Bernat de Deu

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Vivir en NY... entre excombatientes abandonados (II)

Rambo_iv¡Parece mentira que hayan pasado veinte años, querido John! La última vez que te pude ver en la gran pantalla, ironías de la vida, yo iba al cine con mi abuela y tú ayudabas cándidamente a traficar con armas a los islamistas radicales de Afganistán. Ahora, evidentemente, yo voy sin mi abuela al cine (ya me gustaría volver a aquellos maravillosos años) y resulta que aquel señor ruso que arrastraba las erres con enorme mala leche se nos ha hecho capitalista (de los nuestros) y los moros simpáticos del caballito va y resulta que son el enemigo a batir (de los otros). Los cambios, en la vida, son terribles, ya lo sabes, tú que llegas al medio siglo; primero vienes a casa medio loco tras combatir en Vietnam y un Sheriff impertinente te echa de un pueblo que es tuyo y al que has ayudado a defender (cabe recordar ahí al competente escritor David Morrell y su notable novela First Blood como referente), luego vuelves al lugar del crimen para rescatar a algún que otro prisionero y para cagarte en los burócratas de la guerra, y finalmente… lo dicho; el ruso y los moros que se cambian los papeles. No me extraña que, visto lo visto, en tu cuarta entrega no hayas decidido marcharte a Iraq a buscar a Osama o al loco vecino de Irán, no fuese el caso que sus hijos vuelvan algún día a ser nuestros amigos… La alternativa de perderte en la jungla es muy racional, aunque –la verdad- podrías haberte buscado un lugar mejor para jubilarte que Burma (nadie llama Myanmar al país, en la película), un infierno que la actualidad reciente ha hecho relucir en toda su desgracia y crueldad.

Pero tiene mucha gracia y se aprende mucho viendo a este nuevo Rambo, querido John, un film con escenas de guerra muy bien rodadas y un Stallone plastificado enormemente risible. Ahora Rambo ya no trabaja a sueldo; no hay chinos buenos ni malos, para entendernos, sino que todos los chinos son malos. John se gana la vida vendiendo serpientes (todo la mar de naturalista y místico) hasta que una O.N.G. le saca de su rutina para llevarle por el mal camino, con chica rubia incluida (ya decía con razón mi abuela, con ese machismo español de toda la vida, que las mujeres lo complican todo). Y vuelves a acabar la misión, otra vez. Ésta es la lección terrible del personaje Rambo, que Stallone muestra otra vez con bastante inteligencia; ser un hombre cuya funcionalidad de matar no depende de cuestiones morales. Aquí Rambo es más que nunca un estoico que no lucha por un ideal, ni quiere volver a casa para que le recuerden otra vez la cancioncilla de los ideales sublimes y de que la guerra sirve para algo. “¿No quieres ver cómo ha cambiado tu casa?”, le pregunta la rubita antes de la matanza. El soldado se calla.

Pero Stallone vuelve a casa. De hecho, solamente vuelve cuando la rubita y sus compañeros, los cándidos de la ONG, han visto que esto de repartir medicinas no era tan simpático como lo esperaban; Rambo vuelve cuando demuestra que la guerra está en todos los lugares. Stallone vuelve a casa, efectivamente, porque su derrota también es la derrota del pacifismo, y ahí está lo más terrible de esta curiosa película, que aunque servida con la habitual poesía cutre (debe serlo como grasientas debían ser las palomitas que me pimplé) tiene grandes dosis de mala leche. Lástima que Stallone no vaya hasta el final en sus intenciones, y –para acabar de redondear el tema del que hablábamos hace unos días- entre en casa de su padre, en su rancho. Sería curioso ver cómo reaccionaria el viejo ante la llegada del hijo pródigo. No creo que esa llegada sea fácil…

PS: En la primera parte de este artículo, ironicé con el trato que algunos demócratas daban a los veteranos. Como me informó una buena amiga que trabaja en la campaña de Hillary Clinton, el mismo día la candidata se había referido a las heridas psicológicas que los veteranos acarreaban cuando volvían a sus casas, unas heridas a las que también se refirió John Edwards hace poco en Letterman Les felicito.. Espero que las palabras se conviertan en hechos.

