avenida con la calle 125) para ver una representación de Medea de color y espíritu negro. Junto al Harlem Classical Theatre ésta ha sido una de las instituciones que ha traído más clásicos de la tradición a Harlem, pero filtrados sin ningún complejo a través de la cultura negra y sus diversas manifestaciones. Así esta Medea protagonizada por Trezana Beverley (con cierto exceso histriónico, hay que ser justos) en donde coro y actores rapean, evocando el gospel con una convicción extraordinaria. Hemos visto mil veces el texto de Eurípides y ya entramos a la sala demasiado resabidos, pero todavía sorprende por su increíble bestialidad, por la lógica incuestionablemente rígida que siguen sus héroes, tan posmodernos ellos. Pero me interesan estas nuevas producciones (debo insistir) por su carácter marcadamente racial; sus actores no disimulan, sino que acentúan, su aproximación cultural al drama para hacerlo así más cercano a un público contemporáneo negro. Me parecieron paradigmáticas, por ejemplo, las reacciones espontáneas del público, con gritos y risas de misa, ante las intenciones criminales de Medea y las excusas totalmente surrealistas del infiel Jasón (ojo a Dathan B. Williams, el mejor del cast de calle). También me pareció estupenda la reacción gestual del público, que seguía a sus brothers en la declamación como los griegos lo hubieran hecho al oír cantar a sus grandes autores trágicos, que declamaban cantando de una forma que por desgracia no hemos podido llegar a conocer completamente. Si quieren descansar de la luz y el grito amplificado de Broadway, suban a la calle 125. Ahí está Medea zampándose a sus hijos, rebosante de rojo en su venganza…

PS; Al salir hay que andar hasta Amy Ruth’s para emular a Medea, pero –en este caso- aniquilando las mejores costillas de la ciudad. Algún día hablaré de ellas; sé que tengo muchas cosas pendientes. 

Vivir en NY… entre enfermas sin disimulo

Arno_nollen Ojeo el dominical de The New York Times. En las páginas de Style, unas cinco modelos posan ante el fotógrafo Arno Nollen con vestidos y bañadores de Louis Vuitton, Rodarte, entre otros dioses de la moda… Un denominador común; la postura y el gesto facial de todas las niñas –que rondan la veintena- están indicando claramente signos de enfermedad o evasión mental. Resulta notorio comprobar como, lentamente, la industria de la moda ha contraatacado las acusaciones y sucesivas polémicas (también cansinas, es cierto) sobre el estado físico casi escuálido de sus modelos con un gran contraataque; hacer que, efectivamente, parezcan zombis o enfermas. Los gestos son inequívocos; brazos caídos con las manos mal cerradas, hombros ligeramente encogidos y cara de drogada, despistada (incluso con los ojos cerrados) o, directamente, imitando a un deficiente mental. Una de las fotos inclusive se olvida de la cara de la modelo, focalizándose en el culo y las piernas; la segunda fotografía –aislada- podría perfectamente aplicar-se a un reportaje sobre putas o mujeres maltratadas. Sobresignificando el pensamiento oculto de todo aquel que pretende atentar contra la moda y sus esqueléticas chavalas, la industria contraataca con unas chicas efectivamente muertas; la no-salud de las fotografías es tan evidente –el significado está tan sobresaturado- que nuestra impresión es mínima, al igual que uno deja de sorprenderse ante la crueldad de la guerra, admirando las preciosas fotografías de los conflictos que nuestros corresponsales fotográficos saturan con su arte técnico. La guerra es tan bonita que vale la pena aceptarla aunque sea para el propio goce. Paralelamente, la nueva estética cambia el orden del pensamiento; no es que la modelo no esté bien (y sea la industria la que la corrompe) sino que es ella misma, antes de hacer la foto, la que ya estaba enferma; la industria la saca tal como está.

