Bernat de Deu

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Vivir en NY… entre 100.000 gracias

Manhattan_3Cuando empecé esta pequeña aventura más o menos periodística y más o menos literaria nunca llegué a pensar que el contador de visitas del blog “Vivir en Nueva York” llegaría al número cien mil. Tampoco pensé, sinceramente, que podría acabar trabajando en Gotham durante tanto tiempo, ni que sus calles serían las protagonistas de tantos momentos importantes y situaciones curiosas de mi vida, cuyos trazos he intentado compartir aquí. Entré en el mundo de la radio y del periodismo por casualidad; de hecho, sigo pensando que estoy en este embrollo por error y que alguien llamará algún día desde la central de la Cadena “To Be” para dispararme –con aterciopelada voz- algo así como “hombre, Dedéu, no me negará que esto estaba ya durando demasiado, ¿no cree?.” Pero de momento, toquemos madera, la cosa sigue en pie.

El blog “Vivir en Nueva York” surgió como una ampliación de lo que he intentado hacer toda mi vida en la radio, que es –básicamente- contar lo que veo cuando paseo. Hay mucha gente que piensa que esto no tiene nada que ver con el periodismo; yo creo que es su esencia in nuce. Uno no puede entender los asesinatos en masa en los institutos de este país si no se pasea por los prados desolados y aburridos de Nebraska; uno no puede pretender entender qué pasó durante el Katrina si no contempla el abandono del Lower Ninth Ward o aprecia el lamento inherente a la música negra; la inmigración o la convivencia cultural se aprecian en un paseo por Sunset Park, que siempre será más ilustrativo que la mayoría de ésos estudios engreídos que los sociólogos escriben desde sus despachos y que los periodistas ametrallan para sus crónicas. Ése es mi credo; perdonen las molestias.

Hace tiempo le escuché decir a Enric González –cuando presentó sus Historias de Nueva York- que el libro en cuestión constaba de todos aquellos relatos personales que no había podido publicar en sus crónicas. Yo creo haber tenido la suerte de haberme librado precisamente de lo segundo; este blog se tituló “Vivir en Nueva York” porque pretendía acercarse con ojos benevolentes y sin esnobismos a una ciudad única para vivirla. Su perspectiva es subjetiva –con todos los defectos del que escribe- pero en un mundo en donde lo objetivo viene servido desde el poder, lo subjetivo y personal cobra un nuevo aire. Muchos compañeros todavía creen que el mundo es aquello que les cuentan en las ruedas de prensa o en los informes. Yo opino que el mundo es la ginebra del Little Branch, las armonías imposibles de Bach en el Carnegie, la “Mistreess and Maid” de Vermeer en la Frick y la maravillosa hamburguesa aristocrática del Loup. Sin todas esas cosas, dicho en plata, la vida sería una mierda.

Nueva York me ha regalado muchas palabras; también me ha abofeteado con algunas verdades. Llegué aquí creyendo que mi vida nunca cambiaría, pero conocí a mujeres por las que hubiera muerto que acabaron largándose con el vecino, a amigos maravillosos que ya no me hablan con razón; fui estudiante modélico hasta que me echaron de mi universidad (de lo cual cada día me siento más orgulloso) y he vivido todos los aspectos de la bonanza y algunos de la escasez. Todo ha cambiado, aunque sigo aproximándome a las cosas –y en eso la ciudad tiene parte de mérito- con un aire plenamente naíf que todavía me sorprende.

Muchas veces, cuando releo estas páginas, siento que lo que he escrito es una indescriptible mierda que cae en mi habitual pedantería o en una cursilería de calendario barata. Pero parece ser que hay gente a la que le apetece seguir pasándose por aquí; muchos dejan sus opiniones, que acostumbran a rondar entre el elogio sumo o el insulto. He de reconocer que ambos me encantan; el elogio siempre sienta bien (especialmente el de las chicas, alguna de las cuales me ha dado las gracias personalmente y de manera inmejorable) pero el insulto es de una dulzura indescriptible, porque indica mucha más fidelidad que el comentario agradable. En cualquier caso, con el exceso de información que padecemos, que ustedes se pasen por aquí es, realmente, un honor. Les agradezco la resistencia, que al final siempre vence. Ahora me callo un rato; las maletas están casi llenas. Mañana me esperan en Barcelona, que es un lugar en donde todo el mundo me ve. Vuelvo enseguida.