Vivir en NY… entre humoristas árabes de alto riesgo

Arabs_are_coming “Buenas noches. Soy mujer y palestina, lo cual me convierte automáticamente en una bomba.” Este chiste que cito podría ser, en manos de un humorista blanco, un candidato a la presidencia, o de un alto ejecutivo, un motivo de ostracismo, rabia social o, directamente, de delito. Pero, nada-por-aquí-nada-por-allá, no lo es si lo suelta, con alegría y ante un público entregado, Eman, una humorista de Palestina ahora residente en Canadá. Eman ha sido una de las muchas humoristas y comedians que ha participado en el quinto New York Arab-American Festival, un extraordinario festival de stand up en el que humoristas nacidos en países musulmanes, pero criados en Estados Unidos, han aprovechado sus raíces para cachondearse de las mismas con una alegría que no se pueden imaginar. “¿Hay algunos pakistaníes entre el público? No hace falta que griten –dice el también palestino Amer Zahr- ya puedo notar como huele la sala.” Sherif Hedayat, un humorista de Ohio, también se moja sin tapujos en un tema complicado; “Cuando pasó el 11-S, un amigo negro me llamó desde California para contarme que habían caído las torres y que fuese con cuidado al salir a la calle. Yo le dije; “Tío, pero si estoy en Ohio.” Y él me dijo; “Nunca se sabe”. Al día siguiente pude ver a un negro robar una Coca-Cola en un Deli y llamé a mi amigo; “Cuidado, chaval, que un hermano tuyo ha robado aquí en Ohio. Cuida al salir a la calle.”

Bendito humor, que hurga no solamente en los lugares comunes que hacen más cómoda nuestra vida, sino también en aquello de lo que no se puede frivolizar porque hiere susceptibilidades. Doy las gracias al organizador del festival, Dan Obeidallah, por juntar a estos humoristas tan valientes que, en un tiempo de corrección política asquerosa, nos ha brindado este espacio de aire fresco. No sé ustedes, pero yo no he conocido nunca en mi vida a ninguna persona inteligente que no se cachondee de ella misma. Pero vivimos en un mundo absolutamente estúpido en ese sentido; me hizo mucha gracia, hace meses, cuando todo dios estaba repentinamente a favor de la revista El Jueves a raíz de la prohibición (injustificable, eso es cierto) de una de sus portadas referentes a la monarquía. Me gustaría ver a toda esa panda de progres a favor de la libertad de expresión ver qué piensan y si defienden espacios mucho más provocativos de esa revista como Clara de Noche (léase; una puta a la que le encanta serlo), personajes como el Moromierda o el enorme Martínez el Facha. A éstos os quiero escuchar defender, valientes.

Hoy, más que nunca, tengo ganas de dar las gracias a los que no practican el humor de cobardes; a gente como Mohamed Masoud, que escenificó perfectamente un chiste magistral; “Cuando los polis paran a los negros, éstos se congelan para no levantar sospechas; cuando son musulmanes, sacan la navaja de afeitarse para librarse hasta del pelo del pecho; y cuando son judíos se sientan tranquilamente pensando que les han confundido por negros.” Ahí os quiero ver, repito, valientes; no riéndose de la folclórica de turno, ni del pobre cojo freak, sino de temas como la homosexualidad, la raza, el dinero, el poder. Eso sí que escuece, ¿no?

Vivir en NY… entre excombatientes abandonados

PtsdSegún la mayoría de estudios y encuestas, los problemas que preocupan más a los estadounidenses son la economía (por motivos obvios que están de actualidad) y la guerra de Iraq. De momento, según datos del Pew Research Center, aunque un estimable 48% de ciudadanos creen que la situación en Iraq está mejorando paulatinamente, un 54% opina que la solución del conflicto pasa por traer las tropas a casa cuanto antes. Lo que muy poca gente parece recordar, incluso los candidatos que pavonean el retorno de las tropas como si éste fuese el del mismísimo Jedi en cuerpo y alma, es en qué estado (deplorable) vuelven los soldados a sus casas. De hecho, las crisis psicológicas y las enfermedades mentales que sufren estos chavales (muchos de ellos no superan la veintena) empieza durante su reclutamiento y formación. Lo recordaba recientemente escuchando al Caporal Sean Huze en The Ground Truth, magnífico documental de Patricia Folkroud sobre los veteranos de Iraq; “Todo el entrenamiento está pensado para que tengas ganas de matar, para que no te paralices en la zona de combate cuando debas hacerlo. Nosotros cantábamos canciones que hablaban de cómo matar a niños en un supermercado mientras entrenábamos corriendo. ¿Cómo querían que acabase eso?”