Vivir en NY… entre madres que se van y abrazos que se pierden

A veces te das cuenta que no estás en casa; paseas tranquilamente por estas calles, respiras este aire sin el cual parece que no puedes subsistir… y casi te  has vuelto tan idiota como los ciudadanos de esta fantasmada tan deliciosamente terrible en la que vives. Es cierto… pero no estás en casa. Hace unos días, una amiga me enviaba un correo contándome que a su madre le había asaltado un derrame cerebral incurable; tristemente, le quedaban muy pocas horas de vida. Hablábamos mucho de ella, a la que siempre definía como mi fan number one; la radio la acompañaba muchas horas del día y mis paridas siempre entretienen La noticia se confirmó, llegando delante de la pantalla y por correo electrónico, sin sangre ni lágrimas… todo clínicamente limpio… y santas pascuas; tens una fan menys, decía Maria. Pienso yo que algún día acabaremos abrazando a las pantallas… de tanto mirarlas y ver el mundo a través de ellas. Lo sé; parece retórica fácil, pero es cuando pasan estas cosas que asumes la lejanía; porque hoy querrías abrazar María, que bastante desgracia tiene ya con estar como una puta chota (de ahí, supongo, que sea mi amiga) para que ahora le caiga este peso encima; pero no puedes porque está el océano este de los cojones que, paralelamente y para ser justos, tantos favores te ha hecho. Hoy toca pensar en los malos tragos; en que no puedo abrazar a María para contarle los cuatro tópicos de salón que merecen estas ocasiones. Hoy no puedo abrazar a María… como tampoco pude abrazarte cuando me llamaste para contarme que estabas enamorada de otro, como tampoco pude abrazarte cuando te dolía el cuerpo y estabas harta de estar hecha de vidrio… como tampoco puedo abrazarte hoy tras hablar contigo; porque he escuchado tu voz, que me cuenta sin decírmelo que estás cansada de no sentirte valorada por el talento que tienes, de tener que vivir entre cutres, de sentirme tan lejos… pero no puedo abrazarte. No puedo abrazar a María… que ya no tiene madre… y tampoco puedo abrazarte a ti… para recompensarte que lo hicieses tantas veces cuando tardaba mil horas en dormirme porque tenía miedo de escuchar algún grito… y tú llegabas a acariciarme y calmarme, cuando me mirabas para saber que mentía porque no tenía más remedio que protegerme, cuando sabías que callaba para no caerme más, cuando me enseñabas a sufrir por todos y no confesarlo nunca. Hoy no estoy en casa y no puedo abrazarte. No puedo. No.

Vivir en NY… entre la envidia política

Obamahillary_2 La ciencia tertuliana de nuestro país parece estar encantada con la campaña estadounidense de 2008; los politólogos resaltan con envidia las prestaciones de un sistema de primarias abierto, siguen los resultados de cada estado con inusitado fervor (¡ya sabemos incluso lo que es un superdelegado!) y las charlas radiofónicas se inundan de alabanzas a la retórica obamista, la seriedad clintoniana y la experiencia del Maverick McCain. No es para menos; el fervor es aquí compartido. En los últimos comicios, a los estadounidenses les han encorsetado entre opciones malas y más peores; o se tragaban a uno de los presidentes peor preparados de su historia o se consolaban con unos demócratas complacientes con un exasperante tufillo gauche divine (aunque ahora a algunos, como Al Gore, se les tenga por dioses cuando hace dos días se les tachaba de imbéciles…). Son ironías de la polis; pasamos de la incompetencia bushista y del sosismo marca Kerry a las penurias de vernos obligados a escoger entre tres magníficos políticos. Los medios europeos –siempre tendentes a situarse con los demócratas- se han centrado en los nuevos aires de Obama y los no tan nuevos de Clinton, pero no hay que olvidarse de John McCain, un político que ha tenido la osadía de traspasar las líneas del partidismo más férreo y que lleva hostias hasta en el carné de conducir por atreverse a decir lo que piensa.

Comparto, por tanto, la envidia de mis compañeros de tertuliástica; me parece también increíble que en España, ante una situación económica no precisamente estupenda y con problemas impresionantes a los que dar solución, estemos dedicando la mayor parte de nuestro tiempo a hablar de la Santa Madre y sus ilustres obispos. La inmigración, un terrorismo cada vez más debilitado al que solamente falta un puñetero toque de gracia político, o el estado paupérrimo de la educación… pues –mireusté-… lo dejaríamos para otro día. Lo comparto… pero también me gusta recordar que los sistemas políticos son resultado de la voluntad política de un pueblo. Si tanto gustan el sistema de primarias o la arquitectura senatorial estadounidense… ¿qué esperamos a implantarlos? A mí me encantaría ver debatir a Zapatero con Bono en unas primarias, porque estoy seguro de que sus visiones del país no siempre coinciden; también sería bonito ver a Gallardón discutir abiertamente sus diferencias con Aguirre, como pueden hacer aquí candidatos de un mismo partido tan distintos como Tancredo o Giuliani. ¿A qué esperamos, si es que el inventillo nos da tanta envidia? Si queremos buenos oradores y políticos que no prometan en vano… ¿por qué no exigimos a nuestros políticos un cierto nivel lingüístico (no miro a nadie, Molt Honorable) o por qué no regulamos el sistema de promesas electorales tal que no parezca un todo a cien de yo le pongo un árbol yo le doy un cheque?