Vivir en NY… entre el federalismo del raíl

L_train_2El federalismo es una de las mejores lecciones prácticas que nos han dado los Estados Unidos. Esta porción enorme de tierra sigue siendo uno de los pocos países del mundo que defiende la personalidad de cada uno de sus estados y commonwealths sin tapujos, alejándose de particularismos ñoños y apelando a la simple ética del buen vivir. Por otro lado, el federalismo estadounidense corta de raíz aquel prejuicio estúpido que hace de la diferenciación legal o económica de las distintas entidades políticas que lo conforman un motivo tautológico de su desmembración, tópico que –por desgracia- hoy acostumbran a compartir la mayoría de estados europeos, incluido el nuestro, sean gobernados hacia la izquierda o tirando más bien a la derecha. Proclamas políticas a parte (disculpen las molestias, pero uno es hijo de la filosofía burguesa catalana que todavía cree erróneamente en la idoneidad de ese sistema, i axí ens va…) el federalismo de este país se hace notar en aspectos prácticos o vitales tan curiosos como la gestión del metro. Hace pocos días –según leo en The New York Times- el sistema centralizado del metro neoyorquino ha optado, si me permiten la metáfora fácil, por pasarse al federalismo del raíl, a saber, transitar hacia una nueva política que permitirá a cada línea de metro autogestionarse en aspectos tan dispares como la apariencia estética de las estaciones del metro, la calidad de la megafonía de los vagones en cuestión o la puntualidad en sus horarios.

Howard H. Roberts, presidente de la New York City Transit, pretende así humanizar un sistema de transporte que, demasiadas veces, parece alejado de las necesidades del usuario. Una humanización del raíl que la MTA aplicará a le gestión de las líneas L y 7 (estructuralmente más sencillas, por albergar solamente una dirección de vía), pero que pretende abarcar algún día las 22 líneas de la ciudad. Muchos han pensado, como insinuaba el gran Clyde Haberman hace pocos días en su columna semanal, que la medida en cuestión pretende disimular el inminente aumento de tarifas al que quiere someternos el gobernador Spitzer. Paralelamente, el plan no será fácil de aplicar dulcemente, porque afecta a procedimientos importantes de la gestión del metro como la organización sindical de los trabajadores y la financiación de cada línea, pero creo que la cosa va más allá de la propaganda y –como insinuaba al inicio- nadie nos dijo que el federalismo fuese fácil. Sin embargo, el federalismo del raíl ha permitido, por ejemplo, que conozcamos a anónimos del metro Gregory Lombardi, el capataz de la línea L, a la par que veterano del mundo del raíl, en el que trabajaron su padre y su abuelo. Gente como Lombardi ya han impulsado iniciativas como el simple pero importante hecho de preguntarles a los usuarios qué aspectos de la gestión del metro merecerían una mejora o un cambio radical. Las propuestas de los usuarios (a parte de aspectos bastante risibles, como el deseo de que los altavoces nos reciten de vez en cuando un poemilla matinal) han sido, de momento, bastante sensatas; muchos de éstos, por ejemplo han insistido en la necesidad de remodelar el diseño interior de los vagones para que puedan albergar a más usuarios en rush hour, entre otras propuestas importantes.

Como ven, y siguiendo la metáfora inicial, el federalismo –también el del raíl- implica una cierta apuesta por la iniciativa particular. Los diferentes gestores de las líneas deberán ponerse las pilas para que sus usuarios estén satisfechos; ahora estarán en el punto de mira, es cierto, pero –por otro lado- su relación con el viajante del metro también será más personal. Habrá mejores y peores líneas, como hay empresas mejores o personas más competentes. Pero lo contrario es la uniformidad, que es enormemente gris, y más en un lugar tan aparentemente gris como el metro. 