Pues mal, gracias. La vida de los Marines está lejos de los anuncios tipo puesta de sol con helicóptero que podemos ver, todavía hoy, en cualquier televisión del país y que calcan exactamente el tono de las previews de Hollywood. No cuentan esas películas de tercera, evidentemente, los traumas bestiales que aguantan los soldados tras estar años en combate, que tienen un denominador común; el PTSD (el famoso posttraumatic stress disorder), un choque traumático gravísimo que deriva en visiones, interrupción del sueño, y que lleva a muchos veteranos a la drogadicción o directamente al crimen. Poca gente conoce, por ejemplo, que hasta 400 veteranos de Iraq están actualmente viviendo en la calle en la más absoluta de las miserias, debido a que han gastado todos sus ahorros en alcohol y drogas. La cifra total de veteranos en la calle, ahora mismo, si sumamos todos los conflictos armados en los que ha participado el país, es de entre 44.000 y 66.000 personas. De hecho, el PSTD ya opera en combate y se traduce en brotes de violencia incontrolados; por ejemplo, no es nada extraño que un 40% de las veteranas de Iraq hayan denunciado violaciones por parte de sus compañeros.

El gobierno, consciente del problema, ha creado un plan de soporte psicológico para ayudar a estos soldados a vivir mejor, pero su asistencia no es obligatoria y –como es lógico- tras regresar a casa, pocos soldados eligen quedarse en la reserva para tratarse adecuadamente; prefieren, es comprensible, estar con sus respectivas familias. Cuando desembarcan en casa, a los soldados se  les pasa un cuestionario tipo “¿Has pensado en el suicidio alguna vez?”, pero los psicólogos del ejército no examinan cada caso y sus particularidades con profundidad, un análisis psicológico que solamente llega en muchos casos, cuando el paciente ya se ha enzarzado en una pelea sin motivo, o ha cometido algún robo, felonía… o asesinato. Y no utilizo la palabra en vano; en una serie de magníficos reportajes muy reciente llamada The War Torn, The New York Times ha explicado que los veteranos de Iraq son responsables de hasta 121 homicidios en Estados Unidos. La cosa llega a ser tan grave que un 10% de la masa de condenados de las prisiones en los Estados Unidos está formado por veteranos de guerra o miembros del ejército. De éstos, por cierto, un 23% ha sido acusado de un delito de acoso o de violación. Y luego sorprende Abu Ghraib…

Nos plazca o no, estos pobres chavales también son víctimas de guerra. Me gustaría que de ellos también hablasen los que pregonan su retorno con campanillas. ¿Les van a ayudar, señora Clinton, senador Obama, cuando vuelvan, o solamente serán pasto de foto para su mayor gloria?

Vivir en NY... entre Michelle y los calcetines de Obama

Obama_2 “Mantiene a Obama con pies en tierra”. Éste es el divertido titular que leo en un artículo de La Voz Hispana, uno de mis semanarios gratuitos predilectos; el escrito nos muestra de cerca, en un perfil personal un tanto freak, a la que puede llegar a ser nuestra primera Primera Dama negra. No es otra que Michelle Obama, quien –según nuestro buen articulista- es la encargada de que al orgulloso pico de oro del partido Demócrata no se le suba el encanto de haberse conocido a la cabeza, o que –rescatando aquel tópico trillado- viva en el mundo de real para no olvidarse nunca de los problemas reales de la gente. El párrafo inicial del artículo recuerda un diálogo real que, según parece, tuvo lugar un día en el que Obama llamó a su mujer desde Washington, muy contento, tras haber firmado una ley que castigaba duramente la venta de armamento ilegal. Ante su orgullo senatorial, se dice que Michelle cortó de golpe al joven senador de Illinois con la siguiente frase y posterior diálogo;

-He encontrado hormigas en la cocina y en el baño de arriba

-Ya...