Un compañero concertista de piano acostumbraba a contarme que el mejor elogio que se le puede hacer a un músico es decirle que provoca envidia. «La envidia es tremendamente fructífera; todos empezamos a tocar porque el que lo hace mejor nos provoca envidia», solía decirme. El concertista tenía toda la razón; ¿empezamos a tocar?

Vivir en NY… entre la envidia malsana de los guionistas estadounidenses

Strike_blog Lo sé… la envidia no es buena, pero hoy no puedo dejar de sentirla. Si todo va como es previsto, los guionistas estadounidenses volverán a su ocupación el próximo miércoles, acabando así con una huelga de tres meses que ha dejado en vilo a la industria más poderosa de cine y televisión del mundo. Me alegro, en primer lugar, porque son escritores y así lo demuestran. No me gusta nada el apelativo guionista, porque rebaja una tarea que no es nada menor y persiste en el tópico que una cosa es un novelista y la otra un guionista. Nada de eso; cualquier episodio de Frasier o Los Soprano puede competir perfectamente con una obra de Hare o de Roth. Los escritores de televisión y cine han exigido respeto, contraviniendo el tópico absurdo de que –en este país- ni hay huelgas ni sirven para nada. Han conseguido algo muy importante; un porcentaje fijo del 1.2% en las ventas de material online, tanto en su adquisición como en su posterior uso. El material sale de su pluma y vuelve a su bolsillo; faltaría más. Paralelamente, según veo en el documento del acuerdo, han conseguido un aumento del sueldo mínimo en un 3.5%. Pero lo más importante está dicho; las nuevas invenciones tecnológicas –los new media- no tirarán adelante sin los agentes de la palabra. Lo cual tiene su ironía histórica; lo nuevo no tira sin tradición. ¡Chúpate esa!

Pero hoy, lo siento, me muero envidia. La siento como la sienten los escritores españoles… que ni un convenio tienen los pobres, como le escuché afirmar a uno en Hoy por Hoy. La siento especialmente por todos los que trabajamos en el periodismo y vemos que –aunque algunos de nuestros colegios profesionales insistan en la necesidad de implantar una cuota de mínimos- las empresas y los gobiernos les hacen caso omiso. Cada vez hay más compañeros trabajando en precario y dejándose pisotear por hábitos enfermizos. Todavía no entiendo por qué un arquitecto o un abogado pueden tener una minuta o algunos precios mínimos… y nosotros no, sinceramente. Alguien debería explicarme por qué las radios y los periódicos están llenos de jóvenes con un permanente sueldo de becario, unos jóvenes a los que se les exige profesionalidad pero que no se les recompensa equitativamente. ¿Por qué? ¿Nadie responde? !!Eco Eeecooo!!

Lo dicho; envidia. Lisa y puñetera envidia. Envidia por el hacerse valer, envidia por ver dónde hay que luchar, y envidia por poder trabajar como tendría que ser normal. Envidia. Malsana, pero envidia. Envidia. Collons. ¡Envidia!

