Vivir en NY… entre 100.000 gracias
Cuando empecé esta pequeña aventura más o menos periodística y más o menos literaria nunca llegué a pensar que el contador de visitas del blog “Vivir en Nueva York” llegaría al número cien mil. Tampoco pensé, sinceramente, que podría acabar trabajando en Gotham durante tanto tiempo, ni que sus calles serían las protagonistas de tantos momentos importantes y situaciones curiosas de mi vida, cuyos trazos he intentado compartir aquí. Entré en el mundo de la radio y del periodismo por casualidad; de hecho, sigo pensando que estoy en este embrollo por error y que alguien llamará algún día desde la central de la Cadena “To Be” para dispararme –con aterciopelada voz- algo así como “hombre, Dedéu, no me negará que esto estaba ya durando demasiado, ¿no cree?.” Pero de momento, toquemos madera, la cosa sigue en pie.
El blog “Vivir en Nueva York” surgió como una ampliación de lo que he intentado hacer toda mi vida en la radio, que es –básicamente- contar lo que veo cuando paseo. Hay mucha gente que piensa que esto no tiene nada que ver con el periodismo; yo creo que es su esencia in nuce. Uno no puede entender los asesinatos en masa en los institutos de este país si no se pasea por los prados desolados y aburridos de Nebraska; uno no puede pretender entender qué pasó durante el Katrina si no contempla el abandono del Lower Ninth Ward o aprecia el lamento inherente a la música negra; la inmigración o la convivencia cultural se aprecian en un paseo por Sunset Park, que siempre será más ilustrativo que la mayoría de ésos estudios engreídos que los sociólogos escriben desde sus despachos y que los periodistas ametrallan para sus crónicas. Ése es mi credo; perdonen las molestias.
Hace tiempo le escuché decir a Enric González –cuando presentó sus Historias de Nueva York- que el libro en cuestión constaba de todos aquellos relatos personales que no había podido publicar en sus crónicas. Yo creo haber tenido la suerte de haberme librado precisamente de lo segundo; este blog se tituló “Vivir en Nueva York” porque pretendía acercarse con ojos benevolentes y sin esnobismos a una ciudad única para vivirla. Su perspectiva es subjetiva –con todos los defectos del que escribe- pero en un mundo en donde lo objetivo viene servido desde el poder, lo subjetivo y personal cobra un nuevo aire. Muchos compañeros todavía creen que el mundo es aquello que les cuentan en las ruedas de prensa o en los informes. Yo opino que el mundo es la ginebra del Little Branch, las armonías imposibles de Bach en el Carnegie, la “Mistreess and Maid” de Vermeer en la Frick y la maravillosa hamburguesa aristocrática del Loup. Sin todas esas cosas, dicho en plata, la vida sería una mierda.
Nueva York me ha regalado muchas palabras; también me ha abofeteado con algunas verdades. Llegué aquí creyendo que mi vida nunca cambiaría, pero conocí a mujeres por las que hubiera muerto que acabaron largándose con el vecino, a amigos maravillosos que ya no me hablan con razón; fui estudiante modélico hasta que me echaron de mi universidad (de lo cual cada día me siento más orgulloso) y he vivido todos los aspectos de la bonanza y algunos de la escasez. Todo ha cambiado, aunque sigo aproximándome a las cosas –y en eso la ciudad tiene parte de mérito- con un aire plenamente naíf que todavía me sorprende.
Muchas veces, cuando releo estas páginas, siento que lo que he escrito es una indescriptible mierda que cae en mi habitual pedantería o en una cursilería de calendario barata. Pero parece ser que hay gente a la que le apetece seguir pasándose por aquí; muchos dejan sus opiniones, que acostumbran a rondar entre el elogio sumo o el insulto. He de reconocer que ambos me encantan; el elogio siempre sienta bien (especialmente el de las chicas, alguna de las cuales me ha dado las gracias personalmente y de manera inmejorable) pero el insulto es de una dulzura indescriptible, porque indica mucha más fidelidad que el comentario agradable. En cualquier caso, con el exceso de información que padecemos, que ustedes se pasen por aquí es, realmente, un honor. Les agradezco la resistencia, que al final siempre vence. Ahora me callo un rato; las maletas están casi llenas. Mañana me esperan en Barcelona, que es un lugar en donde todo el mundo me ve. Vuelvo enseguida.