-Necesito que compres un insecticida cuando vuelvas mañana a casa. Lo compraría yo, pero tengo que llevar a las niñas al médico después del colegio. ¿Puedes hacer eso por mí, no, cariño?

-Sí, insecticida para hormigas…

Maravillosa dosis de realidad, afirmo, que tu mujer (tras uno de tus arrebatos de orgullo) te recuerde que, ante tanto orgullo legal y tanta coña, puedes seguir siendo un vulgar y mero comprador de insecticidas para matar hormigas (mientras sea lo único que mate Obama durante su carrera política, ya firmamos). Ni corta ni perezosa, siempre según nuestro buen cronista, Michelle no solamente encarga a Obama tareas químicas como la precedente, sino que le hace sacar la basura a la calle a diario y es rigurosamente dura con él cuando deja tirados los calcetines en el salón de casa.

Curiosa tarea humana es la política; cuando queremos encumbrar a nuestros soberanos, pretendemos que sean humanos, lo más vulgares posible, que tengan los pies en el suelo, se preocupen de los problemas de la gente, etcétera, pero –contrariamente- cuando están en el poder, los queremos cada vez más parecidos a máquinas que no se equivoquen, a los que no podamos nunca encontrar con un agujero en el calcetín ni otras vergüenzas mayores. Sea como fuere, la práctica demuestra –nos guste o no- que cuando más poder tiene el soberano de un país más contacto pierde con el mundo real; a un señor que viaja continuamente con nueve guardaespaldas, que no se embarca en ningún vuelo comercial, que no puede entrar en un restaurante sin que examinen el sótano en busca de una posible bomba… no podemos tener la demagógica cara de reclamarle que se acuerde del mundo real, ni de la gente real. Los políticos, en el poder, ya forman parte de otra clase de seres, aunque se paren a comer costillas con agricultores o bailen flamenco con una tonadillera. 

Sea como fuere, que no se preocupe Michelle, que –en la casa Blanca- dicen que hay mayordomos que recogen la basura… y si hace falta seguro que los calcetines.

Vivir en NY… entre el racismo de las minorías

Hace un par de días, The New York Times ocupaba su portada con un artículo interesante y provocador. En este escrito, Adam Nagourney y Jennifer Steinhauer nos recordaban las dificultades que Barack Obama puede llegar a tener durante estas primarias mediáticas de 2008 para captar el voto hispano, un espectro electoral que –aunque pudiere parecer lo contrario, por su carácter minoritario de componente fuertemente racial- el candidato demócrata no podía dar por sentado. Interesante artículo, insisto, al igual que clarividente; aunque pese a los defensores de la multiculturalidad, las relaciones entre las minorías raciales que viven en desventaja en ciudades como ésta acostumbra a ser complicada o, directamente, pésima. Compartir los estratos más bajos de la sociedad conlleva aquí que muchos negros vean a los latinos como potenciales enemigos de cara a la competitividad laboral. Valga un ejemplo que he visto hoy mismo; viajaba en la línea 6 en dirección sur, cuando (en un vagón lleno de estudiantes negros) han subido tres músicos hispanos, con atuendos típicos, para disponerse a torturarnos con una ranchera (a Dios gracias, la cosa duró poco). Mientras tocaban, manteniendo el equilibrio con dificultad, los chavales negros les han disparado a la cara una serie de insultos racistas y bromas de mal gusto absolutamente impresionantes. Unos insultos que –de haber sido dichos por los hispanosa los negros- hubieran provocado una reacción inmediata. Y, ante eso, uno piensa tristemente; pobres, y encima reñidos. Cuanta miseria…

Vivir en NY... entre animales agresivos de prime time

Wild_life La progresía más insustancial puso de moda hace tiempo aquel hábito tan sumamente curioso según el cual ver documentales de la 2 le daba a uno un no sé qué aurático de intelectual resabido. Una tendencia a la que el público general se apuntaba con gran entusiasmo y que –de ser cierta, lo cual no era el caso- habría encumbrado los documentales de la 2 hasta cimas de audiencia que ni el mejor Crónicas de Sardá hubiera podido igualar. Pero la realidad distaba de la pose, y ahora todo el mundo sabe que no solamente ni el mismo Todopoderoso veía los documentales de  la 2 (él, pobrecito, que lo tiene que ver todo por su propia esencia) un material fílmico de innegable mérito, y gracias al cual un servidor –que se las da de intelectual a la que puede- se cascó unas siestas tremendamente españolas (a saber, largas) solamente igualadas por las que le provocaron las retransmisiones del Tour de Francia. La juventud, ya saben, tiene sabor a siesta. 