Vivir en NY... entre talleres sobre el arte de la felación

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Quién no ha tenido la tentación, alguna vez en la vida, de apuntarse a un taller cultural para matar el tiempo, aprender… o simplemente aumentar el campo de relaciones sociales que conforma nuestra aburrida vida. Cuando servidor era joven, de lo cual empieza a hacer demasiado tiempo, los talleres tenían temáticas diversas y amplias, pero se acostumbraban a acercar al modelo

La Música

del Barroco” o

La Historia

del Arte Occidental”
(con aquellos subtítulos hilarantes tan divertidos y modestos que rezaban “De las Pinturas Rupestres a Fragonard”). Ahora los talleres que puedo consultar, al menos aquellos con los que tropiezo en Barcelona, tienen mayor tendencia a decantarse por “Cocina intercultural”, “Naturopatía y Flores de Bach” y otras ocupaciones horrorosas que certifican, entre otras cosas, la muerte de los grandes discursos históricos y culturales...

Me sorprendí hace semanas cuando, trabajando para una nueva sección de sexología en la que unos compañeros de ONA FM me han involucrado (benditos seáis, dicho sea de paso) descubrí sorpresivamente que el mundo del taller ha evolucionado bastante, al menos en Nueva York, donde ha alcanzado de golpe la magnífica temática del arte de la felación. El logro en cuestión se llama “Fellatio Workshop for Women Only” y es un invento de la página de contactos “Moxie in the City”. Consta de una clase mensual que se da a un grupo de ocho mujeres (se aceptan grupos reducidos de tres) con una hora y media de duración y a un precio más que razonable de cuarenta y cinco dólares por persona (algunas sex-shop o bares de la ciudad lo dan de forma gratuita). El taller en cuestión se acostumbra a dar en locales de Gotham bastante sex-frliendly, como el Mustang o el Madame X de West Houston y son impartidos por sexólogas tan expertas como la gran modern sexplorer Jayme Waxman.

Hace pocos días pude ver una de esas reuniones, y la verdad es que da un placer enorme (léanlo sin segundas) el ver como educadoras tan experimentadas como ésta explican de manera natural, incluso diría que de forma académica, las mil posibilidades del buen hacer en el terreno de la felación. Muchas mujeres (y mi intuición dice que en Estados Unidos esto pasa bastante más) temen practicar una felación por vergüenza o debido a apriorismos que una sesión de esta ayuda a cortar de raíz. Waxman explica perfectamente como modular la respiración al practicar una felación, como zamparse el semen (si es que se quiere, claro) o como endulzarla con algunos objetos la mar de agradables, así pañuelos de seda o collares de perlas. Al tratarse de grupos reducidos y trabajando muy seriamente, los prejuicios se aniquilan con suma rapidez; por ello he pensado que seria más que oportuno ampliar el temario de estos talleres a hombres despistados para los que la sexualidad femenina todavía es un misterio.

Nadie nace catedrático en ningún tema, cierto es, y en una ciudad en donde la educación sexual no es obligatoria (lo cual se repite vergonzosamente en demasiados recovecos del mundo) este tipo de talleres me parecen más oportunos que nunca. La técnica, ya lo decía Heidegger (quizás pensando en el arte de la felación) es la herramienta primordial mediante la cual nos aproximamos a la naturaleza; y no hay nada más hermoso que aproximarse a un pene o a un clítoris, entes naturales sin igual, sabiendo que uno tiene a la técnica de su parte. Eso no sé si lo decía Heidegger, ni puñetera falta que hace…