Vivir en NY… entre las perlas culturales de Fort Greene

Harvey_3Paseo dominical por Fort Greene, uno de los barrios más activos de Brooklyn y sede de la maravillosa Brooklyn Academy of Music, de la que luego haré mención. Me apeo en Myrtle Avenue con Saint Edwards St., en el centro del Walt Whitman Housing Project (uno de los muchos lugares del barrio que recuerdan, al menos nominalmente, al gran poeta estadounidense) que conforma un conjunto bastante desalmado de casas estéticamente deleznables que la ciudad construyó para dar cobijo a los trabajadores brooklynitas durante la Segunda Guerra Mundial. Cuesta creerlo, pero estos edificios fueron ideados por las primeras espadas de la arquitectura de la ciudad; el arte, afortunadamente, siempre deviene risible cuando el tiempo pasa. Un dato curioso; en la calle Saint Edwards, a parte de una bonita iglesia que parece un chateau que da nombre a la calle y una diminuta sede de la Brooklyn Public Library (también denominada Whitman) que financió Andrew Carnegie, se encuentra la P.S. 67, la primera escuela que enseñó legalmente a los negros de Brooklyn, muchos de ellos hijos de trabajadores de clase baja. La escuela abrió en 1847 ahí mismo, se llamaba Colored School Number 1, y educó a la descendencia de los esclavos negros liberados. Vale la pena recordar estas cositas, ahora que se habla tanto de raza.

Seguimos recordando a Whitman cuando, saliendo a la izquierda de Saint Edwards, llegamos al Fort Greene Park, un simpático cobijo natural que el poeta impulsó mediáticamente en 1847 cuando era editor del Brooklyn Tagle y abogaba por un barrio más respirable. El paisaje del parque fue diseñado por los insignes Frederick Law Olmstead y Calvert Vaux veinte años después, aprovechando el éxito que los paisajistas obtuvieron con la planificación de Central Park. Coronando el parque (un entorno muy agradable y lleno de perritos jugando con sus amos y de algún defensor del yoga haciendo su habitual performance pública silenciosa) y coronando una larga escalinata está el Prison Ship Martyrs Memorial, un monumento que recuerda a los casi doce mil prisioneros de guerra que fallecieron en los barcos británicos en Wallabout Way durante Revolución Americana. La estatua es bastante fea y que me perdonen sus autores, pero merece la pena entrar en el minúsculo Visitors Center que está justo a su lado, para saber un poquito más de la vida de Olmstead y Vaux, responsables de una gran parte de la iconografía visual de la ciudad.

Tras salir del parque (a la izquierda del centro de visitas) uno puede entretenerse paseando por Washington Park y Dekhab Avenue, para admirar algunos brownstones que datan alrededor de 1860. Washington Park deviene Cumberland, una simpática calle que acaba en Cuyler Gore, un parquecito triangular que homenajea al ministro Theodore Cuyler, un importante activista negro de Brooklyn. Los alrededores de esta placita conforman la mejor parte del barrio, estéticamente amable; ahí está el famoso Habana Outpost, un restaurantito muy agradable que homenajea a la comida orgánica y a la gestión ecológica en donde, evidentemente y como comprenderán, no pienso poner un pie en mi vida; al enemigo ni agua. Ante la apología de las verduritas, la respuesta está en esa misma calle; ésta el 67 Burger (ésta es una de las criaturas más guarras que he comido, y créanme que les habla un profesional; pídanla con queso azul y puré de aguacate y no lo intenten en sus casas), y también hay un excelente restaurante italiano, de los mejores de Brooklyn, llamado Scopello. Muy cerca de estos enclaves, en Portland Street, está el MOCADA, un museo que se focaliza en arte contemporáneo africano (ahora están reformando la sala para una exposición que empieza el 23 de febrero, según me contó su directora).

Desde Portland podemos pasear hacia Lafayette. Ahí está la BAM (Brooklyn Academy of Music), para mí una de las instituciones culturales más importantes e interesantes de la ciudad. Su cinemateca es sensacional, y tiene –de calle- la mejor programación teatral de la ciudad (La Royal Shakespeare nos visita a menudo, entre otras compañías europeas de primer nivel, a la que podríamos añadir alguna de española si nuestros gestores culturales no fueran tan sumamente catetos, pero, en fin, cada uno tiene lo que merece…). En la calle Saint Felix, en una de las salidas de la BAM, está la Brooklyn Music School, una importante escuelita en donde se dan conciertos de música clásica y donde ensaya el Sackett Group, su compañía de teatro residente. Hacia Rockwell St. está el Harvey Theater (el teatro de la BAM y, para mí, el espacio más bonito del mundo, con su aire falsamente derruido) y la Brooklyn Information &Culture, une entidad artística que acoge los estudios de la televisión pública de Brooklyn. En la misma calle también está Urban Glass, unos estudios de arte en los que uno puede observar a artistas durante su proceso de creación. Unos espacios que, en definitiva, demuestran como la pequeña Brooklyn puede hacer sonrojar, en iniciativas culturales, a la todopoderosa Manhattan. Luego adjunto la crítica de la burger 67 con el detalle que merece.