Por otro lado, espacios como esos documentales tenían el mérito innegable de haberse librado de un tipo de lenguaje televisivo de entretenimiento que ha acabado descansando inexorablemente en el todo por la audiencia. Pero los tiempos del documental de animales tipo voz en off de explorador bondadosamente divina con imágenes asilvestradas de simpáticos animales que –como mucho- luchaban por la supervivencia, ha llegado también a su fin. Sirva de ejemplo el caso de Animal Planet, un canal temático de animales con 11 años de historia que hasta ahora –y recalco el hasta ahora- se vendía como una televisión pedagógica que ilustraba la vida animal para toda la familia (su lema, bastante explícito, era “Something to Everyone”). Pues fin de la historia.

El problema ha llegado cuando el canal ha pasado, en el último año, de 595.000 a 537.000 espectadores, lo cual es bastante en una cadena de cable. Esta pérdida se pretende paliar con una nueva estrategia de marketing que incluye una programación específica para adultos (una de sus primeras muestras es “Whale Wars”, un documental sobre la caza ilegal de ballenas en el Antártico), y un formato que abandona la voz en off del explorador para importar técnicas del reality, a saber, música tipo CNN bombardeo en directo mientras uno ve la imagen del león cuando se jala a la pobre e indefensa Gacela Thompson.  Marjorie Kaplan, su nueva directora, lo dijo claramente; “no somos un canal de historia natural sino un destino de entretenimiento.”

Como ven, se acabaron las siestas tranquilas para transitar a espacios en donde la vida animal (llena de ostensible mala leche, tampoco nos vamos a engañar) da paso a una especie de conglomerado sensacionalista en el que –si la vida de esos bichos no es violenta- pues la violentamos nosotros y santas pascuas. Lo cual tiene cierta gracia, porque un canal temático sobre animales puede acabar provocando un cierto rechazo o una visión del reino animal un tanto desbocada e irreal. Nos movemos, como siempre, entre extremos; antes los animalitos eran –aunque asesinos- paradigmas de la mascota ideal; ahora son, directamente, un pasto para hacer reality TV. Si tienen conciencia, realmente, se deben cachondear de nosotros muy a menudo…

Vivir en NY… entre el silencio de los monumentos fascistas

Valle_de_los_cados_3Nuestra nación de naciones vuelve a salir en The New York Times… y nunca dirían a raíz de qué temática. ¿Lo adivinan? ¡Premio!; la respuesta es “nuestros problemas con el Tío Paco”, ahora en ocasión de la Ley de Memoria Histórica, un texto –y consiguiente polémica a nivel social- que el articulista Michael Kimmelman aprovecha para reflexionar sobre los símbolos franquistas que todavía quedan en nuestro país, y así darse un ligero paseo por el Valle de los Caídos. El artículo se titula “En España, un silencio monumental”, y prosigue con la coletilla “Franco murió hace tiempo, pero sus santuarios siguen dividiendo a generaciones.” Como ven, continuando con una tónica que no me canso de denunciar, nuestra presencia en la prensa neoyorquina y estadounidense todavía se reduce casi exclusivamente al franquismo, un tópico que encontramos en artículos sobre historia o literatura (eso es normal), pero que resurge en escritos tan apartados del tema como las críticas de vino o los artículos de gastronomía en general. En primer lugar, bien harían los periodistas estadounidenses que se quejan constantemente de la visión simplista y cateta que los europeos dan de su país en echar un vistazo a tanto artículo trillado sobre el franquismo editado por sus mass media. Paralelamente, insisto de nuevo en que la sociedad española –innegablemente- da para muchos más artículos que éstos; que, de vez en cuando, ocupásemos la sección internacional, de cultura o incluso de deporte del Times o de cualquier otro periódico, no sería ninguna molestia ni rareza.