Vivir en NY... entre los rostros orientales de Sunset Park

Sunset_park_2Paseo por Sunset Park, un barrio políglota del sur de Brooklyn al que llegaron primero noruegos, irlandeses y polacos, siendo ahora el feudo de una de las mejores Chinatown de la ciudad, al igual que uno de sus enclaves más importantes de cultura hispana. Sunset Park huele todavía a obrero; el barrio se curró el waterfront de Brooklyn y luego fue el centro de la Bush Terminal, un centro industrial del que salieron la mayoría de los diez mil soldados estadounidenses que nos ayudaron a salvar algunos muebles en la Segunda Guerra Mundial. Desde los ochenta, Sunset Park habla chino y español; según el señor Wikipedia, el barrio representa la tercera comunidad china más importante de la ciudad, tras la zona de Canal Street en Manhattan y el barrio chino de Flushing en Queens. Sin embargo, mi intuición y el conocimiento de esas zonas por el método del pateo me cuentan que, siendo quizás la más pequeña, sí es –sin duda- la más auténtica de todas. En Canal Street la afluencia de turistas en busca de Rolex falsos cada vez es más exasperante y la Chinatown de Flushing es un tanto sosa e impersonal. No les quiero engañar, y menos en lo que toca a estética; Sunset Park no es un barrio bonito, pero sí que depara muchas sorpresas para los sentidos adictos al placer (especialmente el culinario) y bastante información sobre cómo viven dos flujos inmigratorios importantes de la ciudad.

Empiezo a caminar en la calle 62 (tomen la línea N hasta Fort Hamilton Parkway). En esta calle ya veo numerosos talleres chinos, en donde los mecánicos pasan el tiempo jugando a las cartas y reparando taxis amarillos, que abiertos y deshuesados pierden cualquier ápice de glamour. En el número 850 de esa misma calle hay un curioso club noruego (Members Only, se advierte en la puerta) en el que los miembros de la Norwegian Folk Dance Society of New York ensayan danzas de su país y mantienen vivo el caldo cultural del lugar, que hace tiempo fue llamado Little Norway. Pero el remanente de la cultura nórdica se elimina de sopetón girando hacia la izquierda hasta la Octava Avenida, una auténtica Chinatown en donde cualquier recoveco sabe a cultura china; verduras de forma y sabor increíbles, tiendas de videojuegos cutres, paraditas de comida (baratísimas, por cierto; yo me comí un plato con cerdo agridulce y arroz por solo cuatro dólares), y mercados de pescado vivo en el que pueden comprar ranas (yo las comía al ajillo en La Granota, un restaurante cerca de Gerona que no sé si todavía existe, y estaban muy buenas). Una Chinatown real, en resumen, sin marcas a medio precio ni turistas gritones; creo, de hecho, que durante cuarenta minutos de paseo no pude ver ni un solo blanco que no fuese yo mismo. Simplemente vi a personas viviendo, con escenas bastante curiosas por cierto, como una reunión de hombres de unos cuarenta años que se habían juntado en un restaurante para cenar y ver un culebrón de la televisión china. Otro detalle sorprendente es que, en plena China (entre las calles 59 y 60 y todavía en la Octava) está una de las mezquitas más importantes de la ciudad, que es a la par sede de la United American Muslim Association of New York. La mezquita, muy bonita y tranquila, se puede visitar y sus propietarios son extremadamente amables.

Si la Octava Avenida tiene sabor chino, al llegar a la calle 49 y girando a la izquierda entramos en una amalgama impresionante de cultura hispana. Todo empieza en la Basílica de Nuestra Señora del Perpetuo socorro, una simpática iglesia con una basílica bastante importante, aunque de colores chillones, que conserva un aire de barrio encantador. Tuve la suerte de llegar durante la fiesta comunal y –para alegría de mi abuela, que no me lee, ni puñetera falta que le hace- todavía puedo repetir los rezos de memoria (“Qué español más raro habla usted”, me soltó una vecina que estuvo encantada de conocer por primera vez la existencia de la lengua catalana). También me alegró ver a un fraile acercándose a los vecinos a la vieja usanza, con paternalismo dulce; “Ay, papaciiito bueeeno, que mi niño siempre llega taaarde a caaasa y no me gusta que se meta mala cosa en el cueeerpo”, se queja una vecina mientras el clérigo le toca amablemente la cabeza y le da esperanzas… Salgo del hogar de Dios y me acerco a la Calle 44, donde está el Sunset Park que da nombre al barrio; vale la pena cruzarlo (hay una zona de recreo en perpetuas obras) para ver las maravillosas vistas de Manhattan y Queens y luego bajar a la calle principal, la Quinta Avenida, un luminoso camino lleno de restaurantes mejicanos, comida boricua e incluso algún mejunje que se atreve a preparar comida Hispana, Americana y China; casi nada… El mejor, no lo duden es el International Restaurant (en el número 4408) un auténtico homenaje a la caloría y la grasa en donde hasta sirven paella valenciana; prometo probarlo para contarlo, cosa bastante probable, dada la resistencia de este estómago mío que algún día se va a vengar por tanta mierda digerida.