Vivir en NY… entre maltratos invisibles

Domestic_violence “Estimada doctora Corazón. Yo tengo 32 años y él 37. Antes nuestras peleas eran porque él tomaba mucho y me golpeaba. Al terminar de golpearme me  hacia suya a la fuerza (…) Ahora después de 5 años me entero que tiene otra mujer y eso me duele mucho más que si me diera una golpiza (…) Mi única salida es regresarme a mi país, pero mis hijas no se quieren regresar (…) Soy de esas mujeres a la antigua. Siempre he sido muy correcta y aunque la gente me dice que soy muy bonita par estar soportando un hombre como él, siempre me he portado bien y he rechazado a todo hombre que se me acerca.”

Ésta es una de las muchas cartas que reproducen situaciones bestiales de maltrato físico y emocional que llegan habitualmente a la sección de la Doctora Corazón del semanario hispano El Especialito. No es extraña esta afluencia, y las estadísticas provocan tembleque. Ojeo un informe del UIC Center for Urban Economic Development que cuenta como en 2001 un 34% de las latinas de la ciudad de Chicago habían sufrido ataques de sus parejas. Actualmente, si bien los números varían a nivel federal, la mayoría de fuentes que he podido consultar no dudan en afirmar que las mujeres latinas son las más maltratadas en Estados Unidos. El problema general, como pueden ver en la carta, no solamente es la violencia con la que algunos cretinos demuestran su imbecilidad y su putrefacta idea de la dominación, sino también un modelo de esposa ejemplar –de “mujer a la antigua”, dice la firmante- según el cual esa práctica es normal o incluso tolerable (el famoso “mi marido me pega lo normal”, ya saben). Fíjense si es tal, que –en un folleto muy útil que edita la Alianza Latina Nacional contra la Violencia Doméstica- uno puede leer la siguiente recomendación:

Mito: Los hombres violan porque no pueden

controlar sus deseos o impulsos sexuales.

Realidad: La violación es un crimen y el mito

de que los hombres no pueden controlarse

es falso. Todas las mujeres tenemos el

derecho a decir que NO y a decidir cuándo

queremos participar en una relación sexual.

Efectivamente, la cosa parece risible, pero no lo es. Hace semanas hablaba con una amiga que se dedica a hacer terapia familiar para latinos, y –por respeto a los secretos que me confió- me tengo que morder la lengua para no reproducirles la sarta de problemas y salvajadas con los que se encuentra a diario, aunque solamente les diré que lo descrito en la carta precedente es de Barrio Sésamo si lo comparamos con lo que me contó. Unos problemas, en definitiva, proceden no solamente de tradiciones ancestrales del machismo más férreo, sino también de una cuestión mayor; los guetos raciales en los que los latinos andan metidos en las grandes ciudades, unas ollas a presión que no ayudan a que estas mujeres salgan de su particular prisión. Que Harlem hoy en día sea un barrio más civilizado, por ejemplo, también es consecuencia de su pluralidad de razas y gentes. Es cierto que –como he dicho muchas veces- esta pluralidad no deja de ser algo falso, porque existe muy poca comunicación entre razas en Estados Unidos. Pero esa pluralidad pequeña al menos puede provocar cosas tan insignificantes como que una de esas firmantes que cito vea paseando a una pareja que se muestra cariños en públicos. Al menos para que vean que existe otra manera de vivir…

Vivir en NY… entre el teatro de Richard Foreman

Richard_foreman Cada año, con matemática precisión, el artista Richard Foreman (Nueva York, 1937) estrena sus creaciones en un teatrito minúsculo y misterioso de Saint Marks Place llamado The Ontological Hysterical Theatre. Foreman es quizás el tótem más persistente del teatro vanguardista neoyorquino, y sus obras son una mezcla difícilmente igualable de performance, efectos sonoros y diálogos imposibles cuya ininteligibilidad podría equiparar la obra dramática de Beckett a un cristalino cuento para mocosos. Sé lo que pensaría Foreman si leyese esta comparación mía un tanto chusca; él, como todo creador, debe ser fiel a su intimidad e ideas, unos conceptos que a él le deben parecer la mar de normales e inteligibles.