Pero vayamos al texto; como no tendría que hacer un periodista que signa un artículo descriptivo, Kimmelman opina sobre la Ley de Memoria y su voluntad de retirar los monumentos del franquismo, afirmando que –de hecho- “la ley es desdentada y simbólica, porque la mayoría de ésos monumentos ya han sido retirados”, añadiendo a continuación que la ley pretende “no escuchar al pasado y borrarlo.”  Más allá de que uno pueda estar de acuerdo con la retirada de este tipo de símbolos y monumentos, la argumentación de Kimmelman es totalmente incorrecta, porque (hablo solamente de Barcelona) los símbolos franquistas o de la falange se cuentan ahí todavía por decenas, y llegan a los 500 si contamos las placas de Vivienda Protegida que todavía cuelgan en muchas portaladas, entre otros símbolos menores que guardan la iconografía fascista; éstos son, guste o no, símbolos menores pero igualmente simbólicos, valga la redundancia.

Paralelamente, nuestro articulista –haciéndose eco de las reacciones más conservadoras contra dicha ley- sostiene que los críticos del presidente “afirman que promueve una política de la identidad, parecida a la discusión de los valores morales en Estados Unidos, para impulsar políticas sociales que defiendan los derechos de los homosexuales, transexuales, mujeres, i Catalanes.” No me negaran que la cosa no tiene su coña… porque equiparar las discusiones que genera dicha ley con el problema de la identidad y los derechos de las minorías sexuales (entre las cuales el bueno de Kimmelman debe contar la catalanidad como opción rarita) es simplificar mucho las cosas. Una cosa es que esta ley sea opinable y que nos dé una mala visión de nuestro pasado, pero –ante todo- uno debe argumentar bien.

Cabría recordarle a Kimmelmann, puestos a hablar de catalanidad, que ha sido precisamente Cataluña –entre muchos otros lugares- desde donde hemos escuchado voces muy críticas con esta ley, opiniones bien fundadas como las del amigo e historiador eminente Josep Maria Solé i Sabaté, coordinador de la COMEBE, que ha afirmado en reiteradas ocasiones la necesidad de conservar estos símbolos golpistas porque, tomen nota, “forman parte de la cultura del país y cabe conservarlos como elemento patrimonial. Queremos explicar la paz y los necesitamos para explicar la historia a los jóvenes.” Una necesidad que, dicho sea de paso, la asociación que coordina mi colega ha hecho extensiva a la catalogación y pedagogía sobre eventos como la Batalla del Ebro, de la que todavía quedan muchos monumentos y personas bajo tierra, esperando exhumación…

Los periodistas estadounidenses harían bien, ya que nuestra Guerra Civil parece ser casi su única ocupación, en informarse sobre estas complejidades, porque su visión del tema casi siempre se reduce a la historia estúpida y falsa de que nuestro conflicto armado fue una mera disputa entre dos bandos tipo far west y sanseacabó. La complejidad que nos exigen a nosotros al analizar la realidad estadounidense se la podrían aplicar ellos mismos al contar la nuestra, porque –dicho sea de paso- cuando ojeo estos artículos sobre el franquismo o la Guerra Civil nunca –y recalco el nunca- escucho ningún comentario sobre la ayuda de un tal Eisenhower a nuestro Tío Paco. ¿O es que nadie se acuerda de la visita de ese señor tan simpático en nuestras tierras? Pero, lastimosamente, nunca se habla de estas vergüenzas, que todavía (supongo) les deben doler a muchos. Por tanto, menos coña con eso de silenciar el pasado, que –en ese sentido- todos tenemos mucho que aprender. Y ya no hablemos del presente, que es lo que más duele…