Sunset_park_ii_2 Si todavía les quedan ganas de pasear, merece la pena bajarse por la Nicholas J. Sciarra Place hasta el edificio de la Community Board que toca a la Cuarta Avenida. Cruzándola, a la misma altura de la Calle 43, hay un curioso castillo falsamente medieval casi abandonado, que –según dice la Nacional Register of Historic Places- era la sede del 68th Police Precinct Station House and Stable y que acabará en manos de la escuela pública de música del barrio; esperaremos también a ver qué pasa… Bajando hacia el río, y echando una ojeada a la iglesia de St. Michael’s, llegamos a la Avenida Tercera, un enclave horroroso marcado por la construcción del Gowanus Expressway, una construcción del amigo Robert Moses, de ésas que van a saco paco y que convirtió el núcleo del barrio en una zona tremendamente sosa y deshabitada. Ya se sabe; esto de las infraestructuras no satisface a nadie (especialmente hoy en día…) y hasta mil personas tuvieron que abandonar el enclave, cansados del ruido insoportable de los carriles. Ya sé que ésta no es la mejor manera de acabar un paseo, pero vale la pena también ver el efecto que tienen las construcciones en la vida cotidiana de la gente y en la historia de los flujos de un barrio.

Les decía que –si bien este barrio no es excesivamente bonito- sirve para reflexionar bastante sobre la inmigración y sus dinámicas. Porque uno está un poco harto de escuchar cansinamente la cancioncilla de que Nueva York es el colmo de la interculturalidad, pero la imagen es tan falsa como trillada. Si bien es cierto que la ciudad acoge a centenares de razas y nacionalidades diferentes, también es cierto que basta pasear por zonas como ésta para darse cuenta que el contacto entre razas es inexistente. No he visto un solo chino hablar con un hispano en Sunset Park; ni uno. Y no hace falta decir que un servidor cantaba como una mona en esos barrios; no he tenido ni un problema, no quiero alarmarles, y la gente me ha servido de maravilla en todos los restaurantes en los que he husmeado o en las tiendas en las que he preguntado algo. Pero de contacto cultural, seamos sinceros, tararí que te vi. Así es la vida; los seres humanos tendimos a reunirnos y vivir con nuestros semejantes. No sé si esto es bueno o malo, pero parece no tener remedio.

Vivir en NY… entre los daños colaterales del “¿Por qué no te callas?”

Hugo_chavez Hace pocos días, mientras cenaba con una amiga barcelonesa cerca de Times Square, se nos acercó una pareja muy agradable de unos cuarenta años que había identificado nuestro deje español (fíjense cómo es la vida; hay catalanes que incluso hablamos en español entre nosotros; increíble pero cierto…). Tras preguntarnos la mar de educadamente por nuestra procedencia, nos dispararon lo que sigue; “Somos venezolanos y solamente queríamos darles las gracias a su rey por lo que le dijo a Chávez; nosotros también tenemos muchas ganas de que se calle.” El hecho tiene gracia, porque no deja de ser algo curioso que, en esta posmoderna y democrática sociedad, alguien se te acerque para darte las gracias –como súbdito, supongo- del acto libre de un monarca.

