Vivir en NY... entre excombatientes abandonados (II)
¡Parece mentira que hayan pasado veinte años, querido John! La última vez que te pude ver en la gran pantalla, ironías de la vida, yo iba al cine con mi abuela y tú ayudabas cándidamente a traficar con armas a los islamistas radicales de Afganistán. Ahora, evidentemente, yo voy sin mi abuela al cine (ya me gustaría volver a aquellos maravillosos años) y resulta que aquel señor ruso que arrastraba las erres con enorme mala leche se nos ha hecho capitalista (de los nuestros) y los moros simpáticos del caballito va y resulta que son el enemigo a batir (de los otros). Los cambios, en la vida, son terribles, ya lo sabes, tú que llegas al medio siglo; primero vienes a casa medio loco tras combatir en Vietnam y un Sheriff impertinente te echa de un pueblo que es tuyo y al que has ayudado a defender (cabe recordar ahí al competente escritor David Morrell y su notable novela First Blood como referente), luego vuelves al lugar del crimen para rescatar a algún que otro prisionero y para cagarte en los burócratas de la guerra, y finalmente… lo dicho; el ruso y los moros que se cambian los papeles. No me extraña que, visto lo visto, en tu cuarta entrega no hayas decidido marcharte a Iraq a buscar a Osama o al loco vecino de Irán, no fuese el caso que sus hijos vuelvan algún día a ser nuestros amigos… La alternativa de perderte en la jungla es muy racional, aunque –la verdad- podrías haberte buscado un lugar mejor para jubilarte que Burma (nadie llama Myanmar al país, en la película), un infierno que la actualidad reciente ha hecho relucir en toda su desgracia y crueldad.
Pero tiene mucha gracia y se aprende mucho viendo a este nuevo Rambo, querido John, un film con escenas de guerra muy bien rodadas y un Stallone plastificado enormemente risible. Ahora Rambo ya no trabaja a sueldo; no hay chinos buenos ni malos, para entendernos, sino que todos los chinos son malos. John se gana la vida vendiendo serpientes (todo la mar de naturalista y místico) hasta que una O.N.G. le saca de su rutina para llevarle por el mal camino, con chica rubia incluida (ya decía con razón mi abuela, con ese machismo español de toda la vida, que las mujeres lo complican todo). Y vuelves a acabar la misión, otra vez. Ésta es la lección terrible del personaje Rambo, que Stallone muestra otra vez con bastante inteligencia; ser un hombre cuya funcionalidad de matar no depende de cuestiones morales. Aquí Rambo es más que nunca un estoico que no lucha por un ideal, ni quiere volver a casa para que le recuerden otra vez la cancioncilla de los ideales sublimes y de que la guerra sirve para algo. “¿No quieres ver cómo ha cambiado tu casa?”, le pregunta la rubita antes de la matanza. El soldado se calla.
Pero Stallone vuelve a casa. De hecho, solamente vuelve cuando la rubita y sus compañeros, los cándidos de la ONG, han visto que esto de repartir medicinas no era tan simpático como lo esperaban; Rambo vuelve cuando demuestra que la guerra está en todos los lugares. Stallone vuelve a casa, efectivamente, porque su derrota también es la derrota del pacifismo, y ahí está lo más terrible de esta curiosa película, que aunque servida con la habitual poesía cutre (debe serlo como grasientas debían ser las palomitas que me pimplé) tiene grandes dosis de mala leche. Lástima que Stallone no vaya hasta el final en sus intenciones, y –para acabar de redondear el tema del que hablábamos hace unos días- entre en casa de su padre, en su rancho. Sería curioso ver cómo reaccionaria el viejo ante la llegada del hijo pródigo. No creo que esa llegada sea fácil…
PS: En la primera parte de este artículo, ironicé con el trato que algunos demócratas daban a los veteranos. Como me informó una buena amiga que trabaja en la campaña de Hillary Clinton, el mismo día la candidata se había referido a las heridas psicológicas que los veteranos acarreaban cuando volvían a sus casas, unas heridas a las que también se refirió John Edwards hace poco en Letterman Les felicito.. Espero que las palabras se conviertan en hechos.