Vivir en NY… entre censuras y corrección política enfermiza

Faldo Hace pocos días, en una retransmisión del Golf Channel –el canal temático de golf del grupo Comcast- la presentadora Kelly Tilghman bromeaba distendidamente con el exgolfista Nick Faldo sobre la dificultad de batir al enorme jugador Tiger Woods. La conversación informal acabó con un comentario jocoso de Tilghman, que bromeó afirmando que aquellos jóvenes jugadores que quieran ganar a Woods deberían “lincharle en un callejón oscuro.” El comentario jocoso venia precedido de una asistencia de gol de Nick Faldo, que afirmó que éstos jóvenes “deberían matonear un rato” si querían enfrentarse con garantías a Woods. Rápidamente, el agente del jugador se quejó a la presentadora de lo inadecuado del comentario. Tilghman, la primera mujer presentadora de un programa de golf, se disculpó directamente a Woods y a su agente. Pero el comentario –gracias al dios zapping- llegó a las cadenas de todo el país, hasta que activistas como Al Sharpton se quejaron de que era un insulto “hacia todos los negros”, pidiendo la inmediata destitución de la presentadora.

Finalmente, los responsables del Golf Channel –ante tanta presión- decidieron amonestar a la presentadora con dos semanas de suspensión. Como comprenderán fácilmente, todo este asunto me parece bochornoso, porque basta una rápida consulta en Youtube para ver que, en el vídeo, los dos presentadores están bromeando, y que el comentario de Tilgham no tiene ningún carácter real sino retórico, y no solamente eso sino que la retórica pretende elogiar a Woods, afirmando implícitamente que nadie le puede ganar si no es fuera del juego, fuera de la ley. La corrección política a la que estamos llegando en los medios es de una memez espantosa, y los responsables del Golf Channel¸ dicho sea de paso, muestran una hipocresía terrible al amonestar a Tilgham, dejando impoluto el expediente de Faldo, que realiza un comentario –puestos a ser santos- igual de grave.

Yo entiendo que, tras el caso de Don Imus (que tenía, eso sí un componente racial injustificable) las cadenas tengan más cuidado con el contenido y el tono de lo que se dice en su programación. Pero de ahí a que todo comentario picante, irónico, duro o díganle como quieran sea censurado de esa manera me parece brutal, y más en casos como éstos, en los que la presentadora en cuestión –según leo en algunos de sus perfiles biográficos- ha demostrado un conocimiento y un amor por el golf más que contrastados, practicándolo incluso al más alto nivel. ¿Cómo puede decir Al Sharpton que esta broma es un insulto a los negros? ¿Nos estamos volviendo majaras? Por favor ¡qué alguien pare esto!

Vivir en NY… entre los secretos victorianos de Flatbush

Flatbush_ii La arquitectura victoriana o bien se detesta o bien se ama con espíritu incondicional. A mí me apasionan las mansiones victorianas, debo confesarlo, y no por motivos estéticos, sino por el aire de sospechosa calma que emana de esas ventanitas tan pulcramente estructuradas, que bien podrían esconder a una familia asquerosamente feliz (con su respectiva tía Molly) al igual que al más frío de los asesinos en serie. Paseo por el Victorian Flatbush de Brooklyn mientras repaso mentalmente tan extraña y ambigua sensación. Me dirijo primero al Brooklyn College, excelente universidad progresista que –durante los años treinta- acogió a los inmigrantes iletrados que llegaban en masa a la ciudad. Sus detractores la llamaron “the little red schoolhouse” debido a sus afinidades con el Partido Comunista, una ideología que le costó lo suyo a la escuela durante el impecable trabajo (en su intolerancia) del Un-American Activities Comittee, que llegó a encarcelar a muchos de sus profesores durante la década de los 50. Ahora el campus respira calma (vean la preciosa escultura Survival de la entrada en Hiller Place y la maravillosa biblioteca de estilo georgiano que corona el parque); aquí ya nadie es comunista, no por la verdad o mentira del credo, sino por el aire demodé que resulta de ello, y los intolerantes han cambiado de métodos, pero eso es otro tema.