Pero la actitud de estos venezolanos descontentos no es única; La Voz Hispana, una publicación más que competente que reparten en mi barrio, editaba hace días un editorial con el título ya famoso de “¿Por qué no te callas?”, del que vale la pena reproducir algún fragmento; “¿Hasta cuándo vas a seguir explotando el 11 de abril como excusa para tus agresiones, no solamente contra personalidades e instituciones extranjeras, sino contra nosotros mismos? ¡Sigues calificando de golpe los acontecimiento de aquel día, cuando los únicos verdaderos golpes son el que tú tratase de dar el 4F92, el que trataron de dar tus secuaces el 27N92 y el que ahora tú pretendes darnos el próximo 2 de diciembre con tu fulana propuesta de modificación de la Constitución!” Como ven, mediante la prensa (libre), en la calle, y ahora también en las urnas, el pueblo puede recuperar la dignidad perdida. Y encima los pobres venezolanos todavía tienen que aguantar que el tirano achaque su derrota a errores estratégicos propios, amenazando con nuevas propuestas para erigir su soberbia y traducirla a ley. En fin, lo dicho; ¿Por qué no te callas?

Vivir en NY… entre las hamburguesas de RESTO

Resto_blog Hoy estoy de buen humor; los venezolanos le han demostrado a Hugo Chávez aquello tan bonito del podemos ser tontos pero no gilipollas y en mi patria chica hemos decidido que eso de reclamar el derecho a decidir ya no se lleva, y –ni cortos ni perezosos- ahora le llamamos el derecho a decidir que los trenes lleguen a la hora, rapidito, sin baches, etc. Y luego dicen que el mundo en el que vivimos no tiene cositas divertidas como para entretenerse, ya ven… Pues bien, nada mejor que celebrar el poder incomparable del pueblo y la consiguiente libertad de expresión con una hamburguesa importante como la de RESTO, un simpático restaurante belga (111 Este de la calle 29).

El RESTO es un establecimiento más que remarcable en lo que toca a especialidades de esa cocina; los moules frittes y la boudin blanc merecen nota, y también hay un chocolate menú muy variado, al igual que una lista de cervezas belgas difícil de igualar en la ciudad (su ambiente ordenado lo hace ideal para citas, aunque es  bastante ruidoso, y la barra acostumbra a estar llena de gente esperando su turno; el servicio, en general, no es que mate de amor).

Pero el menú del RESTO también tiene algunas guarradas culinarias para los que vamos en serio y no nos conformamos con cuatro crustáceos para cenar; entre éstos, como les decía, está una burger importante de 13 dólares. La burger del RESTO destaca por su excelente gruyere, y un condimento inmejorablemente sencillo a base de red onions y unos excelentes pickles bien finos. De hecho, su característica primordial es la proporción; es una hamburguesa cartesiana (los belgas, manque les pese, conservan el espíritu del orden y el amor por la geometría de los franceses). Analizándolo con frialdad, es su excesiva proporción lo que la desmerece un tanto, puesto que la hamburguesa es un plato que ama en cierta manera la desigualdad y la teoría del caos; es extraño comerse una hamburguesa y que no se le caiga a uno en la entrepierna una gota de ketchup, o que alguno de sus ingredientes emerja espontáneamente del muffin reclamando una cuota mayor de libertad ante la presión inconsciente de la mano. Otro inconveniente es el tema de la carne, que los reyes de la comida sin bacterias solamente nos permiten pedir medium-well o well done (como si eso nos librase de tantos males… pero en fin). Pero la burger del RESTO arrasa sin despeinarse en las patatas, excelentemente preparadas, enormes como los dedos de Andrés Segovia, y servidas en unos jarroncitos la mar de agradables para la vista; el tema se remata, finalmente, con una mayonesa exquisita, la mejor de la ciudad, a la que un puntito de limón da un sabor angélico que a uno le hace olvidarse del planeta tierra por unos instantes.