De hecho, cuando asisto a una de la obras de Foreman (ayer pude ver la última; Deep Trance Behaviour in Potatoland) pienso también en la incredulidad con la  que muchas audiencias han recibido piezas como la Gran Fuga de Beethoven o La noche transfigurada de Schönberg, unas obras canónicas hoy en día pero que –sin embargo- dejaron a la mayoría de sus audiencias con la boca abierta de espanto. Precisamente por ello, uno acude a las obras de Foreman quizás con el estoicismo propio de aquél que quiere entrar en la posteridad de la audiencia y no está dispuesto a que los estudiosos del futuro digan aquello de “mira, el Dedéu, que imbécil; tenía ahí el caviar de la novedad y el muy degenerado se iba a ver Norma al Metropolitan. Qué suerte que el chaval murió.”

Por otro lado, el vanguardismo –sea de buena calidad o mala- es también un ejercicio que tiene el mérito de someter a prueba nuestra ignorancia y complejos de inferioridad. Antes de ver el espectáculo de Foreman que les comento, leí un par de críticas (concretamente en The New York Magazine y en mi querido Village Voice) y la sarta de capulleces que los críticos soltaban sin despeinarse sobre la obra era impresionante, y no porque fuesen juicios apresurados o ofensivos contra el texto o sus intérpretes, sino debido a que su prosa delataba que no habían entendido nada de la obra, pero tampoco tenían valor para admitirlo. Pocas veces, cierto es, vemos afirmar a un crítico algo así como “pues miren, sinceramente, esta obra no la entendí”, lo cual –créanme, sé de lo que hablo- sucede muchas veces; pero, ai las, ese ataque de modestia dejaría al tal sabelotodo en pelotas. En lo que toca a Foreman, precisamente, yo no tengo ningún inconveniente en afirmar que muchos de sus artilugios se me escapan en un porcentaje muy elevado. En Deep Trance, Foreman plantea un juego entre un grupo de actores y una pantalla cinematográfica. Tomando escenas de Japón y del Reino Unido, Foreman intenta reflexionar sobre el concepto ahora trillado de mundo global. Sus personajes repiten constantemente el lema “Tú me entiendes inmediatamente cuando digo…”, y metaforizan la sobre-información a la que estamos sometidos (demasiada letra en poco tiempo, vamos) mediante niñas histéricas que lanzan sus libros de texto al suelo y gritan sin parar.

Paralelamente, Foreman plantea en el escenario la historia de un Vampiro que seduce a un grupo de niñas, intentando poseerlas infructuosamente, lo que provoca una muerte colectiva que –según me parece- intenta describir lo insensato de un mundo que nos confina, cada vez más, en un deseo como mera suma continua de posesiones físicas. Foreman tiñe esta idea con algunos fragmentos del primer acto de Tosca y Lieds schubertianos que interrumpe de golpe, supongo que para reforzar la idea de que hoy el hombre debe no tanto satisfacer su deseo, sino precisamente interrumpirlo. Una idea que contrastaría con lo global de la comunicación que les he contado antes; como todos hablamos un mismo lenguaje, diría el creador, todos hemos llegado a desear igual y, por consiguiente, todos tendremos el mismo y fracasado modelo de posesión. Como les digo, no tengo el mínimo pudor en afirmar el carácter conjetural de todo lo que les cuento, y creo que ésta es una sensación que compartía toda la audiencia que me acompañaba ayer por la noche (a juzgar por las caras que analicé). Lo que es curioso, y creo innegable, es que todavía sea ése no quiero que la historia me juzgue como a un idiota lo que nos juntaba ahí esa noche como motivación primera, que sea precisamente el poder decir yo estuve allí o el ya lo decía yo el que nos mueva a asistir a una obra. Porque ello indica que lo importante no es que sintamos vergüenza por no entender lo que vemos, sino que somos tan narcisistas que lo que queremos es estar ante lo que se nos escapa.

Por lo que a mí concierne, que el creador me haya obligado a pensar sobre estas cuestiones con las que les martilleo, me parece mérito suficiente. Thanks, dude.

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