Flatbush_iHablábamos de lo victoriano, y a eso nos debemos; desde el campus, merece la pena tomar la calle Bedford hasta llegar a la avenida J. En su número 1041 está la Johannes Van Nuyse House, una de las pocas casas de campo de estilo originalmente holandés que todavía quedan en pie en Brooklyn. También es bonito acercarse, en la avenida H con la calle E.16th, a una de las pocas estaciones de metro de Nueva York aún esculpida en madera (adjunto foto) que de noche, cuando paseé por ahí, adquiere un tono siniestro que nos acerca más al asesino en serie que a la Tía Molly, para entendernos (el paseo es, eso sí, totalmente seguro). El ambiente victoriano se corta de raíz si caminamos –desde la avenida H- hasta Coney Island Ave. en donde podemos encontrar un interesante barrio Pakistaní –Little Pakistan- en el que hay numerosas tiendas de deliciosos dulces y alfombras o turbantes a un precio más que asequible. El barrio fue una de las zonas más calientes de Brooklyn, pero ahora está casi vacío, debido a las numerosas deportaciones de inmigrantes musulmanes ilegales que el gobierno de la Nación perpetró tras los ataques al World Trade Center. Siguiendo en E. 16th hasta llegar a Ditmas Park, volvemos al esplendor sospechoso de las mansiones, metáfora del tiempo en el que los estudios cinematográficos Vitagraph reunían en este barrio a estrellas del cine como Douglas Fairbanks y Mary Pickford, una especie de Brangelina avant la lettre.

¡Bonito invento eso de la clase media norteamericana!, pienso ahora; una situación de bonanza que permite a los taxistas hoy en día tener casas que antaño eran de estrellas de Hollywood. Lo importante, ya saben, no es ser rico… sino aparentarlo; tener una casita grande, un coche, pagar impuestos y largarse una vez al año a Las Vegas para experimentar la falsedad del lujo. Realmente, los inventores del tinglado en el que vivimos tenían visión de futuro… En fin, seguimos paseando (llévense deportivas, que la cosa va para largo) hasta Flatbush Ave., en donde resalta el antiguo edificio de los Loews Kings –un precioso cine en donde Barbara Streisand trabajó de acomodadora- y el Erasmus Hall, la segunda high school pública en antigüedad de los Estados Unidos, en la que la citada Streisand compartía pupitre con un león llamado Neil Diamond (¡menudo pupitre!, afirmo). El paseo llega a su apogeo en los dos cul-de-sacs que hay en Kenmore Terr. y Albemarle Terr. (tocando a Church Avenue), llenos de casitas monas que exasperarán a los amantes de la arquitectura modernista, pero que a los seguidores de la Tía Molly les van a provocar inexorables ganas de tomar té con pastitas.

Volviendo a Flatbush Ave. uno puede olvidarse de tanta mesura echando un vistazo a numerosas tiendas de ropa que compiten en horterismo con las de Harlem, lo cual no es poco. De hecho, ésta es la única zona del barrio que parece tener vida; el resto retiene el aire de secretismo victoriano al que me refería antes. Pude ver a muy poca gente (el paseo duró casi tres horas) en este barrio tranquilo al que uno debe acceder en automóvil y en el que parejas que tienen pinta de no querer saber nada de Manhattan (se pasarán ahí horas y horas trabajando, supongo) descansan en sus deliciosas terracitas. Al acabar el paseo, en la línea Q de Malborough Avenue, uno tiene la sensación de haber caminado mucho tiempo sin ver absolutamente nada; es ésta quizás la lección de lo victoriano, que dispara una apología de la calma que te convierte –quieras o no- en un animal conservador. Tuve suerte que, durante el final de la caminata, unos chavales jóvenes tuvieran la feliz ocurrencia de iniciar una pelea en la calle; rápidamente, como setas, policías secretos inundaron la portería en la que se daban de hostias alegremente. Gracias a Dios, lo victoriano sigue sin poder esconder todas sus vergüenzas… y amén.

Aprovecho este escrito de reentré para agradecer los comentarios de los lectores a raíz de “nuestro” aniversario. Ante algunos de éstos, debo decir que no encuentro nada en mis escritos que repela la participación en este blog. No es cierto que no me importe la opinión de mis lectores (que siempre leo) pero, como he dicho muchas veces, el espacio de comentarios lo acostumbro a reservar a las “plumas invitadas”, y solamente he reaccionado por escrito ahí ante algún comentario que, de la crítica, transitaba rápidamente al insulto infundado. Gracias por todo. Seguimos aquí, ya veis, paseando por la ciudad..,

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