Cuando salimos del RESTO, María y servidor estamos tan contentos que ya tramamos un viaje sorpresa a Barcelona para convocar una manifestación por el derecho a decidir  sobre cómo queremos nuestras propias hamburguesas y sus condimentos. Que tiemble el ministro de sanidad…

Vivir en NY… entre turistas del suicidio

Suicide_tourism Cuando la mayoría de medios de comunicación del mundo se hacen eco de un estudio científico, la cosa acostumbra a oler bien pronto a sensacionalismo. Si el informe en cuestión toca un tema tan morboso como es el suicidio, la brillantina mediática tiende a devenir puro morbo. El titular que comento hoy ha sorprendido a muchos; según un informe de la New YorkAcademy of Medicine, una de cada diez personas que se suicidan en Nueva York son visitantes o extranjeros que eligen la ciudad con esa única y última motivación. Paralelamente, este tipo de suicidas (que los autores han llamado, con un neologismo un tanto cuestionable, “suicide tourists”) presentan unas características curiosamente particulares si les comparamos con los suicidas residentes de la ciudad; aquello que ha llamado más la atención de todo el personal es que los suicidas turistas eligen espacios singularmente icónicos de Nueva York para perpetrar su muerte voluntaria. Entre éstos destacan el Empire State Building, Times Square y el puente George Washington. Paralelamente, mientras la mayoría de suicidas residentes utilizan armas de fuego o se ahorcan para matarse, los suicidas turistas eligen el salto al vacío como método predilecto. Por otro lado, el suicida turista acostumbra a ser más joven que el residente (un 47.5 de éstos son menores de 35 años, comparado con un 29.4 de residentes de esa misma edad).

Hasta aquí los números y la sociología. Dicho esto, no sé a qué viene tanta sorpresa y tanto escándalo. De sobras es conocido que el suicidio acostumbra a ser una performance en la que la persona que elige morir también realiza un acto de afirmación personal de carácter comunicativo. Nueva York es una ciudad llena de lugares icónicos para el ojo cultural occidental y me parece la mar de normal que la gente elija un lugar especial o bonito para acabar con su vida. Puestos a matarse, y entiendo que este es un acto tremendamente desagradable y solitario, siempre es mejor hacerlo volando hacia la quinta avenida o hacia el Hudson que no en tu propia habitación de Cornellà o en una estación Alcobendas. Pensarán que frivolizo sobe un tema grave, pero mi opinión no puede ser más seria y concienzuda, porque me tomo el suicidio como un acto no solamente personal, sino también de afirmación estética y de comunicación de tristeza. El suicida turista se lanza al Empire porque tiene la esperanza de pasar del anonimato del Antonio Rodríguez al estrellato efímero del Antonio Rodríguez que se tiró del Empire; y eso es triste pero es así. Analizándolo fríamente, el suicida elige una posteridad mínima, pero la elige libremente, y se mata pensando en que su protagonismo único vendrá tras el suicido. Ésta es su esperanza, y negarle este momento de gloria tan irrisorio es lo que me parece un acto de tremenda frivolidad.

De hecho, sigue siendo increíble que aquellos que habitamos en los medios de comunicación sigamos negándonos a hablar de este tema de una manera natural, escudándonos en el argumento trillado del efecto llamada, cuando es precisamente ahondando en el tabú que acrecentamos su peligrosidad y desconocimiento. Negarse a hablar de un tema que se lleva 32.439 personas al año en Estados Unidos me parece un error clamoroso. David Vlahov, uno de los autores del estudio, me comentaba hace días que la motivación primordial de este estudio era precisamente ayudar a que las personas entiendan más la psicología de estos suicidas, al igual que reforzar la seguridad en algunos de estos lugares singulares de la ciudad en donde se puede evitar que la gente se suicide, sea turista o residente, que no es lo más importante. Descubriendo este nuevo paradigma, me contaba Vlahov, uno puede ayudar a que el paradigma se controle mejor, y que al menos se entienda a unas personas que no siempre están enfermas y que eligen el suicidio de una manera absolutamente respetable.

Tristemente, a la mayoría de informaciones sobre el estudio que he podido leer solamente les faltaba coronarlas el letrero de “Viaje a Nueva York, la ciudad ideal para suicidarse.” Creo que hay una gran distancia entre tratar un tema con naturalidad –incluso con frivolidad- y burlarse de personas que, al fin y al cabo, realizan un acto en el que todos hemos pensado alguna vez y que siempre es triste, pero al que al menos podemos dotar de cierto preciosismo estético. Y de eso aquí sabemos un rato…

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